Por Mariano José Mendoza Fiallos
“No veo por qué tenemos que esperar y observar cómo un país se vuelve comunista debido a la irresponsabilidad de su propio pueblo. Las cuestiones son demasiado importantes para que los votantes chilenos decidan por sí mismos”
-Henry Kessinger, ex Secretario de Estado de Estados Unidos
Era la madrugada de un sábado 3 de enero en Caracas, Venezuela. El ambiente era de año nuevo, fiesta y de descanso, nadie se imaginaba lo que estaba por venir. Aproximadamente a las 2 de la madrugada comenzaron a escucharse fuertes estruendos en toda Caracas. Eran los primeros bombardeos simultáneos sobre puntos estratégicos de Venezuela por parte de Estados Unidos.
Proyectiles, misiles y bombas impactan sobre subestaciones eléctricas y objetivos militares clave como el aeropuerto de la Carlota, fuerte Tiuna o el Cuartel de la Montaña. La Operación Resolución Absoluta, más que una intervención militar, era el laboratorio de práctica de la llamada Estrategia de Seguridad Nacional publicada por el gobierno de Estados Unidos en noviembre de 2025. Dicha estrategia marca el inicio de una política exterior estadounidense más agresiva y transaccional para Latinoamérica (LATAM) y el Caribe.
Debido a su importancia geopolítica, analizaremos la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Washington que en la práctica va a legitimar la coerción económica, diplomática y militar sobre LATAM. Asimismo, indagaremos el impacto de estas presiones en los procesos electorales de Costa Rica, Colombia y Perú este 2026, a la par que exploramos la influencia del “Efecto Trump” en las narrativas de la extrema derecha para estos comicios.
Estrategia de Seguridad Nacional
La Estrategia de Seguridad Nacional posee tres pilares principales: 1) Seguridad Doméstica; 2) Seguridad Geopolítica y; 3) Seguridad Geoeconómica. En seguridad doméstica el documento deja claro que Estados Unidos busca garantizar que el “Hemisferio Occidental se mantenga razonablemente estable y suficientemente bien gobernado”, esto con el objetivo de desalentar la migración masiva, a la vez que buscan mayor cooperación de los gobiernos regionales en la lucha contra el narcotráfico.
En el plano de la seguridad geopolítica, Trump pretende reducir la influencia de potencias no hemisféricas como Rusia o China en América Latina. Mientras que en el plano geoeconómico se busca promover la relocalización del tejido industrial en LATAM para asegurar cadenas de suministro críticos, a la vez que se quiere asegurar el acceso a ubicaciones y recursos estratégicos como el petróleo o gas.
Esta estrategia tiene sus raíces en la llamada Doctrina Monroe de 1823 que estipulaba que cualquier intervención de Europa en América Latina iba a ser vista como una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos. Doscientos años después, Donald Trump usa el mismo relato, pero esta vez se trata de detener la influencia china, rusa e iraní en lo que considera “su hemisferio”. Para cumplir efectivamente la llamada Doctrina Donroe (fusión de Donald y Monroe), Estados Unidos ha de implementar una estrategia troncal para el hemisferio Occidental; enlistar.
Alistamiento
La política de alistamiento se centra en reclutar “campeones regionales” (gobiernos) que frenen la migración ilegal a Estados Unidos y combatan el narcoterrorismo. Aunque en papel esto suene positivo, “el diablo está en los detalles”, pues el propio documento deja claro que Washington “recompensará y alentará a los gobiernos, partidos políticos y movimientos de la región que estén ampliamente alineados con nuestros principios y estrategia”. Dicha premisa institucionaliza una injerencia implícita, permitiendo a Estados Unidos inclinar la balanza en procesos electorales a favor de su campeón regional.
El 7 de marzo se celebró una cumbre en Miami con once líderes aliados de la administración Trump donde se lanzó oficialmente la iniciativa Shield of the Americas, una organización de seguridad internacional cuyo objetivo es asegurar la estabilidad hemisférica, combatirbandas criminales narcoterroristas y controlar la migración masiva.
