Aciertos y errores de la comunicación gubernamental de Yamandú Orsi

El semanario uruguayo Voces, en su espacio Reflexión Semanal del pasado jueves 11 de junio, convocó a cinco expertos en comunicación política para analizar la comunicación gubernamental del Presidente Yamandú Orsi.

Los politólogos Mauro Casa y Valeria Bonomi, el sociólogo Federico Irazabal, la arquitecta Alicia Artigas y el diplomado en Comunicación Política Giacomo Caputto, dieron su parecer sobre los aciertos y errores de la comunicación del gobierno nacional.

Federico Irazabal: Yamandú vs. Orsi

Uno de los principales activos que cualquier figura pública posee es su credibilidad. Esta se construye a partir de acciones de gestión, pero también a partir de la forma en que él o ella comunican sus acciones.

Yamandú Orsi cuenta con una destacada trayectoria como dirigente político: fue intendente de Canelones por dos períodos, candidato presidencial por el Frente Amplio, y ganó de forma clara la segunda vuelta electoral que lo transformó en presidente de la República. Sin duda, para alcanzar tales logros podemos deducir que Orsi mantuvo siempre un alto porcentaje de credibilidad y confianza ciudadana, ya que nadie votaría por alguien en quien no confía.

Durante la campaña cultivó un estilo cercano, ameno y alejado de las estridencias, en parte porque del otro lado contó con Álvaro Delgado, un candidato aún más gris que Orsi.

Su llegada al poder siguió mostrando a un individuo cercano, un tipo normal, que se relaciona de forma directa y abierta con los ciudadanos, cultivando un estilo carente de solemnidad, que recuerda inevitablemente a José Mujica, quien hizo de la sencillez y la cercanía una forma de relacionarse que es referencia a nivel mundial.

Discursivamente es un individuo que maneja como pocos el arte de evitar la polarización, aun a riesgo de parecer desconectado de la realidad. Su apelación a frases evasivas, del estilo “es algo complejo” o “vamos a estudiarlo”, refuerzan esa visión.

Desde que asumió, Orsi siguió siendo Yamandú, pero jugó poco a ser el Presidente Orsi. Su comunicación fue siempre plana, gris, casi administrativa. Cuesta encontrar en este año y pico de gobierno un hito donde el presidente tuviera algo de protagonismo.

Muchas veces, el claim de la campaña de un candidato anticipa el principal rasgo de su gobierno. “El cambio a la uruguaya”, de Tabaré Vázquez en 2004; “Un gobierno honrado; un país de primera”, de Mujica en 2014, y “Por la positiva”, de Luis Lacalle Pou son ejemplos claros en ese sentido. “Que gobierne la honestidad” o “Sabremos cumplir” carecen de la fuerza de los ejemplos anteriores, y dificultan el posicionamiento de un gobierno recién electo.

Pero aún a pesar de ese carácter anodino, el gobierno transitó este período sin mayores sobresaltos.

Sin embargo, el presidente Orsi atravesó su primera crisis importante a partir de información conocida en torno a la compra de un vehículo a título personal, pero que luego utilizaría en la función pública. La torpeza y descoordinación con que se manejó el presidente y el equipo de Presidencia dejó patente la carencia de un enfoque institucional y estratégico, que pudiera blindar al presidente Orsi, cuidando las declaraciones de Yamandú, y obviamente estableciendo una línea de comunicación con voceros autorizados, evitando episodios como los protagonizados por el Prosecretario de Presidencia, Jorge Díaz o el presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira, por citar algunos ejemplos.

La imagen y la credibilidad de un presidente son algo serio, y no puede dejarse librado a un: “dejame que yo aclaro”, o a la negación del hecho por la eliminación del elemento generador de la crisis, como sostiene Pereira.

Yamandú, con su estilo campechano y afable, daña a Orsi cuando dice que se tira de cabeza cuando ve un descuento, o cuando oculta la existencia de un segundo vehículo en la operación de compra de la famosa camioneta.

