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Amírola: “Si no marcas la conversación pública, alguien te la está marcando”



En un mundo saturado de información donde la atención es un bien preciado cabe preguntarse qué rol cumple la comunicación política y si es concebible al margen de la implementación de políticas públicas, así como también quién establece las reglas del juego de la batalla ideológica y cultural.

Por Ema Zelikovitch

Rodrigo Amírola es Licenciado en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Estudió el curso de Posgrado Sin Permiso en Análisis económico y filosófico-político del capitalismo contemporáneo en la Universidad de Barcelona. Impulsó Podemos desde los inicios y trabajó en la Secretaría Política desde la formación hasta Vistalegre II. Posteriormente, ha colaborado también en diversas campañas de En Comú Podem. Actualmente, trabaja en la Vicepresidencia Segunda y en el Ministerio de Trabajo del Gobierno de España.

¿Qué es la comunicación política gubernamental? 

La comunicación política gubernamental no es una simple transmisión de datos, acciones o proyectos legislativos, sino que tiene que ver con un proceso de legitimación del propio gobierno, marcando límites entre lo bueno y lo malo, o, dicho de otra manera, el establecimiento de horizontes en base a valores, símbolos o mitos que los justifiquen. Por ejemplo, cuando un miembro de un ejecutivo habla a sus conciudadanos ofreciendo argumentos y tratándolos como adultos está transmitiendo a la vez una cierta idea de lo que tiene que ser la ciudadanía. Por poner un ejemplo más concreto, cuando Joe Biden afirma que “su país no lo construyó Wall Street, sino los sindicatos y la clase media” no está solo planteando una proposición fáctica, sino que está situando su gobierno en una determinada línea de legitimidad y, al mismo tiempo, justificando sus políticas actuales en base al imaginario del New Deal y Roosevelt. 

¿Cuál es la importancia de la comunicación política para un gobierno?

La comunicación política para un gobierno es fundamental. Es difícil exagerar su importancia, aunque en los últimos tiempos vemos una cierta hiperinflación de la comunicación en la política. Ambas parecen confundirse en algunos casos por parte de sus protagonistas y en otros por sus críticos. En todo caso, es evidente que la comunicación gubernamental no puede pensarse en el vacío, sino en un determinado contexto social y político. 
En el caso español, al formar parte de un gobierno de coalición (Unidas Podemos y Partido Socialista Obrero Español), que cuenta con dos fuerzas políticas de peso desigual, tenemos una tensión: por un lado, existen dificultades no solo para desarrollar nuestro programa electoral, sino el propio acuerdo de coalición. Los avances se producen, pero no al ritmo, ni con la profundidad que en muchos casos nos gustaría. Al mismo tiempo, formar parte del gobierno nos permite y, en cierto sentido, nos obliga a comunicar como tal. 
Por un lado, desde el gobierno no es posible priorizar siempre el conflicto sobre el consenso. De hecho, es más bien al revés: hay una cierta preponderancia del acuerdo sobre los disensos, de lo común sobre lo particular. Si no, ¿cuál sería el sentido de ese proyecto común? Por otro lado, no es inteligente renunciar al lugar de enunciación del gobierno en su conjunto. Primero, porque desde ahí te proyectas como una fuerza que tiene capacidad de gobierno; segundo, porque remarcas el sentido de tu presencia en él. Muchas veces tenemos la tentación de petrificarnos en nuestro lugar de enunciación, en lo que ya somos de hecho. Sería un error conformarse con el papel de Pepito Grillo, que hace que la parte mayoritaria se mueva. Además, nuestra base social muy mayoritariamente es partidaria de este gobierno de coalición y nos evaluará para bien o para mal, como un actor fundamental que lo ha conformado y le ha garantizado estabilidad. 
Durante la pandemia, hemos visto hasta qué punto lo público y los trabajos esenciales eran vitales en nuestras sociedades. A través de la comunicación también se ha puesto de manifiesto y se ha ido construyendo una narrativa que, rescatando materiales antiguos, pone en jaque la visión neoliberal de la sociedad y la economía. Ahora, una vez estamos en el principio del fin de la pandemia con un proceso de vacunación muy avanzado, el gobierno tiene la oportunidad de seguir hilando ese nuevo discurso sobre la centralidad de lo público. Que el Estado democrático esté recuperando su papel protagonista en el imaginario popular es el primer paso para que pueda ampliar su capacidad de intervención en la realidad y de garantizar derechos a la ciudadanía. 