Pero más allá de la estabilidad del hemisferio, Trump intenta consolidar un bloque regional capaz de contrarrestar la creciente influencia China. Es decir, el inquilino de la Casa Blanca ha juntado a sus “campeones regionales” que en la práctica van a servir como piezas de ajedrez en una partida geopolítica contra China más amplio. Pero ahora cabe hacerse la pregunta ¿Con qué herramientas cuenta Washington para intervenir a favor de sus candidatos predilectos?
Presiones Económicas-diplomáticas
Estados Unidos cuenta con un amplio abanico de presiones económicas y diplomáticas que pueden influir en la decisión final del electorado indeciso. En el ámbito diplomático, por ejemplo, el gobierno de Estados Unidos congeló de manera indefinida el procesamiento de visados para 75 países. Resulta interesante que entre los países de la región se encuentran Brasil, Colombia, Cuba, Guatemala, Nicaragua y Uruguay. Estas naciones comparten la característica de tener gobiernos que no están alineados a los intereses de Trump. Adicionalmente, de estos países dos de ellos, Brasil y Colombia tienen procesos electorales este año.
Por otro lado, Estados Unidos puede presionar económicamente a los gobiernos a través de guerras comerciales como lo ha hecho con Colombia y Brasil, son políticas que afectan los bolsillos del votante y provocan incertidumbre financiera. Asimismo, para países más pequeños en Centroamérica o el Caribe, Estados Unidos puede cambiar las actitudes electorales con una simple amenaza de colocar impuestos a las remesas. Por último, están las clásicas sanciones diplomáticas y económicas como la revocatoria de visas a funcionarios, congelación de fondos, suspensión de ayuda económica, etc.
Presiones Militares
Con Venezuela se ha abierto una nueva posibilidad en el horizonte; las presiones militares directas. Tras la operación Resolución Absoluta, Trump amenazó con efectuar ataques en territorio mexicano y colombiano en contra de los cárteles de droga.
Lo cierto es que Venezuela marcó un cambio en el paradigma de la guerra moderna, pues ya no se trata de ocupaciones o invasiones militares como Irak o Panamá, ahora más bien podemos esperar ataques quirúrgicos, pero de alto impacto, capaces de condicionar decisiones gubernamentales y asegurar el acceso a recursos estratégicos.
Efecto Trump
Más allá de las presiones externas, las elecciones de 2026 van a estar marcadas por el llamado Efecto Trump.El efecto Trump lo podemos definir como un fenómeno de injerencia indirecta en donde candidatos de extrema derecha se apropian, adaptan o replican los discursos y estilos retóricos de Trump para capitalizar el descontento social. Esta “tropicalización del Trumpismo” trasciende la mera coincidencia ideológica; se manifiesta en una copia semiótica y simbólica que utiliza el lenguaje confrontativo, nacionalista y de urgencia para posicionar al candidato como un outsider valiente frente a las élites corruptas o el “comunismo”. Veremos como muchos candidatos van a instrumentalizar la xenofobia para sacar rédito electoral, a la vez que buscarán posicionarse como esos “campeones regionales” para ganarse el favor de Washington.
Antecedente hondureño
Lo ocurrido en las elecciones hondureñas el pasado noviembre de 2025 resulta el mejor ejemplo de una injerencia directa de Estados Unidos. Precisamente 72 horas antes de que abrieran las urnas, Trump realizó un post en Truth Social, donde mostraba su apoyo total al candidato del Partido Nacional, Nasry Asfura (actual presidente) y, como si se tratase de un spot de campaña más, el mandatario norteamericano terminaba diciendo: “Elija a Tito Asfura como presidente!”.