La función de un equipo de estrategia y comunicación es anticiparse a estos errores, y cuando aparecen, hacer control de daños. En esta crisis, eso se vio poco. Yamandú, y también Orsi son los primeros que deben entender la necesidad de profesionalizar la comunicación y darle espacio a quienes dentro de sus equipos manejan estos temas.

La credibilidad se construye en años, y se destruye en minutos.

Alicia Artigas: Subidas y bajadas de la comunicación

Luego de la dictadura, el protagonismo de los publicistas en las campañas electorales fue clave hasta que el presidente Vázquez creó la Secretaría de Comunicación en Presidencia.

En el período pasado, Lacalle Pou nombró además un asesor eventualmente dispuesto a usar la picadora de documentos como solución (tema aún en la órbita de la justicia).

Lo primero es la democracia

El avance de la derecha en el mundo y especialmente en América Latina es uno de los síntomas del descreimiento en la democracia: la incertidumbre en Colombia y Perú, la certeza en Chile, y la admiración del presidente argentino por el anaranjado al que no quiero nombrar.

Tenemos la esperanza puesta en Brasil, bajo amenazas de aranceles y supuestos terroristas, en una guerra económica desde el norte que se evidencia en lo mediático y lo bélico.

En este escenario caótico encontramos algunas constantes: la política como espectáculo y el insulto como munición. El odio y el enfrentamiento venden, y estamos sumergidos en un mar de violencia.

Quienes recordamos la dictadura sabemos adónde conducen los enfrentamientos. En nuestro país, aunque no haya tanques en la calle, la amplificación del conflicto y las soluciones simplistas ponen en riesgo los derechos y la democracia misma.

Primer asunto entonces, cuidar la democracia.

La comunicación de campaña y de gobierno

Para empezar, es necesario distinguir comunicación de campaña de comunicación de gobierno. La comunicación de gobierno se basa en la legitimidad del relato, en un pacto entre el gobierno y la ciudadanía.

¿Qué debería considerar un relato de gobierno? Un marco narrativo en el que inscribir las acciones o transformaciones en una historia coherente en la cual la ciudadanía se pueda involucrar.

“La revolución de las cosas simples” se utilizó como mensaje en el período de campaña. Sin embargo, no funciona como relato de gobierno porque no fue asumido por los ciudadanos.

Las transformaciones que se proponen referidas a la pobreza infantil, la seguridad, las personas en situación de calle o la salud mental no son cosas simples. Al contrario, son asuntos tremendamente complejos. 

En la administración actual

En un brevísimo resumen de quince meses de gestión, al principio del período la comunicación parecía un tanto caótica, hasta que se fue ordenando desde la Secretaría de Comunicación de Presidencia. La estrategia inicial fue proteger la figura del presidente con voceros oficiales y mensajes ordenados.

Unos meses después, el presidente decidió aparecer más en los medios. Sus declaraciones necesitaron aclaraciones constantes, hasta que en las últimas semanas todo precipitó en el episodio de “la camioneta”.

El manejo de comunicación de crisis hubiera sido prioritario para resolver este asunto. Recordemos que uno de los mensajes de campaña fue “que gobierne la honestidad”. La honestidad es un capital de la fuerza política, con la cual la militancia se identifica, y como tal debe ser preservado.

Sin entrar en detalles sobre el triste episodio, planteo algunos elementos clave para la comunicación de gobierno hacia adelante:

1.            Cuando habla el presidente habla Uruguay. La figura del presidente es más que una persona. Es una institución.

2.            La necesidad de un relato único que sirva como marco narrativo y que identifique a la actual administración.

3.            El rol de voceros de ministros y autoridades acompañando ese relato. Si hay mensajes puntuales de coyuntura deben ser mencionados en ocasión de entrevistas o conferencias de prensa.

4.            Un único equipo profesional de comunicación de gobierno que coordine los mensajes y el relato como marco, sin confundir roles con otros asesores de imagen o de campaña.

5.            Dominar la agenda y la conversación en consonancia con el relato de gobierno.

Políticos, periodistas y ciudadanos, todos somos responsables de mantener un clima de respeto en la conversación. Somos responsables de mantener lejos el odio, con firmeza y pensamiento crítico.

La democracia se defiende.

