Por Francisco Córdova Echeverría
La democracia necesita un mundo común de significados. En la era de la posverdad y la fragmentación digital, la comunicación política se vuelve un actor clave en la disputa por la realidad y en la preservación —o erosión— de las condiciones que hacen posible la vida democrática.
Vivimos en un tiempo donde la realidad parece cada vez más discutida. Sin embargo, desde hace décadas la sociología del conocimiento sostiene que la realidad siempre ha sido, en parte, una construcción social. Para los sociólogos Peter Berger y Thomas Luckmann, la realidad es aquello que persiste más allá de nuestra voluntad, mientras que el conocimiento es la certeza de que los fenómenos son reales y poseen características específicas. Así los sujetos viven una realidad y “saben”, con ciertos grados de certidumbre, que el mundo tiene tales o cuales características que les permiten moverse en él.
La relación del individuo con el —mundo humano— está mediada por la interacción social, de tal forma que la realidad social influye en el pensamiento del individuo, a la vez que, este pensamiento (llevado a la acción), influye en el mundo, incluso lo puede transformar modificando o creando nuevas instituciones sociales. En esta lógica, las ideas, son expresiones de una interacción dinámica, mediada socialmente, entre el “mundo objetivo” y el “mundo subjetivo” de cada individuo.
Pero esa interacción no está libre de estructuras culturales que la afectan.
En la socialización primara, cuando somos pequeños, nuestra familia nos enseña: el idioma y sus usos, las formas de comportamiento social en base a roles, valores y moral, las reglas institucionales (familia, colegio, etc.), códigos, símbolos, etc.; mientras que en la socialización secundaria (adultez), aprendemos conocimientos específicos de ciertas dimensiones del mundo, las cuales se pueden ir expandiendo en la medida de nuestra propia experiencia.
Esto primero nos libera de un determinismo biológico. La naturaleza humana biológica opera como una base que es afectada por la cultura propia de la sociedad en la cual se desarrolla la persona, así, “solo hay naturaleza humana en el sentido de ciertas constantes antropológicas (por ejemplo la apertura al mundo y la plasticidad de la estructura de los instintos) que delimitan y permiten sus formaciones socioculturales”, por lo cual es apropiado decir que el ser humano construye su propia naturaleza, o en otras palabras, la humanidad se construye a sí misma.
Y lo segundo, nos lleva a concluir que en una sociedad existen ciertos consensos históricos (conocimiento común de la realidad) que estabilizan la vida social, es decir, otorgan un orden de significados que determina el mundo en el cual convivimos socialmente. Orden que vive siempre en tensión entre su persistente tradición y los pujantes fenómenos que buscan modificarlo.
En este ámbito de análisis no importan las teorías académicas, sino el conocimiento común del mundo que tienen las personas. Estamos en una dimensión práctica de la sociología y no en sus océanos conceptuales. Y para ello es imposible no hacer referencia al “mundo de la vida” (lebenswelt) expuesto por Alfred Schutz, donde refiere al mundo de la experiencia cotidiana tal como es vivido y dado por supuesto por los sujetos en su vida diaria.
Este mundo de la vida es intersubjetivo, es decir, no es una experiencia puramente individual sino un espacio de significados compartidos con otros, donde el conocimiento cotidiano se construye socialmente y se transmite a través de la interacción, generando una base común de entendimiento.
Ahora, frente a lo dicho ¿Qué sucede cuando en el mundo en el que vivo, los elementos consensuados son cuestionados a tal punto que podrían empujar un nuevo orden social?
Para responder a esta pregunta tomaremos las ideas de Jürgen Habermas quien adopta esta idea de fondo, pero la reformula en clave comunicativa: el mundo de la vida se convierte en el reservorio de significados, normas y saberes culturales que hacen posible la comprensión entre los actores. Es el trasfondo cultural que sostiene la comunicación y permite que los sujetos se entiendan cuando interactúan.
Así, la coordinación social no depende solo de tipificaciones compartidas, sino de procesos de comunicación en los que los participantes pueden someter sus afirmaciones a pretensiones de validez (verdad, corrección normativa y veracidad). En este sentido, el mundo de la vida no solo es un trasfondo de sentido, sino también el espacio donde se reproducen culturalmente los consensos que sostienen la sociedad.
Byung Chul Han en su libro Infocracia, toma esta noción del mundo de la vida compartido de Habermas y lo problematiza con los cambios de mediación digital que afectan la experiencia humana, tanto así que se pone en una situación de crisis a la posibilidad de la experiencia de la democracia.
La democracia depende de la existencia de un mundo de la vida compartido, es decir, de un horizonte común de significados donde los ciudadanos puedan comprenderse mutuamente y discutir públicamente los asuntos colectivos. Si ese horizonte común se fragmenta, la posibilidad de deliberación democrática también se debilita.
Las burbujas algorítmicas y cámaras de eco producidas por las plataformas digitales tienden precisamente a erosionar ese mundo común. En lugar de una esfera pública donde circulen argumentos confrontables, los individuos quedan inmersos en entornos informativos altamente personalizados que refuerzan sus propias creencias. Esto rompe la base intersubjetiva necesaria para la deliberación: los actores ya no comparten un mismo espacio simbólico desde el cual evaluar afirmaciones, discutir evidencias o reconocer la legitimidad del otro como interlocutor.