Según la Comisión Permanente del Parlamento, la decisión de Trump de apoyar directamente a Asfura “manipuló el proceso electoral hondureño, intimidando a los electores y atemorizándolos con el no envío de más remesas familiares”. Un simple post de Trump puede alterar la balanza electoral por el miedo del electorado a coerciones económicas o presiones militares. La lógica Trumpiana es simple; si escogen un gobierno de izquierda les espera la Política del Gran Garrote con sanciones económicas e incluso intervenciones militares, si por el contrario escogen a mi campeón regional tendrán la Política de la Zanahoria; eliminación de aranceles y mayor inversión. Con el antecedente hondureño ahora analizaremos las posibles injerencias estadounidenses en las elecciones de Costa Rica, Colombia y Perú.
Costa Rica
Las elecciones de febrero en Costa Rica tuvieron como ganadora a la candidata de derecha Laura Fernández. Aunque la administración Trump evitó una intervención directa, debido a la afinidad ideológica, Fernández era la opción predilecta de Estados Unidos. No obstante, el verdadero catalizador del triunfo no fue la presión de Trump, sino el “Efecto Bukele”.
El Efecto Bukele o “Bukelización de la política” consiste en la réplica del modelo de seguridad salvadoreño, caracterizado por soluciones punitivas directas ante crisis de inseguridad complejas. El Efecto Bukele tiene gran resonancia en un país como Costa Rica que atraviesa una de sus peores crisis de violencia donde, el año 2025 lo cerraron con 873 asesinatos y una tasa histórica de 16,7 homicidios por cada 100.000 habitantes. Fernández capitalizó el agotamiento social mediante la apropiación discursiva y estética del “exitoso” modelo salvadoreño.
Muchas de las acciones de Bukele se convirtieron en propuestas de campaña de Fernández como la construcción de la megacárcel Centro de Alta Contención (CACCO) inspirado en el CECOT, la implementación de regímenes de excepción y concentrar facultades en el Ejecutivo para “agilizar” la toma de decisiones. Sin embargo, este modelo conlleva riesgos pues en la práctica supone una justificación para la concentración de poder a cambio de una promesa de seguridad. De hecho, la reciente presentación de una reforma constitucional para habilitar la reelección presidencial consecutiva en Costa Rica es uno de los efectos colaterales del modelo salvadoreño.
Si bien en Costa Rica no hubo injerencia directa de Trump, sí experimentaron lo que podemos catalogar como una “injerencia de terceros”, donde Bukele, actuando como uno de los “campeones regionales” de la Doctrina Donroe, intervino simbólicamente en la contienda. En enero de 2026 el mandatario salvadoreño realizó una visita oficial a Costa Rica para colocar la primera piedra del CACCO junto al oficialismo. En un tono admonitorio, Bukele mencionó que la criminalidad “va a ir creciendo como un cáncer si no se detiene” y “no hay otra forma de resolverlo que con la fuerza del Estado”.
Como apuntan muchos analistas, esta intervención buscaba inyectar miedo en el electorado a la par que posicionaba al oficialismo como el único actor capaz de afrontar la crisis de seguridad. Cabe agregar que, tras conocerse la visita de Bukele, el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) de Costa Rica advirtió el 1 de diciembre de 2025 que los mandatarios extranjeros debían abstenerse de intervenir en la contienda electoral del país. De este modo, se demuestra que la influencia de Washington puede ejercerse por delegación indirecta, utilizando aliados estratégicos para preparar el terreno a liderazgos alineados con sus intereses hemisféricos.
Colombia
Colombia ha experimentado casi todo el abanico de presiones posibles de Washington, desde revocación de visas a funcionarios, pasando por guerras comerciales y amenazas militares. Y es que, a diferencia de Costa Rica, Colombia representa para el gobierno de Estados Unidos un “problema de seguridad nacional” debido a la expansión de los cultivos de coca y la presencia de grupos insurgentes como el ELN. Tras la operación en Venezuela, Trump se refirió al presidente Gutavo Petro como un “enfermo” involucrado en el tráfico de cocaína y amenazó con ataques militares a Colombia.
