Alternativa sintética para Alemania: IA como acelerador de la ultraderecha

Por Giacomo Caputto y Diego Mota Orlob

En septiembre se celebraron elecciones estatales en Sajonia-Anhalt, Mecklemburgo-Antepomerania y la capital Berlín.

Unos comicios históricos, con una particularidad que no se ve desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, la sociedad alemana vuelve a estar en una tensión entre la bronca canalizada y la continuidad institucional, expresados en tres bloques:

  • CDU y SPD los tradicionales partidos de gobierno de centroderecha y centroizquierda, en mínimos históricos como Mecklemburgo, donde la CDU no integrará un parlamento estatal por primera vez en la historia;
  • Die Linke y BSW representantes de una izquierda fragmentada y predominantemente urbana;
  • AfD (Alternativa para Alemania) como el fenómeno ultra, en franco ascenso a nivel federal, primera fuerza en estados orientales (Turingia, Sajonia-Anhalt y Mecklemburgo) y en algunos rozando la mayoría absoluta que le permita gobernar en solitario, rompiendo el cordón sanitario aplicado por el resto de partidos.

Este crecimiento, sin embargo, no se distribuye de manera homogénea, la popularidad que esta agrupación ha conseguido en los territorios de la extinta República Democrática Alemana, es mayúscula. La desigualdad económica-productiva respecto al oeste y el estancamiento demográfico han hecho de estados como Turingia, Mecklemburgo-Antepomerania y Sajonia-Anhalt territorios fértiles para que AfD se posicione. Para sacar provecho de estas situaciones, la AfD enfocó su relato en sembrar la percepción de que estas dificultades son producto de una mala gestión migratoria por parte de partidos tradicionales, una narrativa agresiva que estigmatiza culturas extranjeras, aun cuando estos estados tienen los porcentajes de población extranjera más bajos de todo el país. Una muestra clara de esta tergiversación se vio tras el trágico atentado en el mercado navideño de Magdeburgo, capital de Sajonia Anhalt, en diciembre de 2024, cometido por Taleb Al-Abdulmohsen, ciudadano saudí residente en el país desde 2006, hostil al islam y alineado ideológicamente con la ultraderecha alemana. A pesar de este perfil, referentes nacionales y locales de AfD calificaron este hecho como islamista y vinculado directamente con la crisis migratoria de 2015. Entre los portavoces de ese entonces destacaron Alice Weidel, líder del partido; y Ulrich Siegmund, de victoria contundente en las elecciones estatales del pasado 6 de septiembre. Que lo deja cerca de un gobierno regional, algo inédito para la ultraderecha moderna.

La campaña electoral en Sajonia-Anhalt se caracterizó por una cobertura territorial agresiva en las zonas rurales, que le dio grandes dividendos en casi todas las franjas etarias. Pero gran parte del éxito electoral de Siegmund también se sustentó en su estrategia digital, en busca de la mayoría absoluta realizó un cambio en el tono comunicacional, moviendo el eje de una tradicional lectura pesimista de la realidad a un discurso optimista de que “Todo es posible” (Alles ist möglich), en respuesta a sus detractores. El hecho es que diversos análisis jurídicos advierten que gran parte de sus propuestas migratorias no pueden aplicarse desde un gobierno regional: cerca de dos tercios de las medidas examinadas resultan ajenas a las competencias del Land o son incompatibles con el derecho alemán, europeo o internacional.

Más allá de eso, esta imagen más alentadora resultó en un aumento del voto juvenil y movilizó al electorado habitualmente abstencionista, alcanzando una participación histórica de 77,8%.

A pesar de este gran aumento, no alcanzó su objetivo de una mayoría absoluta (39 escaños de 83, a 3 de la mayoría), gracias a la base de votantes que aún mantienen los partidos tradicionales (CDU y SPD) entre las personas mayores de 70 años y a una resistencia de la izquierda (Die Linke) en las ciudades más importantes y universitarias, como Magdeburgo y Halle, donde están los únicos tres distritos electorales que no ganó AfD, todos para la izquierda. El actual gobierno de CDU pasó de ganar en 40/41 distritos en 2021, a perderlos todos en 2026. La formación de gobierno es una incógnita.

