Por Daniela Tatiana Navarro Jaramillo
En la arena política colombiana el debate de ideas ha sido canjeado por una guerra de guerrillas simbólica. Ya no asistimos a la exposición de programas de gobierno, ni a la confrontación técnica de visiones de Estado; lo que hoy presenciamos es la puesta en escena de personajes milimétricamente diseñados para impactar el sistema límbico del electorado. La comunicación política en el país ha dejado de ser una herramienta de divulgación programática para convertirse en una sofisticada arquitectura de espejismos. Sin embargo, detrás de los slogans pegajosos, las imágenes de fuerza y los gestos calculados de cercanía subyacen contradicciones estructurales que amenazan con derrumbar los relatos que los mismos líderes han construido para legitimar su ambición.
Esta mutación del ejercicio público hacia lo puramente narrativo terminó por engendrar una profunda orfandad de coherencia. El votante ya no consume realidades tangibles o propuestas viables, sino ficciones identitarias empaquetadas en el mercado del marketing digital. Analizar a fondo la comunicación de figuras tan disímiles como Iván Cepeda, Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia permite entender que el poder en Colombia hoy no se gestiona, sino que se actúa en un teatro permanente. Pero, la gran pregunta que define el devenir democrático es: ¿qué sucede cuando el guion de marketing se estrella contra la cruda e incontestable realidad?
El mesianismo de la resistencia y el peso de las alianzas
La narrativa de Iván Cepeda y el petrismo es, quizás, el ejemplo más acabado de la construcción de una epopeya moral contemporánea. Su andamiaje discursivo se ha cimentado sobre la lógica de la confrontación contra las élites, presentándose como el azote de una oligarquía eterna y de las maquinarias tradicionales. Se trata de un relato de pureza moral, una cruzada del bien contra la corrupción histórica, donde el adversario no es un competidor con ideas diferentes sino un obstáculo ético que debe ser removido para que la historia avance hacia la redención y la liberación social.
No obstante, es en la cúspide de su ejercicio de poder donde esta narrativa empieza a mostrar sus fisuras más críticas. El discurso choca de forma violenta con la pragmática realidad de las alianzas que hoy sostienen su gobernabilidad. Resulta paradójico que la bandera del cambio social comparta tarima, componendas y ministerios con figuras emblemáticas del transformismo político como Roy Barreras, el camaleón de los partidos tradicionales. Esta narrativa se ve salpicada por los ruidos de corrupción y la gestión de personajes vinculados a escándalos dentro de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) o en cuestionadas administraciones como la de Daniel Quintero.
¿Cómo se puede sostener el relato de “fuera las élites y las maquinarias” cuando el andamiaje del gobierno se edifica sobre los hombros y las mañas de los mismos actores que han manejado el clientelismo por décadas? Esta incoherencia convierte la épica del cambio en una simple transacción de conveniencia presupuestal y burocrática. El discurso de Cepeda sufre de una disonancia cognitiva: no es posible clamar contra las maquinarias corruptas mientras se aceita la propia con los mismos engranajes del pasado. La narrativa de la oligarquía se desmorona cuando el concepto de sectores populares termina siendo representado por las figuras más tradicionales del establecimiento.
La estética de la fuerza y la tentación de la jaula
En el extremo opuesto, Abelardo de la Espriella ha edificado un ecosistema comunicativo basado en fuerza, lujo y autonomía radical bajo el símbolo del Tigre. Representa ferocidad sin concesiones, independencia y capacidad de imponerse en la selva política sin responder a jefes ni ataduras burocráticas. De la Espriella se vende como el outsider definitivo, un hombre que no le debe nada a la política porque su éxito económico viene desde afuera del Estado. A su vez, su slogan de “Firmes por la Patria” se traduce como una promesa de orden jerárquico y mano firme contra los que denomina bandidos.
La contradicción a este relato es de tamaño monumental. Mientras se promociona como un rebelde indomable que desprecia la tibieza y la corrupción de los partidos tradicionales, su estrategia busca la validación, el aplauso y el aval en el corazón mismo del Centro Democrático. Surge entonces un dilema fundamental: ¿puede un tigre considerarse realmente libre si busca con ansia someterse a la disciplina y la jerarquía de una estructura partidista tradicional? Al intentar encajar sus garras en las maquinarias que critica, su narrativa de autonomía total sufre un golpe mortal.
