La crisis del periodismo puertorriqueño

Por Pablo Defendini

Recientemente, en Puerto Rico se han dado una serie de despidos en algunos de los noticieros principales del país. En agosto, se reveló que TeleOnce, uno de los principales noticieros televisivos del archipiélago, despidió a varios de sus periodistas. Antes de eso, en julio se llevaron a cabo una serie de despidos en GFR Media, la empresa dueña del periódico impreso más grande del país, El Nuevo Día.

Los recientes despidos en GFR Media, en particular, causan alarma. Se suman a una serie de despidos de fotoperiodistas y periodistas de esa empresa en julio de 2024, y han sido causa para que el sindicato que representa el taller del periódico, la United Steelworkers (USW) presentara cargos en contra de ese patrono, alegando que la empresa utilizó información falsa para justificar el despido de empleados sindicalizados.

Estas cesantías no se deben de interpretar como meramente una reorganización empresarial, sino como un síntoma de la erosión sistemática de la infraestructura periodística del país. Esta realidad se vuelve aún más preocupante cuando consideramos que, simultáneamente, Puerto Rico ha experimentado la proliferación de medios digitales de dudosa credibilidad periodística, muchos financiados por intereses políticos específicos y dedicados más a la propaganda que a la información veraz.

Aun con sus limitaciones evidentes —un sesgo editorial a favor del partido hegemónico neoliberal, vínculos con el gran capital criollo y una calidad en redacción que ha declinado considerablemente en los últimos años— El Nuevo Día representa, al menos, una infraestructura periodística con capacidad de cobertura amplia. Su deterioro progresivo ha creado un vacío informativo que ningún otro medio ha podido llenar completamente.

Este vacío es particularmente peligroso porque Puerto Rico desde hace décadas no ha tenido un verdadero periódico de récord en el sentido clásico del término. Incluso en sus mejores épocas, en los 1980 y los 1990, El Nuevo Día apenas logró establecerse como una fuente imparcial de información. El país carece de una institución periodística que pueda servir como repositorio confiable de los eventos diarios, análisis profundos y fiscalización sistemática del poder.

Aunque organizaciones como el Centro de Periodismo Investigativo, programas de televisión como Rayos X, y diversos medios independientes realizan una labor admirable, sus recursos limitados los obligan a ser selectivos en su cobertura. Esta selectividad, aunque comprensible desde una perspectiva práctica, resulta en una cobertura fragmentada que no puede satisfacer las necesidades informativas de una democracia funcional.

Además, los medios independientes enfrentan desafíos estructurales que van más allá de las limitaciones económicas. La ausencia de una tradición sólida de consumo de medios pagos entre el público puertorriqueño, combinada con patrones de consumo de información que incentivan el publicar exclusivamente a través de las redes sociales corporativas, ha creado un modelo de sostenibilidad sumamente precario que compromete su capacidad de expansión y profesionalización.

En este contexto de debilidad institucional, a partir del cierre del ciclo electoral en el 2024 han proliferado medios digitales que operan bajo un modelo fundamentalmente diferente al periodismo tradicional. Estos medios, financiados por intereses político-ideológicos de derecha —muchas veces directamente por funcionarios o exfuncionarios del partido neoliberal Trumpista en el poder, el PNP— no pretenden ofrecer cobertura balanceada o investigación independiente, sino servir como vehículos de propaganda y movilización partidista.

El auge de estos medios representa una respuesta estratégica de sectores de derecha ante la pérdida de influencia de los medios tradicionales. Su modelo operativo se basa en la generación de contenido altamente polarizado, diseñado para reforzar las convicciones previas de su audiencia y desacreditar sistemáticamente tanto a los medios tradicionales como a las voces progresistas.

Estos medios emplean tácticas específicas que van más allá del sesgo editorial tradicional. Utilizan técnicas de desinformación, teorías conspirativas, y ataques personales sistemáticos contra periodistas y figuras públicas que consideran adversarias. Su objetivo no es informar, sino crear un ecosistema mediático donde los hechos verificables pierden relevancia frente a las narrativas ideológicamente convenientes.

Esta estrategia resulta particularmente efectiva en el contexto puertorriqueño, donde la ausencia de medios sólidos de verificación de hechos y una cultura política enfocada casi únicamente en el asunto de estatus político de la colonia, crean condiciones ideales para la proliferación de narrativas alternativas no verificadas.

La combinación de medios tradicionales debilitados y la proliferación de medios partidistas genera consecuencias graves para el archipiélago. La falta de información sobre lo que pasa día a día reduce la capacidad ciudadana de tomar decisiones informadas, ya que el acceso a información verificada y contextualizada se vuelve cada vez más limitado. El auge de controversias manufacturadas por la derecha promueve la manipulación de la opinión pública por parte de intereses económicos y políticos específicos, que pueden promover narrativas convenientes sin el escrutinio riguroso que debería caracterizar al periodismo profesional. Y la falta de fiscalización rigurosa erosiona la confianza pública en las instituciones democráticas y en el propio concepto de verdad verificable, creando un ambiente de relativismo epistémico donde cualquier afirmación puede ser descartada como fake news o propaganda.

Puerto Rico necesita urgentemente una estrategia concertada desde el progresismo y la izquierda para fortalecer su ecosistema mediático. Esta estrategia debe incluir tanto el apoyo a medios independientes existentes como la creación de nuevas instituciones periodísticas que puedan llenar el vacío dejado por los medios tradicionales.

Es fundamental desarrollar mecanismos de sostenibilidad económica que no dependan exclusivamente de la publicidad tradicional o el patrocinio político. Modelos como las membresías ciudadanas y el apoyo institucional independiente deben ser explorados y adaptados a la realidad puertorriqueña.

Estas dinámicas no son exclusivas de Puerto Rico. Hacen coro a lo que se ve alrededor del mundo ante la embestida de las derechas autoritarias y retrógradas en varios países del mundo, desde los Estados Unidos, hasta Bolivia. El futuro de Puerto Rico —y el resto del mundo democrático— depende, en gran medida, de la capacidad de construir un ecosistema mediático robusto, diverso e independiente que pueda resistir tanto las presiones económicas como las manipulaciones político-partidistas.

La responsabilidad de enfrentar esta crisis trasciende a los propios medios y requiere un compromiso colectivo de la sociedad civil, la academia, y los sectores progresistas para crear y sostener instituciones periodísticas que sirvan verdaderamente al interés público. Sin esta respuesta integral, Puerto Rico corre el riesgo de quedar atrapado en un ciclo de desinformación y polarización que compromete irreversiblemente su capacidad democrática.

Pablo Defendini (Puerto Rico) ha vivido en San Juan y en Nueva York. Trabaja como consultor de diseño de experiencia de usuario y estratega de contenido con un enfoque en el diseño y la producción editorial para medios digitales. A través de los años ha diseñado, lanzado y manejado varias publicaciones grandes y pequeñas en Puerto Rico, en EEUU y en internet. X: @pablod / Instagram: @pablod

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