Por Giacomo Caputto Carrara
La Copa Mundial de la FIFA volvió al continente americano tras doce años, un evento que siempre ha convivido con el contraste entre el nivel estelar dentro de los campos y las tensiones sociopolíticas fuera de ellos, del que ediciones como Argentina 1978 y Brasil 2014 no estuvieron exentas. Aunque por estas latitudes el fútbol tiene una sensibilidad popular altísima y muchos prefieren que su naturaleza lúdica no se toque con la política, muchos deportistas han actuado como líderes de opinión.
Es por eso que es propicio repasar las diferentes intervenciones de cracks latinoamericanos en la discusión política a lo largo de la historia, desde los más activamente militantes hasta los caballos de batalla del poder. Analizando también las consecuencias que esto tuvo en los protagonistas, la opinión pública y los gobiernos.
Dos maneras de convivir con el poder
El pasado 5 de marzo, en vísperas de albergar una nueva edición de la copa en su país y luego de intervenir militarmente en otros dos, el presidente estadounidense, Donald Trump, recibió a la delegación del Inter Miami encabezada por el argentino Lionel Messi. Lo que aparentaba ser una visita protocolar al despacho oval por la conquista de la Major League Soccer, terminó siendo un suceso masificado por las redes sociales. La selección de imágenes que las cuentas oficiales de la Casa Blanca compartieron se centraban en las interacciones entre el mandatario y el capitán argentino, con el resto de la plantilla muy en segundo plano. A pesar de que en el evento hubo una comunicación de gobierno que no excedió lo institucional-protocolario y la actitud de Messi se limitó a su usual neutralidad política, las repercusiones fueron inmediatas y se caracterizaron por una marcada polarización, por un lado los partidarios del republicano presumieron la visita como un posicionamiento de la figura deportiva en la “batalla cultural”, mientras que sus detractores fueron muy críticos con la aparente tibieza de La Pulga, entendiendo que ante esta coyuntura geopolítica él debería tomar una postura más clara.
Lo que es un hecho es la inevitable comparación con el otro gran ídolo futbolístico argentino: Diego Armando Maradona.
El Pelusa no solo se ha reunido con políticos de ideología diametralmente opuesta a la de Donald Trump, como Fidel Castro o Hugo Chávez, sino que su grado de militancia fue mucho mayor. Sus convicciones eran abiertamente de izquierdas, no se limitó solo a gestos de apoyo a gobiernos de esa tendencia, sino que también defendió movimientos sociales afines y criticó a las instituciones que rigen el deporte. Además, sus orígenes humildes y su épica mundialista dieron lugar a una narrativa que en Argentina lo posicionó como el representante del ciudadano de clases populares, relato del que él nunca renegó, sino que explotó.
Como era de esperarse, estas posturas de Maradona causaron una polarización aún mayor que la de Messi, aunque en la práctica ambos salieron en fotos con líderes cuestionados por erosionar el estatus democrático, el caso de Diego adquiere otra dimensión por sus formas, su militancia activa y las polémicas de su vida personal. Una combinación que, desde una perspectiva del posicionamiento político, le perjudicaba.
En resumen, el caso de los dos ídolos argentinos es, sin caer en comparaciones forzadas, una muestra de dos modelos opuestos de figuras frente al poder: la militancia explícita y la neutralidad instrumentalizable que no controla su circulación.
Ante esto se instalan tres debates centrales:
- Para los futbolistas, ¿tienen la obligación moral de tomar posición en política?
- Para el público, ¿se debe separar al referente deportivo de sus ideas o entenderlo como un todo?
- Para los comunicadores y asesores políticos, ¿se valora lo suficiente la influencia que los futbolistas tienen en algunos segmentos de la opinión pública? ¿Es este nervio cultural un actor o jugador más en Latinoamérica?
El deporte como símbolo de resistencia en Latinoamérica
La siguiente categoría a repasar son los jugadores que instalaron debate político público en contextos desfavorables o de autoritarismo, como lo fueron Sócrates en Brasil y Carlos Caszely en Chile.
Sócrates le hizo honor a su nombre, fue alguien que además de su gran talento deportivo, era un importante intelectual y médico de profesión. Integrante de la mítica selección brasileña del Mundial 1982 y el primero de los grandes ídolos del Sport Club Corinthians Paulista, con varios títulos estaduales en la década del 80, que en Brasil estuvo caracterizada por los últimos años de la dictadura militar. Frente a este ambiente generalizado de autoritarismo y una crisis deportiva e institucional particular, asumió la dirección del club paulista el sociólogo Adilson Monteiro Alves y junto con líderes del plantel como Wladimir, Casagrande, Zenon y el mismo Sócrates, decidió implementar un modelo de autogestión horizontal denominado “Democracia Corinthiana”, bajo este régimen todo, desde las tácticas de juego hasta el menú se decidía por voto igualitario, involucrando de igual manera desde el utilero hasta el presidente. A la postre este movimiento ideológico se consolidó como el mayor de la historia del fútbol brasileño y sudamericano.
