El sibilino y el rabioso: Dos maneras de comunicar para un mismo marco ideológico

Por Francisco Córdova Echeverría

¿Cómo dos estilos tan opuestos como el grito de Milei y el susurro de Kast imponen la misma receta? Tras el “juego de piernas” de la nueva derecha se oculta un dogma universal: no importa si el país está en ruinas o estable, el plan es el mismo. El estilo es solo la máscara del ajuste.

El siguiente texto tiene como objetivo plantear dos estilos de comunicación política que promueven un mismo marco ideológico a pesar de estar en contextos totalmente diferentes. Propongo que un cuerpo ideológico extremista, articulado mundialmente, aplica medidas similares independientemente del contexto, y que tiene la capacidad de adaptar sus estilos comunicacionales frente a diferentes culturas políticas y sociales. Eso sí, estos estilos de distintos tonos mantienen un tronco común: sostener el clima de conflicto polarizante propio de las campañas políticas.

El rabioso de la Argentina

De Javier Milei, de su ordinariez y violencia discursiva, se ha dicho mucho; por ello, solo haré un breve repaso. Comenzaré diciendo que, para un chileno como yo, resulta chocante la naturalización de la violencia discursiva en la política del país: insultos, groserías, caricaturizaciones violentas y expresiones de odio se alojan en lo que llaman “la grieta” de la Argentina.

Periodistas, políticos y figuras públicas usan el insulto y la denostación como parte del repertorio habitual en los conflictos políticos, pero Javier Milei llevó esto a un nivel nunca antes visto. Sus alusiones sexuales sodomíticas son ejemplificaciones de triunfo y control sobre quienes se le oponen y pierden; incluso en una entrevista habló de “niños desnudos envaselinados” y en otra aludió a la masturbación para fundamentar sus ideas.

El “no odiamos lo suficiente a los periodistas” es otra línea muy sostenida con la finalidad de desacreditar a las figuras de la prensa críticas a su gestión, atentando directamente contra uno de los pilares de la democracia liberal. Lo mismo ocurre con artistas y cualquiera que se atreva a cuestionar sus ideas. Ha realizado apoyos abiertos a la evasión tributaria, a la cultura de la mafia por sobre el Estado, y considera la ayuda social un robo, a pesar de que en su gobierno los montos de ayuda social con planes llegan a más de 7 millones de personas, una cifra no vista desde 2003.

Todo esto decorado con extravagantes conciertos en vivo, eventos “derecha fest” y salidas del país para efectuar discursos de odio que se acompañan con bailes estilo Trump y performances con motosierras, muchas de ellas bajo el contexto de recibir premios marginales de economía. En estos espacios, sus acciones son más propias de un rockstar con los estribos sueltos que de un presidente de la República. Ordinario, estridente y rabioso, Milei ha impuesto un estilo que aún logra sostener una base de apoyo de un 35% (+/-), según la encuesta que se mire.

El sibilino de Chile

José Antonio Kast, por su parte, tiene una performance totalmente diferente. Un tono de hablar lento, pausado, monotonal, directamente aburrido. Un discurso que jamás se sale de los márgenes de los buenos modales, estilo altamente valorado en la política chilena. A diferencia de la Argentina, el rictus de la moderación en la práctica discursiva es bien visto pues genera confianza. Las pasiones desbordadas son anecdóticas, jamás una constante; lo mismo ocurre con las groserías y otros modos poco elegantes de llevar a cabo la discusión. Eso hace que la lucha política intestina en Chile se vive con toques de cinismo e hipocresía: códigos de buenos modales mientras se hace todo lo posible para “pasar la máquina” a los opositores.

Kast es un gran representante de esto y agrega a estas estructuras culturales un modo muy particular: ser sibilino. En campaña llevó una cuenta regresiva de los días que les quedaban en Chile a los inmigrantes ilegales (como buen político de extrema derecha, el inmigrante pobre es parte del repertorio de “monos de paja” en sus discursos). Ante las insistentes preguntas de los periodistas y las interpelaciones de Jeannette Jara —su contrincante comunista en las presidenciales— sobre cómo iba a lograr expulsar a más de 300.000 personas en poco tiempo, respondía “nada es imposible”, dejando entrever cierto plan secreto. Luego, a las semanas de estar en el gobierno, afirmó que todo era una “metáfora”, mostrándose extrañado de que le preguntaran por el incumplimiento de su compromiso.