¿Quién está marcando la conversación pública en España? 

En España, como en otros países de Europa, se observa ese fenómeno por el cual la narrativa hegemónica neoliberal de las últimas décadas se estuviese resquebrajando, hasta el punto de que las derechas políticas se han quedado sin un proyecto de país claro sobre todo en lo que se refiere a la dimensión económica. Pero, al mismo tiempo, el gobierno ha tenido dificultades para marcar la conversación pública en el día a día. No es un dato menor que el desgaste del Ejecutivo central producido por las medidas de restricciones por la pandemia ha generado diversos malestares sociales que parecen estar alimentando una ola reaccionaria. Además de la falta de previsión y anticipación por momentos, esta ola reaccionaria y una cierta habilidad de las derechas para seleccionar algunas batallas culturales, están poniéndoselo difícil al gobierno. 
Si no marcas tu conversación pública, alguien te la está marcando. El gobierno tiene que recuperar la iniciativa política y comunicativa para romper esa dinámica reaccionaria. No es suficiente vivir en el día a día y proyectar un futuro deseable para el 2050. Es necesaria una acción más decidida y establecer cuáles son los pasos necesarios hasta llegar a ese proyecto de país deseado.  
Por ejemplo: en los últimos meses en España se ha puesto en el centro del debate el aumento del precio de la electricidad y, en concreto, sus efectos en la factura de la luz. El gobierno, que tenía como objetivo bajar la factura de la luz, se encontró desprovisto de un plan claro para bajarla. Ha ido todo el rato como a remolque de este hecho y de la oposición. Varias semanas más tarde ha reaccionado con la bajada del 21% al 10% y también con medidas legislativas para abordar la reducción de los beneficios caídos del cielo de las grandes eléctricas. Incluso tomando medidas de peso, al haber reaccionado tarde, ha sido visto por la opinión pública como un parche. 
La comunicación no es una varita mágica, es una herramienta que va de la mano de la capacidad de anticipación a los problemas y de la aplicación de políticas públicas. No se puede pensar por separado. 

¿Qué pasa con el relato del progresismo cuando hay del otro lado una reacción (la derecha)? 

Se está utilizando mucho en los medios de comunicación españoles el término “polarización” para referirse a la tensión y conflicto que habría entre diferentes actores políticos. Este denota cierta neutralidad. Es un término que se puede aplicar a cualquier fuerza política independientemente de sus creencias e ideas, o su trayectoria. Me parece que es una pésima caracterización de lo que estamos viviendo en los últimos tiempos. Vivimos en un tiempo con una extrema derecha creciente que es la mayor amenaza a la democracia y a la convivencia. 
La extrema derecha está tratando de movilizar el odio con sus mensajes, en muchos casos, adaptados a las redes sociales y a nuevos formatos para gente más joven. Movilizar el odio en situaciones extremas emocional o materialmente. Por ejemplo, la extrema derecha y los negacionistas hicieron circular muchos audios vía WhatsApp y otras redes sociales de supuestos médicos o enfermeros que decían que el coronavirus no existía. Todo tipo de teorías de la conspiración y bulos crecen entre la incertidumbre y el miedo, cuando la gente no sabe muy bien qué pensar, ni tiene referentes sociales sólidos. Creo que el progresismo no debe pensar que son armas o una especie de tecnología neutra que se puede utilizar en una dirección u otra. Evidentemente, hay que dar la batalla en los nuevos formatos, pero no el uso de propaganda de utilización de la mentira y movilización del odio. El progresismo tiene que utilizar otras herramientas y tratar de movilizar afectos contrarios, en el sentido de generar esperanza, posibilidad de confiar, de recuperar cierto sentido comunitario y transmitir tranquilidad y sosiego. Todo ello no solo a nivel comunicativo sino a nivel de política pública, de intervención del Estado y de intervención social o comunitaria. En buena medida, vemos que la extrema derecha crece en ese contexto de falta de estructuras intermedias, indiferencia social y odio. 