En el país trasandino, quien brilló en las filas de Colo Colo y España fue Carlos Caszely, que clasificó a su selección al Mundial de Alemania 1974, trascendió al debate político por un acto distinto, pero igualmente potente. A diferencia de Sócrates, su intervención no se articuló como un proyecto colectivo de autogestión deportiva, sino como un gesto personal de resistencia simbólica frente al gobierno militar de Augusto Pinochet. El episodio más recordado ocurrió antes de viajar a la cita mundialista, cuando el delantero chileno se negó a saludar al dictador, en un acto que posteriormente sería leído como una señal pública de rechazo al régimen. Su figura adquirió aún más carga política por la represión sufrida por su propia familia, especialmente por su madre, Olga Garrido, detenida y torturada.
No necesitó construir una militancia partidaria ni disputar una elección para convertirse en una referencia moral de su tiempo: bastó un acto visualmente simple mientras el país lo veía, algo difícil de controlar para el régimen.
De ídolos a candidatos
Los futbolistas que más importancia han tenido en el mundo de la política son los que directamente formaron parte del régimen de partidos, participaron de elecciones y ejercieron cargos públicos. Aunque ninguno llegó a presidir un país como el liberiano George Weah, Balón de Oro y muy querido en Milán y PSG, referentes como el mexicano Cuauhtemoc Blanco y el brasileño Romariolograron trasladar su popularidad a las urnas exitosamente, eso sí, representando agrupaciones de ideologías antagónicas, uno de izquierda y otro de derecha.
Blanco, el ídolo por excelencia de una institución de alcance masivo como el Club América, inició su trayectoria política por el Partido Socialdemócrata de Morelos, ganando la presidencia municipal de Cuernavaca. En esa primera campaña el enfoque estratégico estuvo en transformar su capital deportivo en capital electoral, sin divagar en complejidad programática ni identidad ideológica, presentarse como un outsider, una alternativa popular, barrial y de comunicación frontal que venía a solucionar lo que los políticos de siempre no pudieron, un relato útil en un contexto de hartazgo hacia los partidos tradicionales.
En sus pasos posteriores por el Partido Encuentro Social (2017-2022) y Morena (2022-presente), dónde llegó a los cargos de gobernador del Estado de Morelos y diputado del Congreso de la Unión respectivamente, mantuvo la misma tónica comunicacional, en ese camino ascendente hizo de vínculo emocional entre las jerarquías políticas y el electorado.
El caso de Romario permite cerrar esta categoría desde un ángulo ideológicamente opuesto. Campeón del mundo con Brasil en 1994 y una de las figuras más reconocidas de su generación, trasladó su popularidad deportiva a la política institucional con notable eficacia. En 2014 fue electo senador por Río de Janeiro con una votación ampliamente mayoritaria, apoyándose en una marca personal ya instalada: el exfutbolista frontal, irreverente, de origen popular y con capacidad para denunciar abusos dentro del propio sistema deportivo.
Con el paso del tiempo, esa identidad pública fue ubicándose dentro de un campo político distinto al de Cuauhtémoc Blanco. Mientras el mexicano terminó integrado al universo de Morena y a una narrativa de izquierda popular, Romario consolidó su carrera en la derecha brasileña, siendo reelecto senador en 2022 por el Partido Liberal, la misma fuerza política de Jair Bolsonaro. A quien sin lugar a dudas le dio ganancia electoral en el estado carioca.
Esta comparación resulta útil porque demuestra que el capital deportivo no posee una orientación ideológica fija: un relato de superación personal que culminó en el éxito deportivo y ahora busca transformación popular, puede ser utilizado tanto por la derecha como por la izquierda.
Para la comunicación política, el futbolista no es únicamente un ciudadano famoso, sino un mensajero del sentir popular con legitimidad emocional y memoria colectiva.
Giacomo Caputto Carrara (Uruguay) es técnico en Periodismo General y Deportivo por el Instituto CTC de Salto, ex estudiante de Comunicación y Marketing de la Universidad Católica del Uruguay y egresado del Diploma de doble titulación CLAEH-Relato en Comunicación Política. LinkedIn: Giacomo Caputto Carrara