Sumado a las tensiones militares, la relación entre Petro y Trump ha suscitado múltiples crisis diplomáticas y presiones económicas. Una de las crisis diplomáticas más fuertes sucedió en octubre de 2025 cuando Trump anunció la suspensión financiera a Colombia en materia de seguridad y acusó a Petro como “líder del narcotráfico”. A su vez, amenazó con imponer un gravamen del 25% a los productos colombianos.
Este tipo de actos busca dinamitar la imagen del Petrismo frente al electorado a la vez que permite a la derecha colombiana instrumentalizar las malas relaciones con Estados Unidos como un eje narrativo de sus campañas. Por ejemplo, el precandidato catalogado por muchos como de extrema derecha, Abelardo de la Espriella ha tildado públicamente a Petro como un “peligro transnacional” y de recibir financiamiento del régimen de Venezuela para su campaña.
No obstante, y en un giro de esta telenovela no visto desde Betty la Fea, Petro y Trump sostuvieron el 3 de febrero de 2026 una reunión en el Despacho Oval. Trump comentó que había sido una reunión muy “productiva” y que le caía bien Petro. De esta manera, el inquilino de la Casa Blanca desinfló la narrativa de la derecha local, que se había construido sobre la supuesta ruptura irremediable de los lazos comerciales y diplomáticos con Estados Unidos. Este cambio de tono demuestra la fragilidad de los “campeones regionales”, quienes pueden quedar desamparados ante los vaivenes diplomáticos de Washington que prioriza intereses tácticos sobre lealtades ideológicas.
Las amenazas de Trump parecen estar produciendo un “efecto bumerán” similar al vivido en las elecciones de Canadá de 2025. Trump había lanzado una guerra comercial a Canadá y amenazó con una anexión contra Ottawa. Estas políticas agresivas terminaron por hundir a los conservadores de Pierre Poilievre, otorgando el triunfo al liberal Mark Carney. De la misma manera, tras las amenazas de Trump, el candidato de izquierda Iván Cepeda subió en las intenciones de voto pasando del 32% a 43%.
Perú
Las elecciones presidenciales del Perú están marcadas por una fuerte crisis de gobernabilidad, discursos populistas y tensiones geopolíticas. Estos comicios se caracterizan por una fragmentación política récord pues de los 36 candidatos, ninguno supera el umbral del 20% de aprobación. Esta fragmentación, sumado al proceso de parlamentarización del Perú donde el congreso posee amplias facultades, ha generado una crisis de gobernabilidad crónica. El futuro presidente tendrá un déficit de legitimidad operativa, con dificultades para formar coaliciones lo que provoca que quede a merced del poderoso congreso que podrá emitir bloqueos, trabas burocráticas a propuestas e incluso una destitución mediante el recurso de moción de vacancia.
En esta crisis institucional, la figura de Rafael López Aliaga emerge como el arquetipo del “campeón regional”. Aliaga es un político ultraconservador y declarado admirador de Trump y Bukele. Defiende la mano dura en materia de seguridad y ha prometido contener la migración. Las encuestas lo sitúan en primer lugar con entre el 13% al 15% de la intención de votos.
Aliaga ha propuesto medidas punitivas para contener la migración ilegal que incluyen el uso de grilletes electrónicos para el monitoreo de extranjeros bajo investigación. Asimismo, ha reiterado la necesidad de copiar el modelo penitenciario de El Salvador y propuso la construcción de cárceles en las zonas selváticas del Perú que contarán con serpientes venenosas para dificultar la fuga de reos. Estas narrativas populistas no solo buscan capitalizar la xenofobia sino también posicionar a Aliaga como ese “hombre fuerte” capaz de contener el caos institucional mediante una autoridad fuerte y acabar con la delincuencia con mano dura.