Cosa similar ocurrió con su promesa de recortar el gasto público en 6 mil millones de dólares, asegurando que ello no afectaría los derechos sociales. Bajo ese encuadre, ya en el gobierno, su ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, respondió ante el recorte de más de 500 millones de dólares en salud pública que “con menos se puede hacer más”, una especie de alquimia económica pasivo-agresiva, incluso burlesca. Con tono suave e imperturbable, Kast se ha burlado varias veces de los fracasos del gobierno anterior; la ironía y el sarcasmo socarrón pueden habitar perfectamente la calma expresiva. Ajusta su habilidad sibilina según la audiencia: en encuentros empresariales es osado y directo; por cadena nacional es un estadista moderado que habla del “bienestar de todas y todos”.

Sin embargo, esta cualidad sibilina tiene sus límites. A las pocas semanas de asumir, Kast comenzó a caer en las encuestas, convirtiéndose en el presidente con mayor pérdida de apoyo inicial desde 1990. Solo la cuenta pública del 1 de junio le permitió subir un par de puntos, aunque fue la de menor impacto en la tradicional alza de apoyo que sigue a estos eventos.

La misma receta ideológica

Tras el contraste de estas dos puestas en escena —la estridencia rabiosa de uno y el cinismo sibilino del otro— subyace una homogeneidad técnica aterradora. El “rabioso” y el “sibilino” no son más que dos envoltorios distintos para una misma mercancía: la receta neoliberal-libertaria que se pretende aplicar como una ley física universal, ignorando que los cuerpos sociales que intervienen tienen diagnósticos radicalmente opuestos.

Para entender la magnitud de esta ceguera ideológica, basta mirar el abismo que separa las realidades materiales. La Argentina que heredó Milei en 2023 era un organismo en cuidados intensivos: inflación del 211,4%, PIB en caída libre (-1,6%) y una deuda pública superior al 100% del producto. En ese escenario de escombros, la “motosierra” se aplicó bajo la narrativa de la emergencia, resultando en una caída del poder adquisitivo del 9,6% y la pérdida de 30.000 puestos de trabajo industriales.

En la vereda de enfrente, el Chile que hoy gobierna Kast no presenta síntomas de colapso. Recibió una economía con inflación controlada en el 3,1%, crecimiento positivo de hasta el 2,4% y una deuda pública manejable del 41,6%. Chile es, en el papel, el alumno aventajado de la libertad económica (puesto 17 mundial según la Heritage Foundation). No hay hiperinflación que detener ni un Estado quebrado.

Aquí es donde la “fórmula única” revela su naturaleza dogmática. Aunque Chile no tiene la “enfermedad” argentina, Kast y su ministro recetan el mismo fármaco amargo. Reducir impuestos a los más ricos y achicar un Estado que en Chile ya es magro no responde a una necesidad técnica, sino a un imperativo de fe. La prueba flagrante es la reciente solicitud de un crédito por 6.200 millones de dólares efectuada por el Ejecutivo. Mientras en campaña el sibilino Kast prometía recortar el gasto en esa cifra para “liberar a los chilenos”, ya en el poder utiliza el endeudamiento para tapar el agujero que dejan sus propios beneficios tributarios a la élite.

El “juego de piernas” de la nueva derecha

Ambos estilos tienen un eje común: sostener la polaridad conflictiva de campaña como combustible de la dinámica política. Ya sea de forma rabiosa o sibilina, se busca una dinámica amigo/enemigo —fundamentada por Carl Schmitt— cuyo objetivo es anular la política como diálogo y consenso. Al negar la dignidad del otro y torcer los hechos objetivos dándoles forma de “metáfora”, se anula el mundo común que da sustancia a la democracia.

Es aquí donde aparece lo que podemos llamar el “juego de piernas” de la comunicación política neoliberal-libertaria. Como un boxeador que cambia de guardia según el rival, esta ideología despliega una asombrosa agilidad para adaptar su estética sin alterar su ética del mercado. En Argentina, el juego de piernas es frenético y agresivo, diseñado para esquivar el debate racional mediante el ruido y la furia. En Chile, el movimiento es sutil, un desplazamiento elegante que busca posicionar el golpe del ajuste sin que el espectador note el cambio de postura.