Mauro Casa: No te creas tan importante

Seguro habrán escuchado aquello que si la única herramienta que tenemos es un martillo, todos los problemas empiezan a parecerse sospechosamente a un clavo. La política uruguaya atraviesa desde el año pasado una versión aburridora de esta máxima. Como periodistas, consultores, analistas y politólogos hablamos de comunicación –y comemos de esto, que no es menor–, hemos terminado por convencernos de que el principal problema del gobierno de Yamandú Orsi también debe ser, necesariamente, un problema de comunicación.

La evidencia parece abundante. Las declaraciones sobre el ejemplo del modelo Bukele, que obligaron a varias rondas de aclaraciones. Aquel incómodo “no tengo ni idea” tras ser consultado por el asesinato de un policía. La saga de la camioneta Hyundai, que pasó de descuento comercial a controversia política y a símbolo nacional de cómo no administrar una crisis pública. Material suficiente que alimentó opíparamente columnas, paneles y minutos de aire durante meses. Se dice “gracias Yamandú” por una cuestión de respeto.

Sin embargo, recordando la intensidad con que discutimos estos episodios, no podía evitar pensar que existe algo narcisista en esta fascinación de los comunicadores por la comunicación. A creer que aquello que ocupa el centro de nuestras conversaciones también ocupa el centro de la vida de los demás. Narcisismo y sesgo de confirmación profesional en esa obsesión. El país tiene la mala costumbre de ser un poco más complejo.

Mientras nuestro ecosistema político-mediático dedica alma y vida a analizar declaraciones, y a ponerle el micrófono a uno y otro para que se respondan como en un reflejo pavloviano, cualquier aproximación metodológica seria confirma porfiadamente que la sociedad sigue preocupada y remándola en cuestiones más terrenales. El salario. La seguridad. El empleo. La jubilación. La vivienda. La educación. En definitiva, aquello que rara vez protagoniza campañas electorales o debates apasionados en televisión pero que suele definir la suerte de los gobiernos.

Si me permite el lector la obviedad, la experiencia histórica es consistente en mostrar que los gobiernos son juzgados, sobre todo, por aquello que hacen o no hacen que impacta en la vida cotidiana de los gobernados. Tal vez los ciudadanos no tengan afinado el ojo para el framing, la agenda setting o cómo funciona una situation room para lidiar con la comunicación de crisis. Pero saben bien cuándo un salario alcanza, cuando la oferta de empleo está hinchada de basura o cuándo un barrio se volvió más inseguro. Y en general los buenos gobiernos ganan elecciones y los malos gobiernos las pierden.

Por supuesto que la comunicación importa. Sería absurdo negarlo. De hecho, el rosario de yerros comunicacionales de la plana mayor del gobierno a lo largo de su año de mandato son contundentes en demostrar cómo una mala explicación puede agrandar un problema hasta el absurdo mientras que una buena explicación podría haber ayudado a gestionarlo.

En ese sentido, me permito de atrevido sugerir a la barra de expertos en comunicación que rodean al presidente intentar parecerse al golero de cuadro grande. No está para armar la jugada ni para hacer los goles. Puede pasarse todo el partido sin tocar una pelota. Pero cuando llegan esas dos jugadas bravas que inevitablemente aparecen, tiene que responder. La comunicación no genera todos los problemas, pero viene pasando que tampoco te salva nunca.

Igual, vecino, vecina; cuando escuche que el principal problema del gobierno es la comunicación, desconfíe. Si de aquí a poco Uruguay exhibe algunas mejoras en los indicadores de empleo y seguridad, más allá de irrisorios decimales, es probable que Bukele, la Hyundai y las que vendrán terminen resultando anecdóticas. Si ocurre lo contrario, tampoco habrá estrategia comunicacional capaz de ocultarlo durante demasiado tiempo. Acuérdense de la famosa “agencia de publicidad” del gobierno pasado. Así les fue.

Periodistas, politólogos y consultores que compartimos el privilegio –y algunas mañas– de comentar la política seguiremos pidiéndole a la comunicación más de lo que puede dar. Como si pudiera compensar déficits de rumbo para enfrentar problemas estructurales. Y es lógico por aquello del clavo y del martillo. Nuestro círculo rojo a escala uruguaya que a veces parece andar con los ojos ciegos bien abiertos frente a la vida de los otros.