Mecklemburgo-Antepomerania es otro escenario similar, atravesado por las mismas dificultades desde la reunificación y con sentimiento de agravio al Oeste que la AfD sabe explotar muy bien. Pero su ubicación más al norte y la salida al Mar Báltico, hacen del turismo su principal industria y de la costera Rostock su única gran ciudad en un territorio predominantemente rural y despoblado.

En Mecklemburgo el gobierno es encabezado por el SPD,de centroizquierda, con 28 años ininterrumpidos como oficialismo y hoy liderado por la ministra-presidente Manuela Schwesig, sumamente popular y optando a la reelección. Ambas campañas de AfD en estados orientales aplicaron la misma estrategia híbrida: presencia física continua en los pueblos rurales y aislados y una maquinaria digital hiperagresiva en redes sociales como Instagram y TikTok. La diferencia con Sajonia-Anhalt estuvo en el relato aplicado, mientras el perfil de Siegmund era enérgico y optimista, Leif-Erik Holm optó por uno más sencillo, arraigado y aparentemente conocedor de las preocupaciones de la población, o sea instalar una disyuntiva entre un ciudadano común y una elite obsoleta. Este relato más adaptado al clima político de un estado tradicionalmente socialdemócrata captó gran parte del electorado identificado con la centroderecha e incluso centro, aunque sus propuestas representen una posición más extrema.

El pasado domingo 20 de septiembre la agrupación radical consiguió un resultado histórico, finalizando primera sobre los socialdemócratas, sin embargo no alcanzó una mayoría y seguramente deba conformarse con ser la principal bancada de oposición. Los números: AfD 38,2%, SPD 35,5%, Die Linke 6,5%, Verdes 5,7%; CDU (4,9%) y BSW (4,8%). Participación de 78,1%. Primera vez en la historia que los demócratacristianos no integran un landtag (parlamento estatal), otro dato demoledor para la muy criticada gestión del canciller Merz.

Finalmente, Berlín, con su entorno urbano, multicultural y heterogéneo, representaba la elección más disputada de todas, con las dos opciones más polarizantes (Die Linke y AfD) creciendo significativamente y los partidos tradicionales que rodean el centro político (CDU y SPD) fracasando.

AfD adaptó su discurso a problemas urbanos: seguridad, gasto público y migración, con el candidato Kristin Brinker proyectando un perfil más moderado que Siegmund.

El 20 de septiembre AfD subió del 9,1% de 2023 al 16,3%, aunque quedó tercera, detrás de Die Linke (25,7%) y CDU (18,8%); Verdes obtuvieron 14,3% y SPD cayó al 12,1%. Berlín confirmó así que el crecimiento ultra también penetra grandes ciudades, pero con un alcance menor que los otros dos estados analizados.

Los tres escenarios muestran que AfD no replica la misma estrategia estado por estado: adapta candidatos, tono y temas al territorio, pero conserva una ventaja común, una maquinaria digital capaz de convertir esos relatos en contenido constante. La inteligencia artificial no explica por sí sola este crecimiento, ni creó el malestar que lo alimenta. Su importancia aparece en otro punto: permite producir, adaptar y multiplicar a una velocidad inédita mensajes políticos que ya encontraron un público receptivo.

La IA ya entró en campaña, y no entró como herramienta

Cada ciclo electoral llegó con su promesa tecnológica: el microtargeting en 2016, el WhatsApp orgánico en 2018, el TikTok vertical en 2021. En todos los casos la novedad era un canal: un lugar nuevo para un mensaje producido como siempre. Con la inteligencia artificial generativa el cambio ocurre un paso antes, en la producción, y ahí modifica las tres restricciones que organizaron el oficio durante un siglo: el costo de cada pieza, el tiempo de reacción y la gente necesaria para sostener un volumen. Cuando las tres caen juntas no cambia la campaña: cambia qué tipo de organización puede hacerla. Lo que se abarata no es la estrategia, sino la iteración: probar veinte formulaciones de un encuadre y quedarse con la que rinde, sin que equivocarse cueste nada.

