Ecuador: campaña, juicios, prensa… ¿y dónde queda la ciudadanía?

Cuatro hechos marcarán la agenda política en las próximas semanas. Uno de ellos ya viene haciéndolo desde julio de este año, cuando el expresidente de la República, Oswaldo Hurtado, en un set de televisión, dijo entre otras cosas que se comentan a diversos niveles y de forma privada: en el Ecuador reina el miedo a decir lo que ocurre, por las posibles represalias que se pudieran tomar. Su crítica al presidente Daniel Noboa es por acumular todos los poderes del Estado bajo su mando y convertirse en lo que “el país rechazó, un segundo Correa” (en referencia al expresidente Rafael Correa). La reacción del gobierno y de los asambleístas de su partido, Acción Democrática Nacional (ADN), fue a todo nivel e incluyó la descalificación al exmandatario por su edad. ¡Y qué decir de las redes sociales, que ardieron por unas cuantas horas!

El segundo acontecimiento es la deportación de José Serrano, uno de los hombres más poderosos de la era correísta, desde Estados Unidos, para afrontar una serie de acusaciones, como su presunta participación en el asesinato del candidato presidencial Fernando Villavicencio, sucedido el 9 de agosto de 2023. La propia estructura política para la que trabajó, hoy con el nombre de Revolución Ciudadana y bajo el mando de Rafael Correa, ya lo tildó de “traidor” por haberse vendido a quien sucedió en el poder a Correa, otro de sus coidearios y por seis años su vicepresidente, el exprimer mandatario Lenín Moreno. Las redes, de nuevo, recogieron todo en su clásico estilo.

La prensa, mientras tanto, desde agosto, ha sido testigo de la salida de espacios de información de periodistas que habían logrado generar audiencia, todos bajo presiones de corte político, según sus propias denuncias recogidas por organizaciones que trabajan por la libertad de prensa y de información como Fundamedios. Se trata de Roberto Aguilar, Gisella Bayona y Fabricio Vela. Cada uno de estos casos desató comentarios, especialmente a favor y en contra, en las redes sociales.

El último hecho tiene que ver con las observaciones previas al proceso electoral del 29 de noviembre próximo, en donde se renovarán las autoridades seccionales (juntas parroquiales, alcaldías y prefecturas). La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la Organización de Estados Americanos hizo un llamado al Estado a asegurar “que el proceso se desarrolle en condiciones de participación política plural e igualitaria, y que toda decisión con efectos sobre la contienda electoral se adopte con plenas garantías judiciales, motivación suficiente y acceso a un recurso efectivo”. El presidente del Consejo Nacional Electoral (CNE), José Cabrera, al referirse a este informe dijo que las observaciones son al Estado, más no al CNE. El escenario en el espacio digital, una vez más, se repitió.

Estos hechos, si se analizan con la distancia y la frialdad necesarias, marcan lo que está pasando (y continuará ocurriendo) en el Ecuador, pero si las intervenciones en la esfera pública —especialmente las de las redes sociales— siguen con su intención de división, los que más pierden son los ciudadanos. Las opciones desde la polarización del país se dividen públicamente en los buenos contra los malos, y lo que se necesita es hablar de estos y otros temas que, más temprano que tarde, pueden afectar a la sociedad en su conjunto.

Es difícil mantener una discusión pública de altura si es que lo que manda son las tendencias fabricadas por troll centers, bots, influenciadores y varios periodistas que han preferido cobrar por un trabajo de comunicación, olvidando la base ética del periodismo. Sí, la respuesta que se repite es que tienen que vivir y que es un trabajo serio, lo que no es serio es que aquello lo quieran presentar como periodismo, cuando únicamente es publicidad o relaciones públicas para quienes los financian. Y hay que preguntarse —aunque resulta simple deducirlo— quiénes son esos mecenas.

Debido a que nuestros representantes reducen la política a cálculos mezquinos, la ciudadanía termina abandonada a su suerte. Y a los ciudadanos tampoco parece importarles del todo, porque no se interesan en los temas y contribuyen a normalizar el “quemeimportismo”.

La agenda que afrontará el Ecuador próximamente es delicada; no se trata solo de un resultado electoral, de giros en juicios penales, de silenciamiento o de miedo, sino de cómo se está construyendo la democracia entre los ecuatorianos.

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