¿Hay explícitamente un trabajo de reversión, modificación o conversión del relato político gubernamental que trate de incluir una perspectiva de género?

No hay un plan de laboratorio del gobierno, pero ha ido cayendo por su propio peso. Este hecho tiene que ver con tendencias sociales profundas: por una parte, la ola feminista que ha habido en España durante los últimos años, que se materializó en dos huelgas feministas del 8M y un gigante movimiento con un componente fuertemente intergeneracional. Por otra, las mujeres han ido ocupando cada vez más espacios en el ámbito del trabajo, la sociedad y también la política. Además, ese cambio a nivel social, en mi opinión, nos empuja desde el progresismo a ver la presencia de mujeres en primera línea de la política no solo como una cuestión de justicia y sentido común, sino como una excelente oportunidad. La tranquilidad, el sosiego y el cuidado son atributos que están más asociados a las mujeres y, por lo tanto, a liderazgos femeninos. Algo de eso ya hubo en el ciclo 2015, en las ciudades del cambio, en concreto, protagonizado por Manuela Carmena y Ada Colau, respectivamente en Madrid y Barcelona. Estoy convencido que más pronto que tarde veremos en España por primera vez una candidata mujer a la presidencia. 
Tenemos que pensar cuál es el papel de la figura materna en el universo simbólico de nuestra sociedad y, en particular, de la base social del progresismo. La madre es quien cuida y protege ante la adversidad. En un momento de fuerte incertidumbre y de expansión del miedo, un determinado tipo de mujer, profesional, que sabe de los suyos y que es capaz de transmitir preocupación y cuidado puede tener un brutal potencial como catalizador de energía social. No solo por lo dicho anteriormente, sino porque además ofrece un modelo a la mitad de la población, que hasta ahora había carecido de él. 

¿Cuáles son los lugares y las formas, puntuales y concretas, con las que ahora se insertan en la sociedad ciertas líneas ideológicas?

Aquí me preocupa caer en una cierta fascinación por lo nuevo. Es evidente que hay no solo toda una serie de nuevos canales de comunicación, sino también de dispositivos, como los videojuegos o Twitch, que socializan a la gente más joven. Todos ellos están llenos de ideología y, a pesar del desigual terreno en el que se juega, los progresistas estamos obligados a competir con sus reglas. No solo porque ahí se están construyendo visiones del mundo y la sociedad desde edades tempranas, sino porque, de alguna manera, son espacios que van más allá de los espacios tradicionales de socialización. Por otra parte, la televisión sigue siendo una herramienta fundamental al constituir la visión del mundo de la mayoría de la gente en el día a día. Además de avanzar en la construcción de una esfera pública alternativa con nuestros propios medios de comunicación y difusión, y de generación de pensamiento, tenemos que ser capaces de transmitir mensajes de maneras efectivas en el territorio del adversario.

Recomienda un libro sobre este tema.

Si me lo permites, voy a recomendar dos: un clásico de Georg Lakoff, Política y moral: cómo piensan progresistas y conservadores y Los comerciantes de atención, un libro que explica cómo nuestra atención se ha convertido en un producto altamente cotizado por los grandes negocios de Occidente y que ello no tiene solo que ver con innovaciones tecnológicas de última hora. En este libro Tim Wu nos cuenta la historia del terreno de juego al que nos enfrentamos en el mundo de la comunicación política. Los dos libros están editados por la imprescindible editorial Capitán Swing, cuyo catálogo es excepcional y aporta materiales muy productivos para la esfera pública alternativa que deberíamos intentar construir. 

 

Ema Zelikovitch (Jerusalén, Israel) es graduada en Filosofía y Máster en Liderazgo Democrático y Comunicación Política por la Universidad Complutense de Madrid, España. Actualmente reside en Montevideo, donde se desempeña como comunicadora en la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración y en la Universidad de la República. Es periodista, productora y conductora radial en Radio Pedal. Actualmente cursa la Diplomatura en Comunicación Política en la Universidad Austral de la Provincia de Buenos Aires, Argentina.
Twitter: @EmaZel