Hay que tener en cuenta que Perú es además un actor clave en la disputa geopolítica entre Estados Unidos y China. Trump podría verse tentando en interferir en las elecciones del país por el peso geoestratégico y por los fuertes lazos comerciales que tiene Perú con China. La nación andina forma parte de la Nueva Ruta de la Seda desde 2019 y cuenta con una de las megaobras más grandes de este proyecto, el estratégico puerto de Chancay. Trump podría ver en Aliaga la oportunidad de replegar la presencia asiática en el Pacífico y asegurar el control sobre recursos estratégicos. Así pues, el destino electoral peruano se define no solo en las urnas, sino en la capacidad de Estados Unidos para instalar a un aliado incondicional que sirva de contrapeso a la hegemonía de Pekín en Sudamérica.
Conclusión
La actual injerencia de Washington en los procesos electorales de la región se enmarca bajo la estrategia de “alistamiento”, para garantizar la estabilidad hemisférica, el control migratorio y la lucha antinarcóticos. Este mecanismo busca apoyar abiertamente a movimientos o figuras de extrema derecha como el bolsonarismo en Brasil o a de la Espriella en Colombia y Aliaga en Prú, a la par que pretende debilitar a gobiernos de izquierda mediante una arquitectura de coerción económica, diplomática y militar.
Asimismo, el Efecto Trump y Bukele se han constituido como auténticas “franquicias políticas” a lo largo del hemisferio. Con las presiones de Washington, los auges de los populismos punitivos y la recién creada Shield of the Americas, podemos esperar que más países repliquen el modelo de seguridad salvadoreño lo que implica regímenes de excepción, lucha frontal contra el crimen organizado, megacárceles y más restricciones migratorias.
Todas estas injerencias no son un fenómeno nuevo, sino la iteración contemporánea de un largo historial de intervencionismo imperial sobre la región. Si en el siglo XIX la Doctrina Monroe se escudó en la defensa contra el imperialismo europeo y en el XX el relato legitimador era la lucha anticomunista, el siglo XXI ha entronizado al narcoterrorismo y la influencia chino-rusa como los nuevos enemigos existenciales. Cambian los rostros y los villanos, pero el guion es el mismo: bajo la retórica de la estabilidad hemisférica realizo injerencias que ocultan ambiciones expansionistas, económicas y geopolíticas más grandes.
Latinoamérica necesita dejar de autopercibirse como una región periférica o como el patio trasero y cobrar consciencia de su peso geopolítico. Ante el Nuevo Orden Mundial que se está gestando, LATAM tiene varias oportunidades y ventajas que podría aprovechar como su cohesión cultural y lingüística, sus recursos estratégicos y la relocalización de las cadenas de suministro para reindustrializarse y atraer inversiones. No obstante, estas ventajas geopolíticas han sido históricamente socavadas por los caudillismos, la fragmentación interna, autoritarismos y corrupción.
Mientras LATAM no logre articular una política conjunta que blinde su soberanía y que puedan operar como un bloque, seguirá estando a merced de futuras intervenciones militares, injerencias electorales o golpes de estado propiciados por Washington. Esta resistencia frente a la influencia extranjera y la necesidad de reivindicar a Hispanoamérica ya fue magistralmente enunciada por Rubén Darío en su poema “Oda a Roosevelt” donde en uno de sus extractos dice:
“¡Vive la América española!
Hay mil cachorros sueltos del León Español.
Se necesitaría, Roosevelt (Trump), ser Dios mismo,
el Riflero terrible y el fuerte Cazador,
para poder tenernos en vuestras férreas garras.
Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!”
Bibliografía
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Mariano José Mendoza Fiallos (El Salvador) es estudiante de la carrera de Comunicación Social en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). En 2021 ingresó al colectivo radiofónico “Frecuencia Libre” donde se le asignó la sección de política “Pan y Circo”. Es diplomado en Estrategias y Narrativas Políticas por la UCA de El Salvador. Facebook: Mariano Mendoza / Instagram: @mariano.mendoza.2002