Alemania ofrece la ilustración más nítida. En julio de 2026, el centro de investigación CORRECTIV publicó el resultado de un acceso encubierto a Alternita Studio, una herramienta desarrollada por una empresa vinculada a la conducción federal de AfD. El sistema levanta noticias cada quince minutos desde una lista precargada de portales de la nueva derecha, estima su potencial de circulación y ordena la agenda del día según ese puntaje. Recién entonces el usuario elige una y escribe, en un campo obligatorio, la posición que quiere sostener. La máquina devuelve titulares, textos por plataforma y una gráfica con los colores del partido.

La secuencia invierte el orden clásico del oficio: no se parte de una definición política que busca su ilustración, sino de un ranking de indignación disponible, y la definición se rellena al final, como parámetro. Y la capa técnica es alquilada: corre sobre modelos de tres empresas estadounidenses cuyas políticas de uso prohíben la campaña política. Cualquier organización con presupuesto modesto puede levantar una fábrica de propaganda sobre infraestructura ajena, y la restricción solo se activa si alguien la descubre y la denuncia.

Cuatro capas para leer una campaña sintética

Conviene separar cuatro capas. La primera es el contenido sintético declarado, legalmente cómodo y políticamente irrelevante. La segunda, el no declarado, donde el conflicto se vuelve jurídico. La tercera es la red paralela: perfiles de identidad ficticia que amplifican sin cadena de responsabilidad, como las más de cien cuentas construidas en torno a mujeres generadas por IA que CORRECTIV documentó en abril, que mezclaban propaganda de AfD con derivación a plataformas eróticas. Ante el señalamiento, la respuesta siempre es que se trata de simpatizantes autónomos. La cuarta es la intermediación algorítmica, que ninguna campaña produce y todas padecen: AlgorithmWatch corrió 4.480 consultas electorales sobre los resúmenes automáticos de Google y encontró que su activación no sigue criterio identificable y que casi la mitad de los enlaces salen de un puñado de fuentes.

La hipótesis, entonces, no es que AfD crezca porque genera imágenes con IA, sino que opera en las cuatro capas a la vez mientras sus competidores operan casi solo en la primera. Los datos de Sajonia-Anhalt lo muestran con crudeza: el ministro-presidente Sven Schulze publicó 152 piezas en TikTok desde el 1 de junio y promedió unas 5.600 reproducciones por posteo; Siegmund, unas 214.000. Producir más no compensa llegar tarde a un sistema que premia la audiencia ya acumulada.

La regulación llegó tarde y llegó incompleta

Las obligaciones de transparencia del Reglamento Europeo de IA, el artículo 50, empezaron a aplicarse el 2 de agosto de 2026, un mes antes de la primera de estas elecciones. Alemania estrenó su ley de ejecución el 29 de julio, con la Bundesnetzagentur como autoridad central y unos sesenta cargos nuevos para todo el mercado de IA del país. La campaña previa transcurrió en un vacío perfectamente legal.

La norma exige marcar el contenido sintético en formato legible por máquina y advertir cuando una imagen, un audio o un video parecen reales. En la práctica deja dos huecos: un aviso diminuto en una esquina es transparencia para el auditor, no para el sistema; y como la revisión humana con responsabilidad editorial exime de divulgar, leer por encima lo que escribió la máquina y cambiar dos palabras cumple la norma sin proteger nada. Encima, el paquete Digital Omnibus corrió las obligaciones de alto riesgo a diciembre de 2027. La respuesta más interesante no vino de la ley sino de la gestión: el gobierno de Berlín habilitó desde el 26 de agosto un verificador gratuito de deepfakes, desarrollado por una empresa surgida del centro alemán de investigación en IA, para que cualquier votante pudiera chequear un contenido sospechoso.

Los riesgos que no son la desinformación

El debate se agotó rápido en las noticias falsas, y esa es la pregunta que peor le sirve al progresismo, porque lo empuja al rol de verificador permanente. Cuando cualquier imagen puede fabricarse, el beneficio es de quien necesita descartar evidencia real: sin evidencia compartida gana el que ofrece pertenencia en lugar de pruebas. Y estas herramientas no son máquinas de mentir sino de encuadrar rápido: toman un hecho real, le aplican un marco preexistente y lo devuelven publicable en un minuto. No hay nada que verificar.

