Por Francisco Córdova Echeverría
El identitarismo o wokismo[1] es un término que despierta polémicas tanto en los sectores progresistas[2] como en las extremas derechas. Estas últimas tomaron el concepto y lo trabajaron cargándole una significación de radicalidad ideológica que agredía a la “normalidad” de las sociedades, en un espíritu conservador y normativo; disidencias sexuales, el feminismo, la lucha por los derechos de la naturaleza y otras arenas de disputas de los llamados “nuevos movimientos sociales”, fueron identificadas como factores de corrupción moral y de decadencia social.
Donald Trump fue uno de los políticos de peso mundial que más usaron el concepto en sus campañas políticas y lo siguen usando en su narrativa de gobierno, afirmando que “América ha dejado de ser wokista”, como quien se mejora de una enfermedad. La comunicación de Trump ha tomado este término para atacar las políticas progresistas, sin asco de poner en el mismo saco discursivo políticas de sanidad pública con las demandas por otorgarle derechos a los animales, por ejemplo. La generalización es una manera efectiva de hacerle el quite a discusiones más profundas, de evadir temas que te son difíciles de abordar sin tener que mentir. Distinguir es un acto de inteligencia y de ánimo de soluciones, y cuando careces de ambas cosas, mas vale decir que todas las demandas progresistas equivalen, en su brutalidad ideológica, a ideas como la de cirugías de cambio de sexo pequeños menores, sabiendo además que ello es una gran mentira[3].
¿Hay radicalidad dentro del identitarismo? Claro que sí, sin duda, y se pueden sintetizar en la idea de la “cultura de la cancelación”[4], a menudo descrita como un corolario de la ideología woke. Esta representa una forma de extremismo identitario que busca silenciar y castigar a aquellos cuyas opiniones o acciones son percibidas como contrarias a los dogmas progresistas.
Este fenómeno se manifiesta en linchamientos mediáticos, cancelación de discursos o publicaciones, humillaciones públicas y difamaciones, a menudo sin un debido proceso o la posibilidad de redención.
Según algunos análisis, esta dinámica se asemeja a una “nueva Inquisición cultural” donde la disidencia no es tolerada[5]. Se persigue a quienes profieren “comentarios hirientes” desde la perspectiva de los “nuevos puritanos” del movimiento woke, que se erige como un pensamiento “puro” universal que no admite discusión.
La consecuencia para los “cancelados” puede ser la pérdida de empleos, la destrucción de reputaciones y, en casos extremos, incluso el suicidio, sin que los hechos hayan sido sentenciados judicialmente.
Este “castigo sin perdón” es una característica central de este extremismo. A diferencia de concepciones más tradicionales donde el arrepentimiento o la disculpa pueden llevar al perdón, en la cultura de la cancelación, las disculpas rara vez son aceptadas, y el objetivo principal es castigar y purificar a la sociedad de las voces consideradas “impuras” o “hostiles”.
Ahora bien, estos ejemplos son casos que no representan para nada una norma o totalidad de las expresiones identitarias. Y, por lo tanto, el deber de un analista político será comprender los elementos pilares de este fenómeno social que mezcla movimentismo político con la identidad personal a través de la experiencia vivida, despejando claro, sus expresiones radicalizadas.
Los nuevos movimientos sociales comienzan a ser descritos a partir de los años 90 por múltiples intelectuales (Alain Touraine, Geoffrey Pleyers y Sidney Tarrow entre otros y otras más) y responden a un momento histórico de ajustes a derechos sociales luego del triunfo del capitalismo neoliberal una vez terminada la guerra fría, a la expansión de las fronteras extractivistas en países en vías de desarrollo[6] y al despliegue de conciencias políticas que ya no demandan una mejor puja salarial ni mejores condiciones de trabajo, sino: reconocimiento, derechos y dignidad.
Y acá es donde comienzan los dolores de cabeza para los progresismos, pues al desintegrarse el relato y el sentir colectivo de la identidad del obrero/trabajador/proletario, tanto en la clase trabajadora como en los objetivos de los proyectos políticos de izquierdas, en las últimas tres décadas fueron estas demandas fraccionadas las que se tomaron el frente como banderas de lucha, lo que manifiesta la pérdida de los conceptos universales, como el de clase, que van de la mano con un horizonte político. Al no haber un sujeto político que identifique a la clase, tampoco hay un proyecto de sociedad que le identifique.
Hoy las críticas al identitarismo no son patrimonio exclusivo de la derecha; resuenan cada vez más fuerte dentro del propio progresismo. La experiencia de las últimas décadas ha dejado una lección amarga: es inviable sostener un proyecto político con vocación de mayorías si este se reduce a una sumatoria de nichos agraviados.
Cuando la política se convierte en un archipiélago de identidades, el horizonte de transformaciones estructurales —esas que tocan el modelo económico y la desigualdad material— se diluye en debates de nicho. El desafío para las narrativas de izquierda no es, por tanto, un mero asunto de marketing o de afinar la puntería de los estrategas de comunicación. Es un problema político de primer orden.
Si el progresismo aspira a ser algo más que el administrador amable del capitalismo salvaje, tiene que atreverse a construir un nuevo universalismo. Uno que no niegue la diversidad de experiencias y dolores que trajeron los nuevos movimientos sociales, pero que sea capaz de tejerlos en un relato común. De lo contrario, la izquierda seguirá ganando discusiones morales en las redes, mientras cede el poder político en las urnas.
Francisco Córdova Echeverría (Chile) es magíster en dirección y liderazgo para la gestión educativa. Diplomado en Filosofía, Sociedad y Cultura. Cirujano Dentista de la Universidad de Concepción. Actualmente estudiante de Ciencia Política y Sociología en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Ayudante en cátedras de Comunicación Política en facultades de Ciencia Política y Comunicación Social. Ha sido dirigente social y político en Chile. X: @FCordovaE / Instagram: @CordovaEstrategia
[1] El origen del término hace referencia al término “stay woke” (mantente despierto). Es un eslogan de comunidades afrodescendientes por los años 50 del siglo XX en los EEUU, llamando a permanecer alerta ante el racismo institucional y la opresión.
[2] Por fines de simplificación, incluyo dentro del concepto de progresismo al abanico de las izquierdas.
[3] https://19thnews.org/2024/09/trump-gender-affirming-care-abortion-claims/
[4] https://proyectoscio.ucv.es/articulos-filosoficos/la-inquisicion-posmoderna-sobre-la-ideologia-woke-y-la-cultura-de-la-cancelacion/
[5] Francis Fukuyama en su libro Identitarismo también aborda esta política correctiva de los progresismos identitarios.
[6] Esto activaría luchas de pueblos originarios en defensa de sus territorios y métodos de vida.