El relato de la continuidad en Venezuela: arquitectura de la resiliencia tras el 3 de enero

Por Galvarino Riveros Escobar

La madrugada del 3 de enero de 2026, Caracas no despertó con el olor de nuestro Waraira Repano (Cerro El Ávila) sino con el crujido metálico de un orden que se rompía. El secuestro y extracción del presidente Nicolás Maduro no fue solo un evento táctico-militar; fue un “cisne negro” que aterrizó con estruendo sobre el tablero de la política regional. Para el analista de crisis, el aire se volvió denso, cargado de esa electricidad estática que precede a las tormentas que derriban instituciones.

I. La “Hora de Oro”: El vacío que no aceptó inquilinos

En la gestión de crisis existe un concepto casi biológico: la “Hora de Oro”. Es ese breve suspiro tras el impacto donde el sistema puede salvarse o desangrarse por completo. Mientras los rumores en redes sociales se propagaban como un incendio forestal, el gobierno activó un protocolo que operó como un torniquete institucional. No hubo silencio, pues el silencio en crisis es un abismo que la desinformación llena con monstruos. En su lugar, el Comité de Crisis centralizó la narrativa con la precisión de un cirujano. La aparición del ministro Padrino López fue la metáfora del ancla: en un mar de incertidumbre, había una voz que reclamaba estabilidad.

II. Vocería y relevo: El tablero de ajedrez

Como señala Antoni Gutiérrez-Rubí, “el poder es un espacio que no admite el vacío”. La gestión venezolana aplicó una segmentación quirúrgica de sus mensajes. La juramentación de Delcy Rodríguez como Presidenta Encargada el 5 de enero fue el símil de la continuidad: el vértice del poder es un sistema, no un hombre. Padrino López actuó como el escudo técnico, hablando a los cuarteles con la sobriedad del acero. Rodríguez, por su parte, fue la diplomacia en guardia, transformando el evento en una hipérbole de la agresión soberana mientras exigía “fe de vida”.

III. El reframing narrativo: La balsa ante la fatiga social

Si la crisis es una historia en disputa, ganar la batalla es saber nombrar el hecho. Mientras Washington intentaba imponer el marco de “operación de justicia”, Caracas ejecutó un reframing maestro: el “secuestro imperialista”. Al utilizar este término, se trasladó la carga de la prueba al captor y se apeló a una descripción sensorial de la agresión: el hogar vulnerado y la familia fracturada.

Sociológicamente, este relato actuó como un pegamento en una sociedad marcada por la fatiga social. En un contexto de saturación emocional, el ciudadano no buscaba una verdad metafísica, sino una estructura de orden frente a la ansiedad colectiva. La narrativa ofreció una balsa de previsibilidad: “El Estado sigue aquí, vuelvan a sus puestos”.

IV. El teléfono rojo: La diplomacia de lo real

Tras el impacto, la gestión no se limitó a la denuncia; activó una vía diplomática pragmática para estabilizar el sistema. Apenas diez días después del evento, la presidenta Rodríguez estableció una línea directa con Donald Trump, sosteniendo una conversación descrita como “productiva y cortés”. En un giro de realpolitik, la administración Trump terminó aceptando a los Rodríguez como factores de estabilidad. El petróleo se convirtió en la moneda de cambio: la consulta sobre la aceptación de 50 millones de barriles fue el mecanismo para financiar la reconstrucción y garantizar precios bajos de energía en Estados Unidos.

V. Retórica del deshielo: De la sanción a la amnistía

La comunicación utilizó las decisiones internas como palancas de negociación. El impulso de una Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática proyectó una imagen de apertura controlada, iniciando la excarcelación de presos políticos a cambio de gestos de Washington. Esta retórica vinculó la estabilidad interna con el alivio de sanciones, logrando que Trump anunciara la apertura del espacio aéreo venezolano en el mes de enero. El gobierno transitó de la denuncia por la intervención militar hacia una “agenda de cooperación” pragmática, priorizando la recuperación económica incluso por encima de alianzas tradicionales.