Mientras tanto, la gente sigue haciendo las cuentas, pagando en cuotas y cuidando de sus hijos lo mejor que puede en este país que odia a las infancias. Esta misma gente sabrá evaluar al gobierno con criterios más sensatos.

Valeria Bonomi: Cuando la cercanía no alcanza

No resulta para nada sorpresiva la afirmación de que la comunicación del actual gobierno liderado por Yamandú Orsi es, por lo menos, deficitaria o errática. Diversos analistas coinciden en sus problemas de articulación, falta de claridad en ocasiones y una gestión comunicacional que ha acumulado más tropiezos que aciertos. Esta percepción se vio además reflejada en la opinión pública: una encuesta de Nómade Consultora reveló que una proporción significativa de la ciudadanía demanda una comunicación gubernamental más clara y consistente en la transmisión de sus mensajes[1].

Sobre los furcios comunicacionales del presidente Yamandú Orsi y su equipo, se han realizado numerosos análisis sobre todo en las últimas horas a partir del caso de la compra del auto y el descuento obtenido. Entiendo que no hay demasiado que agregar de ese caso, la reacción fue tardía, improvisada e insuficiente. Lo mismo sucedió con otros momentos en los que el gobierno dio muestras de problemas a la hora de comunicar como por ejemplo la compra de la chacra María Dolores, o las reflexiones del presidente sobre Nayib Bukele. Estos y otros ejemplos dan cuenta de problemas de planificación y coordinación a la hora de transmitir el rumbo del gobierno y los temas prioritarios.

La acumulación de estos casos no resulta del todo novedosa, revela un problema que acompañó las distintas administraciones del Frente Amplio: dificultades a la hora de comunicar junto con la falta de precisión para transmitir los logros o avances en política pública. Los errores comunicacionales son inevitables en cualquier gobierno, pero cuando se repiten y la respuesta oficial parece descoordinada, dejan de ser percibidos como hechos aislados y comienzan a alimentar una imagen de improvisación. Y si se piensa en la gestión inmediatamente anterior a la actual, durante el periodo liderado por Luis Lacalle Pou se logró manejar la comunicación con relativa solvencia blindando particularmente la imagen del presidente incluso frente a denuncias de altísima gravedad. El contraste es, al menos, sugerente.

Ahora bien, a pesar de los tropiezos, el gobierno le ha dado un lugar de relevancia a la comunicación –al menos de manera simbólica– incorporando en sus equipos a figuras destacadas de los medios y del periodismo. Esto da cuenta del interés de profesionalizar las formas de transmitir la gestión. A ello se suma un rasgo propio del presidente: un estilo comunicacional basado en la cercanía, la informalidad y la espontaneidad. Si bien esa impronta puede generar empatía y reforzar una imagen de proximidad con la ciudadanía, también supone riesgos evidentes cuando las declaraciones improvisadas terminan desplazando el foco de los asuntos que se quieren poner en agenda.

Siguiendo este punto y para finalizar, si omitimos el episodio de la compra del vehículo en el que el trato con la prensa fue singularmente selectivo, lo natural de esta gestión es la apertura con la prensa. El presidente Orsi, en particular, pero en general la mayoría de los actores en el gobierno conceden entrevistas sin restricciones y rara vez rehúyen a las preguntas sobre temas de coyuntura. Esto además de ser sumamente saludable para la democracia marca una diferencia a destacar con varios líderes políticos de la región, que limitan su presencia mediática a determinados espacios que les son amigables. Si bien esta apertura puede ser leída como una fortaleza, también genera una exposición a la improvisación o bien a la respuesta rápida que puede ser (y ya ha sido) problemática. La tensión entre la espontaneidad y la estrategia queda a la vista.

En ese sentido, el desafío para el gobierno no debe ser únicamente evitar nuevos tropiezos, sino construir una agenda propia clara y consistente sobre sus prioridades y objetivos. Comunicar una agenda semanal, logros concretos por sector, así como el monitoreo público de los compromisos asumidos por el gobierno podría resultar de utilidad para reencaminar la imagen pública de la gestión, así como recuperar la iniciativa de los temas que estructuran la conversación.