Aquí el problema es estrictamente de identidad y coherencia performativa. El tigre que ruge con fiereza contra la política tradicional termina buscando el refugio de una colectividad establecida para garantizar su viabilidad en las urnas. Esta disonancia revela que la imagen de rebelde y salvador outsider es solo una prenda utilizada para maquillar una ambición política convencional que teme el frío de caminar sin el respaldo de un aparato partidista institucionalizado. Su propuesta comunicativa es innegablemente atractiva para un sector por su cuidada estética de poder, pero carece de solidez en su fundamento: es fácticamente imposible presentarse como el destructor del sistema y, de forma simultánea, postularse como el delfín consentido de una de las maquinarias más tradicionales de la derecha colombiana.
La utopía de la conciliación desde la trinchera
Paloma Valencia ha decidido ejecutar una compleja metamorfosis discursiva hacia la narrativa de la unidad y la sensatez bajo la tesis de que “en Colombia cabemos todos”. Su estrategia busca reposicionarla ante la opinión pública como una figura conciliadora, capaz de gobernar desde el respeto a la diferencia y de suavizar las aristas más filosas y dogmáticas de su militancia histórica. Es un relato que apela a la madurez política e intenta rescatar del olvido un concepto que parecía triturado por el ruido ensordecedor de la polarización: el diálogo y el consenso nacional.
Pero el electorado colombiano, poseedor de una memoria histórica reciente, percibe de inmediato una disonancia insalvable en esta puesta en escena. Resulta difícil para el ciudadano común comprar un relato de paz, armonía y convivencia proviniendo de quien ha sido, durante más de una década, uno de los arietes más confrontativos, vehementes y polarizantes de la derecha legislativa en Colombia. Su promesa de aprender a gobernar diferente choca con el peso específico de su propia trayectoria dentro de un partido que ha sido eje del establecimiento y de la confrontación ideológica radical en las últimas dos décadas.
La narrativa de la conciliación que maneja Valencia se percibe como una estrategia de supervivencia para migrar hacia un centro político esquivo, en lugar de una convicción orgánica que el votante pueda digerir sin altas dosis de sospecha. Es el relato de la institucionalidad que se viste de seda pacifista para intentar sobrevivir en las rupturas, buscando convertirse en el refugio de aquellos sectores moderados que temen tanto al populismo de la izquierda como a la irrupción autoritaria del outsider felino.
Mientras Cepeda continúe ofreciendo una épica de liberación popular, pero mantenga pactos con los gamonales de siempre; mientras De la Espriella prometa una limpieza con la fuerza del tigre, pero busque el cobijo de una maquinaria tradicional; y mientras Valencia intente vender convivencia armónica desde un pasado construido en la trinchera ideológica, la comunicación política seguirá siendo una cáscara vacía, un envoltorio brillante para un producto defectuoso.
Estas incoherencias desnudan una preocupante realidad: habitamos en una democracia donde la imagen ha devorado por completo a la ética programática. El éxito de una campaña en nuestro contexto no se mide por la viabilidad de sus propuestas o por la profundidad de sus debates, sino por la capacidad del líder de sostener la mirada ante su propio relato sin que este se desmorone por el peso de sus alianzas bajo la mesa. El votante colombiano actual ha sido educado para no elegir administradores eficientes de lo público; elige, en cambio, en cual de todas las ficciones disponibles prefiere vivir y sufrir. Y mientras la ciudadanía continúe comprando slogans publicitarios y mascotas totémicas en lugar de exigir coherencia programática, seguiremos siendo espectadores de este teatro de sombras donde los tigres, las palomas y los redentores cambian de máscara según sople el viento de la conveniencia electoral, dejando los problemas de la nación en el mismo lugar de siempre. Ante este panorama, cabe interrogarse: ¿cuál de todas estas simbologías terminará por imponerse en la realidad del país? ¿Será la fiereza del felino indómito, la apacible y tardía metamorfosis de la paloma, o la gastada epopeya de la redención social la que logre capturar el espíritu de la época? O más bien, despojados de la ficción estética, ¿terminarán imponiéndose las propuestas viables y los programas técnicos de gobierno, o será la maquinaria política tradicional la que vuelva a reclamar su trono en el ajedrez del poder? La última palabra la tiene un ciudadano acorralado por la incertidumbre: ¿se decidirá el votante por la fe ciega en un discurso idílico, o terminará rindiéndose ante el pragmatismo del voto útil y la inercia clientelista de las maquinarias que hoy, de reojo, observan cómo el empaque se consume a sí mismo?
Daniela Tatiana Navarro Jaramillo es comunicadora social y periodista colombiana, especializada en análisis político, opinión pública y periodismo escrito. Como columnista independiente, ha colaborado en medios digitales como Las2Orillas y Al Poniente. Es autora de la crónica “Cuba: entre el sol y la sombra”, seleccionada para en el libro antológico “Fuera de foco”.https://www.linkedin.com/in/daniela-n-7960431a6/