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La banca rota de la izquierda y los nuevos tres tercios de la política chilena

Por Jamadier Esteban Uribe Muñoz

La reciente elección del Consejo Constitucional –órgano encargado de redactar una nueva Constitución para Chile– dio un triunfo aplastante a la derecha con un 35,41% de las preferencias para el Partido Republicano, nueva fuerza política que irrumpió decididamente las pasadas presidenciales y un 21,07% de las preferencias para Chile Seguro, pacto que reunió a los partidos de la derecha del ciclo concertacionista; lo que sumado al 5,48% del Partido de la Gente, que no logró ningún consejero, deja al sector con un 61,96% de las preferencias.

Dicho porcentaje de la votación dio a la derecha 34 de los 51 escaños del Consejo y al Partido Republicano 23 consejeros, lo que le da a un solo partido el poder de vetar iniciativas, producto del quórum de 2/3 estipulado en las bases del proceso. La victoria de la derecha en estas últimas elecciones viene a ratificar en buena medida el 61,89% de las preferencias que tuvo la opción rechazo en el Plebiscito Constitucional del pasado 4 de septiembre de 2022, a la vez que consolida el estancamiento de la no-derecha, compuesta por una izquierda variopinta y la socialdemocracia de lo que fuera la Concertación.

El cómo un país que en 2019 fue visto ante el mundo como “la tumba del neoliberalismo” abrió un proceso constituyente que terminó con el repudio mayoritario de la población y hoy día, en un segundo proceso constituyente, dio sus principales preferencias al bando que, precisamente, no quiere cambios constitucionales, es algo que hemos explorado en detalle en trabajos como El pasaje al acto de Telémaco: las determinaciones neoliberales del estallido social en Chile y 18 de octubre: la revuelta de las rebeldías, ambos de fácil acceso en internet.

En resumidas cuentas, el diagnóstico ha sido que la crisis del estallido social de 2019 no fue una crisis contra el neoliberalismo, aunque haya sido causado por los dolores que el neoliberalismo infringe a las grandes mayorías. Por el contrario, a lo que asistimos fue al colapso por fatiga de las instituciones, debido al desgaste prolongado de la imposibilidad del sistema político para procesar el malestar social, producto, por una parte, de la desvinculación de los partidos políticos con las bases sociales que alguna vez aspiraron representar, y por otra, por la destrucción de las instancias asociativas objetivas que facultaban la creación de esas mismas bases.

En su momento lo sintetizamos de esta forma: en Chile no cayeron los representantes, sino el principio de representatividad. De ahí que ni los partidos hayan podido dirigir la fuerza del Estallido, ni el propio Estallido haya sido capaz de hacer emerger un liderazgo para dirigirse a sí mismo. De ahí también, la proliferación de la política de identidades durante el proceso de 2022 (rechazado) con la disgregación que ella implica. Un momento destituyente sin horizonte constituyente, que ante el desorden generalizado terminó añorando orden, el orden que sea, pero orden. Dicho técnicamente desde la teoría de sistemas: al fracasar los mecanismos de morfogénesis el sistema demandó mayores mecanismos homeostáticos.

Sin embargo, ese momento destituyente no llegó solo, sino que fue el resultado de un largo ciclo de protestas que impugnaron el sistema de partidos del ciclo concertacionista, que se extendió desde 2006 a 2019. La energía impresa por esa movilización, se tradujo en el fin del sistema binominal en 2015 bajo el mandato de la presidenta Bachelet y abrió paso a una izquierda que se había mantenido activa en la movilización, pero excluida del parlamento desde 1973, recuperando así los tres tercios históricos del siglo XX: derecha, centro e izquierda; incorporación, que –en todo caso– no logró mejorar el metabolismo de la esfera política, debido a la desconexión orgánica de esa izquierda con su base social.

Lo que sucedió en términos electorales, tras la desestabilización de 2019 y la incapacidad de la izquierda para dirigir la energía impugnadora, fue, primero, la irrupción de la extrema derecha, con la candidatura presidencial de José Antonio Kast en 2021 y su triunfo en primera vuelta con un 27,91% y su posterior consolidación con un 44,13% de los votos –aunque fue derrotado por el actual presidente Gabriel Boric–, junto a la elección de catorce diputados y un senador; lo que amplió el espectro discursivo, abriendo paso a la agenda de esta nueva derecha, más franca y más radical. Si antes el margen estaba entre la izquierda con el Partido Comunista y la derecha con la Unión Demócrata Independiente (UDI), ahora el margen se ampliaba hasta las posiciones del Partido Republicano.

Lo segundo que sucedió fue la derrota estrepitosa de la opción Apruebo en el plebiscito constitucional del 4 de septiembre de 2022, alcanzando solo el 38,11% de las preferencias, donde el sector más golpeado fue la izquierda y su alianza comunicacional con la política de las identidades. La izquierda cayó defendiendo banderas ajenas, pero cayó y fuerte, lo que en términos de agenda política ahora estrechó el espectro por la izquierda, cuestión que se ratificó el 7 de mayo pasado.

Tenemos entonces, primero, ampliación del espectro hacia la derecha y luego, constricción del espectro por la izquierda, lo que sumado a la derrota aún más dramática del antiguo centro político de la época concertacionista –que reunió a la Democracia Cristiana, al Partido Por la Democracia y al Partido Radical– que no logró obtener ningún representante, ni tampoco superar el 10% de las preferencias, abre la puerta a una nueva reconfiguración de los tres tercios.

Tras la derrota de la izquierda y el centro político, la reacción de ambos sectores ha sido reforzar las mociones de unidad. Así, la administración del presidente Boric abrió las puertas a un posible ingreso de la Democracia Cristiana al gobierno y aunque por ahora el cónclave de ese partido decidió “colaborar desde fuera”, sí se abrió a un pacto electoral para las próximas elecciones municipales; de la misma forma que el exsenador e histórico líder del Partido Por la Democracia, Guido Girardi, cerró filas con el gobierno, invitando a irse del partido a quienes crean que no deben estar en el Ejecutivo.

De esta manera, se reconfiguran en el escenario político los tres tercios, dejando al Partido Republicano a la derecha; a la antigua derecha del ciclo concertacionista gravitando el centro político; y posicionando por la izquierda al centro político del ciclo concertacionista junto a la izquierda del mismo ciclo, constituyéndose este reordenamiento en una clara derrota para una izquierda que para poder gobernar tuvo que sumar al Partido Socialista y ahora tendrá que sumar a la ex-Concertación en pleno.

Jamadier Esteban Uribe Muñoz (Chile) es psicólogo y analista político, Dr. © en Psicología por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y Dr. © en Historia por la Universidad Nacional de La Plata, con formación de posgrado en Guerra Psicológica y Análisis de Coyuntura. Se ha desempeñado como docente universitario en las cátedras de Antropología y Psicología Social en la PUCV, como asesor del Senado de la República de Chile entre 2014 y 2022. Autor de diversos artículos académicos y del libro Identidad, Enajenación y Cultura.

Correo electrónico: jaes.urmu@gmail.com

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