Desde una perspectiva habermasiana, esto implica una distorsión estructural de la comunicación pública. La deliberación democrática requiere que los participantes puedan someter sus afirmaciones a pretensiones de validez —verdad, corrección normativa y sinceridad— en un espacio relativamente común. Cuando la circulación de información está mediada por algoritmos que optimizan la atención, la polarización y la emocionalidad, la comunicación deja de orientarse al entendimiento y pasa a orientarse al impacto, la visibilidad o la movilización tribal.
Sin embargo, también se puede matizar la tesis de Han. Las cámaras de eco no eliminan completamente la pluralidad política; más bien reconfiguran la esfera pública. Internet también ha ampliado la capacidad de grupos minoritarios para expresarse, organizarse y disputar narrativas dominantes. El problema, entonces, no es solo la fragmentación del mundo de la vida, sino la falta de instituciones y mediaciones capaces de articular esas múltiples esferas en un espacio deliberativo común.
Por ello, más que una imposibilidad absoluta de la democracia, lo que parece emerger es una crisis de las condiciones comunicativas que la sostenían en la modernidad. En términos habermasianos, podría decirse que la infraestructura digital está transformando la esfera pública de tal modo que el mundo de la vida se vuelve cada vez más fragmentado, dificultando la construcción de consensos racionales. La cuestión central no es solo tecnológica, sino política e institucional: cómo reconstruir espacios de comunicación donde la pluralidad no se traduzca automáticamente en polarización irreversible.
Frente a lo dicho, cabe preguntarse entonces sobre los efectos que esta realidad tiene sobre el acto de comunicar en política y cómo la comunicación política influye en esta realidad. En un ecosistema mediático atravesado por la fragmentación informativa, las burbujas algorítmicas y la creciente polarización, la comunicación política deja de operar sobre un espacio público relativamente común y comienza a desarrollarse sobre audiencias cada vez más segmentadas, con marcos de interpretación divergentes y, muchas veces, incompatibles entre sí.
En este contexto, la posverdad como encuadre estratégico electoral y de gobierno, las noticias falsas, la posibilidad de crear contenidos multimedia con mentiras que parecen indistinguibles de la realidad y la mentira a secas, han sido herramientas de las artes oscuras de la comunicación política que, sin duda, han sido explotadas con éxito electoral por parte de las extremas derechas populistas. Este fenómeno ha tenido efectos políticos concretos: a costa de la eficacia electoral inmediata, se han ido horadando los pilares de la democracia pretendida por la modernidad, alimentando así la percepción de una crisis de esta forma de gobierno y de vida social.
La comunicación política no reemplaza la política, pero hace viable a esta última. Es el espacio donde se construyen relatos, sentidos compartidos y horizontes de acción colectiva. Sin embargo, en el actual escenario comunicacional, las izquierdas enfrentan serios problemas de relato frente a la fragmentación de las identidades político-sociales. Pasamos de discursos universales que conformaban grandes grupos humanos —como la noción de “clase trabajadora” o la idea misma de una “sociedad socialista”, capaces de generar una identidad política y un horizonte común para la acción— a discursos cada vez más fraccionados dirigidos a audiencias identitarias específicas.
Este desplazamiento tiene consecuencias profundas. Cuando la comunicación política se orienta exclusivamente a nichos segmentados, se debilita la posibilidad de construir un lenguaje común capaz de articular mayorías políticas y de sostener una esfera pública compartida. La fragmentación comunicacional puede ser eficaz para movilizar identidades parciales, pero al mismo tiempo erosiona la posibilidad de construir proyectos colectivos capaces de sostener instituciones democráticas.
Por ello, el problema ya no es únicamente estratégico, sino también ético y democrático. Quienes trabajan en el campo de la comunicación política no operan en un terreno neutral: intervienen directamente en la construcción de los marcos simbólicos que hacen posible la vida democrática. La pregunta, entonces, no es solo cómo ganar elecciones, sino qué tipo de esfera pública estamos contribuyendo a construir.
En este sentido, la comunicación política enfrenta hoy un desafío crucial: recuperar una ética profesional orientada no solo a la eficacia persuasiva, sino también a la responsabilidad democrática. Defender la democracia implica también defender las condiciones comunicativas que la hacen posible: la existencia de un mundo común, la posibilidad de discutir en base a hechos compartidos y el reconocimiento del adversario como interlocutor legítimo. Sin esa base mínima, la política deja de ser un espacio de deliberación y se convierte simplemente en una disputa de narrativas inconmensurables.
Francisco Córdova Echeverría (Chile) es magíster en dirección y liderazgo para la gestión educativa. Diplomado en Filosofía, Sociedad y Cultura. Cirujano Dentista de la Universidad de Concepción. Actualmente estudiante de Ciencia Política y Sociología en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Ayudante en cátedras de Comunicación Política en facultades de Ciencia Política y Comunicación Social. Ha sido dirigente social y político en Chile. X: @FCordovaE / Instagram: @CordovaEstrategia