Cuando los periodistas de CORRECTIV ingresaron a la herramienta una instrucción abiertamente contraria al orden constitucional, el sistema no se negó ni la reprodujo tal cual: la devolvió reformulada, con el núcleo intacto y la forma presentable. La moderación técnica terminó funcionando como servicio de estilo. A esto se sumó un actor externo: desde junio circularon más de 180 videos que imitaban los logos de ARD, ZDF o FAZ para difundir escándalos inventados sobre candidatos, atribuidos por la mayoría de los analistas a la operación rusa conocida como Matrjoschka. Producir cuesta segundos; verificar, horas. Ninguna estrategia de chequeo más rápido cierra esa brecha.

Lo que dijeron las urnas

Los tres resultados permiten leer la hipótesis con más matices de los que esperábamos. En Sajonia-Anhalt, donde la maquinaria digital operó con menos contrapeso, AfD alcanzó el 43,8%, rondó el 42% entre los jóvenes y ganó 38 de los 41 distritos, aunque quedó tres bancas por debajo de la mayoría. En Mecklemburgo–Antepomerania ganó con 38,2%, pero la socialdemócrata Manuela Schwesig, que hace un año medía 19%, llegó al 35,5% con una campaña apoyada en su figura y en el territorio: la herramienta que AfD no puede fabricar. Y en Berlín el dato más elocuente no es el 16,3% de AfD, sino que entre los menores de 25 quedó por debajo de su promedio, mientras Die Linke, la misma que construyó buena parte de su remontada federal de 2025 en TikTok, ganó la ciudad con 25,7% y con un tercio de votantes que no habían ido a votar en 2023.

La lectura es incómoda para ambos lados. El ecosistema digital no es propiedad de la ultraderecha: donde una fuerza progresista llegó antes y con relato propio, le disputó el mismo público. Pero donde nadie ocupó ese espacio, AfD lo llenó sin resistencia.

El aviso para América Latina

La conclusión no puede ser que el progresismo use IA como AfD: buena parte de esa ventaja no viene de la tecnología sino de una disposición a producir sin responder por la autoría. AfD no ganó una carrera tecnológica, ocupó un espacio vacío. En América Latina ese espacio está igual de vacío y con agravantes: sin obligación de marcado ni acceso a datos de plataformas, aquí no existiría siquiera la posibilidad de hacer el estudio que AlgorithmWatch hizo sobre estas elecciones. Y replicar una herramienta como la de AfD solo requiere una tarjeta de crédito, acceso por API y alguien que sepa programar, por tres cifras mensuales en dólares.

Lo que sí puede recomendarse: usar IA donde no hay dilema ético, en escucha, investigación, análisis de audiencias y formación; declarar siempre, porque la trazabilidad es lo único que distingue a una organización democrática de una fábrica de humo; exigir acceso a datos de plataformas y herramientas públicas de verificación como la de Berlín; y, sobre todo, llegar antes. Berlín y Mecklemburgo muestran que contra una máquina que produce cien piezas por día no se compite con ciento veinte, sino con presencia, liderazgo creíble y un relato propio instalado en las mismas plataformas antes de que el adversario las ocupe.

Giacomo Caputto Carrara (Uruguay) es técnico en Periodismo General y Deportivo por el Instituto CTC de Salto, ex estudiante de Comunicación y Marketing de la Universidad Católica del Uruguay y egresado del Diploma de doble titulación CLAEH-Relato en Comunicación Política. LinkedIn: Giacomo Caputto Carrara / X:@GiacomoCttC

Diego Mota Orlob (Uruguay) es consultor en comunicación política. Ha trabajado en campañas electorales y comunicación de gobierno en Latinoamérica y Europa. Es máster en comunicación política por la Universidad de Blanquerna, Barcelona, realizó su trabajo final de tesis sobre inteligencia artificial en las políticas públicas. X: @DiegoMotauy

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