La construcción de memoria como herramienta para sanar las heridas del pasado

Por Daniela Castillo

La construcción de memoria histórica ocupa un lugar central en las sociedades que han vivido conflictos armados, dictaduras, violencias masivas o graves violaciones a los derechos humanos. No se trata únicamente de recordar hechos dolorosos, sino de establecer condiciones sociales, políticas e institucionales para comprender qué ocurrió, por qué ocurrió, quiénes participaron, qué daños se produjeron y qué aprendizajes pueden orientar la no repetición.

Maurice Halbwachs explicó que la memoria no es un ejercicio puramente individual, porque los recuerdos se organizan dentro de marcos sociales que permiten darles sentido. Desde esta perspectiva, recordar no significa reproducir el pasado de manera neutra, sino reconstruirlo desde lugares, tiempos, intereses, silencios y disputas que cambian según los actores que participan en esa reconstrucción.

La función principal de un museo es investigar, coleccionar, conservar, interpretar y exhibir el patrimonio material e inmaterial al servicio de la sociedad para la reconstrucción activa que debe hacer una sociedad de su pasado para dar sentido al presente y orientar el futuro. Los museos en contextos del postconflicto y justicia transicional exigen un abordaje metódico basado en estándares internacionales de derechos humanos.

A continuación, se presenta una tabla sobre los diferentes enfoques en el marco de reparación y la gestión de controversias políticas en instituciones internacionales de memoria histórica:

Institución / PaísModelo CuratorialTratamiento de VíctimasAporte a la No Repetición
Museo de la Memoria y los Derechos Humanos (Chile)Exposición sistemática de las violaciones a los DD.HH. cometidas por la dictadura militar (1973-1990).Centralidad en los testimonios directos, expedientes de reparación y registro de desaparecidos.Estandarización institucional de la memoria como consenso ético de no repetición democrática.
Yad Vashem (Israel)Investigación archivística, documentación rigurosa y memorialización de las víctimas del Holocausto.Archivos nominativos («Hojas de Testimonio») para devolver la identidad individual a las víctimas.Educación técnica sobre los mecanismos del totalitarismo y la prevención de crímenes de odio.
Topografía del Terror (Alemania)Análisis documental de la estructura represiva del Estado nacionalsocialista.Enfoque expositivo frío y documental sobre las estructuras de perpetración y sus consecuencias.Pedagogía de la responsabilidad estatal y transparencia histórica sin glorificación.
Museo Tuol Sleng / S-21 (Camboya)Conservación in situ del centro de detención y tortura del régimen de los Jemeres Rojos.Exhibición de evidencia forense, registros fotográficos y preservación del testimonio directo.Evidencia incontestable para procesos de justicia penal internacional y concienciación nacional.

En los estudios sobre memoria, justicia transicional y derechos humanos, se reconoce que toda sociedad afectada por la violencia enfrenta una tensión permanente entre recordar, olvidar, seleccionar, silenciar y narrar. La memoria se termina convirtiendo en un campo de disputas, porque distintos actores sociales buscan legitimar sus interpretaciones del pasado y proyectarlas sobre el presente, este es uno de los retos más grandes de construir memoria, contar todo lo que pasó sin exclusión ni prioridad.

La memoria histórica colombiana enfrenta además el desafío del negacionismo y de la polarización. Algunos discursos niegan responsabilidades estatales, otros minimizan los crímenes de la guerrilla, y otros convierten la guerra en un campo de acusaciones partidistas. Incluso el uso abusivo de la memoria aparece cuando el pasado se instrumentaliza para legitimar posiciones presentes sin asumir responsabilidades.

La historia de Colombia no puede explicarse desde una sola causa. La cuestión agraria, la violencia bipartidista, el cierre político, la debilidad estatal territorial, el surgimiento de guerrillas, la contrainsurgencia, el paramilitarismo, el narcotráfico y la persistencia de economías ilegales formaron una trama compleja que produjo una guerra prolongada. Esta complejidad no elimina responsabilidades, sino que obliga a analizarlas con mayor precisión.

Politizar una historia no significa únicamente hablar de ella en el espacio público. Toda memoria sobre la historia del país tiene una dimensión política porque se relaciona con el poder, la justicia, la reparación y la forma en que una sociedad se entiende a sí misma después de la violencia o hechos relevantes. El problema aparece cuando las historias de los actores se usan de manera instrumental, es decir, cuando se toman fragmentos de testimonios, cifras o dolores concretos para favorecer una versión cerrada de lo ocurrido.

En los últimos años, Colombia ha puesto en evidencia una profunda polarización cultural e histórica; una división que, más que espontánea, parece responder a un uso conveniente de la memoria según el proyecto político de turno. Las disputas sobre qué narrativas deben integrar el relato nacional demuestran cómo el pasado se moldea para validar el presente.

La disputa política sobre las narrativas produce, además, una competencia de memorias. En lugar de preguntar cómo se relacionan los distintos daños, el debate público muchas veces pregunta qué dolor vale más, qué víctima merece más atención o qué crimen resulta más útil para acusar al adversario. Esta competencia empobrece la comprensión de la historia misma porque impide ver que hubo víctimas de diferentes actores y que las responsabilidades no se cancelan entre sí.

La memoria histórica también se afecta cuando los actores políticos usan el pasado para ordenar el presente electoral. La memoria histórica no son solo informes escritos, sentencias o audiencias judiciales, también necesita dispositivos públicos capaces de comunicar a nuevas generaciones qué ocurrió, por qué ocurrió y qué responsabilidades se derivan de esa historia, desde una línea activa, pedagógica y orientada a la no repetición.

La verdadera apuesta de la memoria histórica debe ser profundamente pedagógica, no se trata de reproducir una fascinación ni de romantizar a los actores victimarios o perpetradores —vengan de donde vengan— que tanto dolor le causaron al país, sino de formar un criterio ciudadano sólido, ético y reflexivo. El verdadero valor de recordar se basa en desarmar el lenguaje del odio y sanar las heridas del pasado para abrir paso a una sociedad capaz de reconocer al otro en su diversidad. Lejos de ser un terreno de disputa ideológica, la memoria debe ser un puente de encuentro y una brújula colectiva que nos inspire a edificar una Colombia más justa, pacífica y profundamente consciente de su valor humano.

Daniela Castillo (Colombia) es politóloga de la Universidad del Rosario, LLM en derechos humanos y justicia transicional de Ulster University y actualmente doctoranda en Ciencias Políticas y de la Administración y Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid. Experta y asesora en temas de construcción de memoria histórica después del conflicto, con experiencia en sector público y privado para la implementación del Acuerdo de Paz en Colombia, asesora política y técnica en temas de paz y experiencia en investigación. X: @Daniela_C93 / Instagram: @dccastilloo

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