Se dice, siguiendo la famosa máxima de Buffon, que “el estilo es el hombre mismo”, sugiriendo que la forma de expresarse revela la esencia de quien habla. Sin embargo, en esta nueva derecha, el estilo no es una revelación, sino una maniobra de ocultamiento. El estilo es la máscara perfecta para ejecutar el mismo plan de siempre: mientras el público se hipnotiza con el baile —ya sea por el escándalo del rabioso o la calma del sibilino—, la mano que golpea es siempre la misma. La estética es la distracción que nos impide ver que, bajo rictus tan distintos, se esconde la misma receta que desprotege la producción interna, entrega la soberanía y sacrifica lo social en el altar de la deuda.

Ambos liderazgos parecen comprender que la campaña permanente es una fuente de poder en sí misma. Mientras los gobiernos tradicionales buscan transitar desde la confrontación electoral hacia la administración cotidiana de los problemas públicos, el “rabioso” y el “sibilino” necesitan mantener vivo el clima emocional de la contienda. La existencia de un adversario constante —periodistas, sindicatos, inmigrantes, la izquierda, las élites globalistas o cualquier otro actor útil para la narrativa— permite conservar movilizada a la propia base de apoyo y justificar decisiones que, en condiciones de normalidad política, enfrentarían mayores resistencias. La campaña deja así de ser una etapa excepcional para transformarse en una técnica de gobierno.

Bajo esta lógica, gobernar no consiste únicamente en administrar el Estado, sino en reproducir diariamente las condiciones simbólicas de la disputa electoral. El conflicto ya no es un instrumento para acceder al poder; se convierte en un recurso necesario para conservarlo. La oposición deja de ser un actor legítimo dentro de la competencia democrática y pasa a cumplir una función narrativa indispensable: proveer el antagonista contra el cual el oficialismo puede reafirmar permanentemente su identidad política.

El “juego de piernas” no solo permite adaptar el mensaje a distintas culturas políticas; también es el mecanismo que hace posible la campaña permanente. El rabioso lo consigue mediante la confrontación abierta y constante; el sibilino, mediante la insinuación, la ambigüedad y la construcción de adversarios discretos. Son movimientos distintos para un mismo objetivo: impedir que la disputa electoral termine realmente.

El verdadero triunfo de esta estrategia no reside en convencer a toda la sociedad de las bondades de su programa, sino en impedir que el país abandone el estado psicológico de campaña. Mientras la ciudadanía permanezca atrapada en la lógica del enfrentamiento permanente, la discusión sobre los resultados concretos del gobierno queda desplazada por la necesidad constante de escoger bando. El rabioso y el sibilino discuten con voces distintas, pero ambos necesitan que la elección nunca termine.

El desafío para la democracia no consiste únicamente en debatir las políticas de estos gobiernos, sino en reconocer la lógica política que las sostiene. Mientras la ciudadanía permanezca atrapada en una campaña que nunca termina, el conflicto seguirá desplazando a la deliberación y la identidad de los bandos seguirá importando más que los resultados. El rabioso y el sibilino parecen distintos, pero ambos comprenden una misma verdad: en una sociedad movilizada por antagonismos permanentes, gobernar puede ser tan simple como prolongar indefinidamente la elección.

Fuentes principales:

INDEC (Argentina): Informe Macroeconómico diciembre 2023.

Banco Central de Chile: Informe de Política Monetaria y Cuentas Nacionales 2026.

Ministerio de Hacienda de Chile: Escenario Macroeconómico 2024-2028.

Heritage Foundation: Index of Economic Freedom 2026.

Centro de Economía Política Argentina (CEPA): “Balance del primer año de gestión Milei”.

Reportes de prensa: Solicitud de endeudamiento fiscal por US$6.200 millones (junio 2026).

Francisco Córdova Echeverría (Chile) es magíster en dirección y liderazgo para la gestión educativa. Diplomado en Filosofía, Sociedad y Cultura. Cirujano Dentista de la Universidad de Concepción. Actualmente estudiante de Ciencia Política y Sociología en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Ayudante en cátedras de Comunicación Política en facultades de Ciencia Política y Comunicación Social. Ha sido dirigente social y político en Chile. X: @FCordovaE / Instagram: @CordovaEstrategia

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