VI. La reconfiguración del poder político: Del conflicto a la “coexistencia transaccional”

Tras el vacío dejado por la extracción de Nicolás Maduro, el ecosistema político venezolano ha mutado de una confrontación de suma cero hacia un modelo de coexistencia pragmática. Esta reconfiguración se asienta sobre tres pilares narrativos y operativos:

El diálogo de los “Sectores Coincidentes”: la narrativa del Gobierno Encargado, liderado por Delcy Rodríguez, ha girado hacia un “diálogo político inclusivo” que busca resolver problemas concretos y lograr “victorias tempranas”. Este enfoque intenta desarticular la imagen de hegemonía cerrada para proyectar una de gobernabilidad compartida con sectores de la oposición que acepten las nuevas reglas del juego.

La oposición ante la “democratización bajo tutela”: la narrativa opositora ha pasado de exigir la salida inmediata del régimen a demandar la recuperación de la soberanía a través del voto, en un contexto de tutela internacional por parte de Estados Unidos. Líderes como María Corina Machado han tenido que navegar entre la oportunidad que representa la ausencia de Maduro y el riesgo de quedar fuera de la mesa de renegociación inicial liderada por Washington y el chavismo resiliente.

La Ley de Amnistía como punto de encuentro: El impulso de la Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática funciona como el “aceite” de esta nueva maquinaria. Al prometer la liberación de detenidos políticos a cambio de estabilidad y reconocimiento, el gobierno ha creado un puente de plata para que sectores opositores y la comunidad internacional validen la transición interna sin una ruptura total del aparato estatal.

VII. Posibles escenarios para el 2026

Basado en la inercia de los eventos de enero y febrero, el país se proyecta hacia tres escenarios críticos:

Escenario de “estabilización autopoiética” (Alta Probabilidad): El sistema logra mutar con éxito. El Gobierno de Rodríguez consolida el reconocimiento de la administración Trump mediante el flujo petrolero y la paz interna. La oposición se fragmenta entre quienes aceptan participar en elecciones legislativas y regionales bajo el nuevo esquema y quienes mantienen la resistencia ética desde el exterior, esto no es solo una consecuencia, sino parte de la “autogeneración” del sistema para eliminar amenazas externas.

Escenario de “doble mandato y caos de baja intensidad”: Si la presión de la administración Trump por resultados electorales inmediatos choca con la resistencia del ala militar venezolana, podría generarse una crisis de mando interna. Este escenario se caracterizaría por un conflicto prolongado donde el control territorial del Estado se ve desafiado por actores locales e incertidumbre económica.

Escenario de “reapertura de la vía electoral” (Transición pactada): Ante la necesidad de legitimidad internacional total para levantar sanciones de forma permanente, el gobierno podría convocar a una “megaelección” para finales de 2026. Esto requeriría que la narrativa de la “continuidad” evolucione hacia una de “renovación democrática”, permitiendo la participación de la oposición bajo condiciones negociadas de seguridad y garantías mutuas.

VIII. Conclusión: La estética de la resistencia y el Estado autopoiético

Desde la teoría de Timothy Sellnow, el sistema venezolano operó de forma autopoiética: la comunicación no fue un accesorio, sino el sistema inmunológico del Estado. La lección definitiva de 2026 es que la soberanía se defiende en la pantalla tanto como en la frontera. La gestión demostró que una narrativa consistente es más resistente que el concreto, y que la resiliencia depende de la capacidad de mutar sin fracturarse.

Al final, la comunicación de gobierno en crisis es el arte de mantener el faro encendido mientras la tormenta intenta apagarlo, aun cuando deba reconfigurar su propia fuente de energía. El relato de la continuidad venció a la estética del caos al integrar la paradoja: resistencia ideológica interna y diplomacia de resultados externa. En este nuevo orden, la narrativa no es solo un relato; es la infraestructura misma de la resiliencia estatal.

Galvarino Riveros Escobar (Venezuela) es sociólogo especialista en gestión pública, con más de veinte años de trayectoria en comunicación estratégica, marketing político y análisis de entorno. Como CEO de diversas agencias de publicidad y soluciones tecnológicas, ha liderado la intersección entre el análisis social y la innovación digital. Posee un Diplomado en Mercadeo por el IESA y se ha especializado en el estudio de la fatiga social y la gestión de crisis comunicacionales en contextos de alta incertidumbre. Actualmente, dirige consultorías estratégicas enfocadas en la resiliencia institucional y el diseño de narrativas de poder. LinkedIn: Galvarino Riveros Escobar / Instagram: @galvarinore

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