Giacomo Caputto: La comunicación de gobierno debería ser más segmentada

A poco más de un año de mandato, Yamandú Orsi y su “Revolución de las cosas

simples” ha convivido con constantes críticas, no solo desde el flanco opositor, sino desde la misma militancia e interna frenteamplista con la que no ha logrado conectar del todo, viéndose reflejado en el más reciente informe de Opción Consultores (correspondiente al segundo trimestre de 2026) que indica que solo el 38% de sus votantes de 2024 aprueba la gestión.

Esta situación de opinión pública desfavorable se debe a varios factores, pero en este artículo abordaré los referentes a la comunicación gubernamental, sus aciertos y sus errores.

Ecosistema político actual

Para iniciar un análisis crítico del desempeño comunicacional del gobierno, es necesario precisar que la lectura se ve condicionada por el exitoso relato de “incapacidad comunicacional” que la oposición ha instalado, desde la misma campaña electoral de las elecciones generales de 2024, donde dejó en un segundo plano el terreno de las propuestas. Aunque está presente en el imaginario popular, esta estrategia tiene un grado de sátira y hostigamiento que es preocupante para la tradición democrática y de alternancia ejemplar de nuestro país, primero por darle mayor importancia a un perfil ideal de investidura y las formas antes que a las ideas o el historial de gestión, y segundo porque estas discusiones banales alejan a la población de los principales bloques políticos, que en un escenario regional de auge de extremismos es un peligro, por muy lejano que parezca.

Exceso de centralidad presidencial

La comunicación de gobierno tan concentrada en la figura del Presidente tiene resultados ambivalentes. Entre sus virtudes destaca la cercanía: frontal, con pocos intermediarios entre él y la ciudadanía, que para situaciones como la polémica de la camioneta Hyundai, puede reducir suspicacias sobre su persona. Además, mantiene cierta coherencia con el relato de campaña: “Que gobierne la honestidad”.

Sin embargo, ese mismo enfoque también tiene límites. Orsi no erigió su liderazgo sobre la destreza oratoria, sino sobre atributos más vinculados a la gestión pragmática y la moderación, por eso cuando se descansa excesivamente en el mandatario, se dificulta el posicionamiento de los logros de la administración. El presidente puede transmitir confianza y simpatía, pero no puede ser una suerte de genio multidisciplinario con la precisión técnica y continuidad narrativa que cada área de gobierno necesita.

La comunicación de gobierno debería ser más segmentada por áreas, con ministros y equipos técnicos asumiendo un mayor protagonismo público según el tema: Negro en Seguridad, Lustemberg en Salud Pública o Lubetkin en Política Exterior.

Gobierna toda una coalición, la supervivencia de todo un gobierno no puede depender de una evaluación personal.

Además, una jerarquía más horizontal va más en consonancia con la tradición frenteamplista y de izquierda, similar a la idea de diálogo social que esta gestión proclama.

Necesidad de consenso interno y coherencia programática

Más allá del pragmatismo, moderación y distancia que el gobierno debe tener, no debe olvidarse de que representa a una vasta agrupación de izquierdas, cuya heterogeneidad va desde seregnistas hasta el PCU y tiene una base de 40% del electorado que cuidar. En el Frente Amplio ciertos temas y gestos delicados, por muy simples que sean, deben discutirse en la interna antes de efectuarse, un claro ejemplo de esto es la visita al Portaaviones estadounidense USS-Nimitz en una coyuntura de conflicto global, una contradicción simbólica que incumple los principios latinoamericanistas y antiimperialistas de las Bases Programáticas 2025-2030. O por lo menos tener un protocolo para gestionar este tipo de crisis puntuales una vez que aparecen.

No se trata de gobernar condicionado por la interna, sino de comprender que la coherencia programática también se comunica.


[1] https://www.nomadeconsultora.uy/post/la-ciudadan%C3%ADa-espera-mayor-comunicaci%C3%B3n-por-parte-del-gobierno

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