La inundación de esperanza: la campaña de Aristide en Haití

En diciembre de 1990 Haití celebró sus primeras elecciones presidenciales realmente libres desde la independencia. Jean-Bertrand Aristide, un joven sacerdote de los barrios pobres, ganó con más del 67% de los votos gracias a una campaña masiva, cercana y llena de fe que movilizó a los marginados contra décadas de dictadura y élites. Aquel huracán popular marcó un antes y un después en la historia haitiana.

Haití llevaba casi dos siglos de independencia, pero la democracia plena seguía siendo un sueño lejano. Cuando Jean-Claude Baby Doc Duvalier huyó en 1986, el país entró en un torbellino de gobiernos provisionales, golpes militares y violencia. La Constitución de 1987 prometía elecciones limpias, pero nadie confiaba en que fueran reales. Los Tonton Macoutes[1] seguían acechando, las élites controlaban la economía y la mayoría de la población vivía en la miseria absoluta.

En medio de ese caos apareció una figura inesperada: Jean-Bertrand Aristide, un sacerdote salesiano de 37 años al que todos llamaban Titid. Nacido en el sur del país, había pasado años predicando en La Saline, uno de los barrios más duros de Puerto Príncipe. Sus sermones, transmitidos por radio en criollo, hablaban del hambre, de la injusticia y de un Dios que estaba del lado de los pobres. No era el típico cura: denunciaba sin miedo la corrupción, el imperialismo y la represión. Por eso lo expulsaron de su orden en 1988 y sobrevivió a varios atentados. Para muchos, ya era un símbolo vivo de resistencia.

A mediados de 1990 surgió algo espontáneo y poderoso: el movimiento Lavalas, que en criollo significa “inundación” o “avalancha”. Miles de personas de los barrios marginales, campesinos, vendedores ambulantes y jóvenes empezaron a exigir que Aristide se presentara a la Presidencia. Él dudó al principio —siempre había dicho que las elecciones eran un teatro controlado por los poderosos—, pero finalmente aceptó en octubre, a solo dos meses de la votación. Se postuló por una coalición pequeña llamada Frente Nacional para el Cambio y la Democracia (FNCD), pero en realidad no necesitaba un gran partido: Lavalas era su verdadero motor.

La campaña fue distinta a todo lo que se había visto antes en Haití. No había dinero para vallas publicitarias ni spots de televisión caros. Aristide recorría el país en caravanas improvisadas de motos y camiones, hablando directamente con la gente en plazas, mercados y canchas de fútbol. Sus discursos eran como sermones: mezclaban pasajes bíblicos con reclamos concretos. Prometía justicia social, escuelas para todos, atención médica gratuita, tierra para los campesinos y una limpieza profunda del Estado para sacar a los viejos funcionarios duvalieristas. Decía que donaría su salario presidencial a obras de caridad. En un país donde los presidentes solían enriquecerse, esa promesa sonaba revolucionaria.

Su relato era sencillo y potente: “Lavalas es la inundación que va a limpiar la corrupción, barrer a los Macoutes y devolverle el poder al pueblo”. Hablaba en criollo, el idioma de la calle, no en el francés de las élites. Las radios comunitarias y católicas amplificaban cada palabra. Los mítines se convertían en fiestas populares: cantos, bailes, consignas. La gente llevaba ramas, escobas y banderas improvisadas. Era una movilización desde abajo, sin jerarquías ni estructuras rígidas. Y todo ocurría en medio del peligro: amenazas constantes, balaceras en los actos, miedo real. Cada vez que Titid salía ileso, su aura de protector crecía.

Frente a él estaban candidatos de la vieja guardia: Marc Bazin, un tecnócrata respetado por Washington y la burguesía, que obtuvo apenas el 14%; Louis Déjoie, Sylvio Claude y otros nombres que representaban a la élite tradicional. Ninguno pudo conectar con las masas como Aristide. El contraste era evidente: de un lado, el pueblo negro y pobre; del otro, la minoría acomodada que siempre había gobernado.

El 16 de diciembre de 1990, con observadores de la ONU y la OEA garantizando transparencia, más de un millón y medio de haitianos votaron. Aristide ganó con el 67,5% de los votos, una cifra aplastante. El 7 de febrero de 1991 asumió la presidencia entre una multitud emocionada que llenaba las calles de Puerto Príncipe. Por primera vez en la historia, un sacerdote de la teología de la liberación llegaba al poder en el Caribe gracias al voto popular directo. Aquella campaña no fue solo una elección: fue un despertar colectivo. Demostró que los más excluidos podían organizarse y vencer al sistema que los había oprimido durante generaciones. Aunque el gobierno de Aristide duró solo siete meses —un golpe militar lo derrocó en septiembre de 1991—, el legado de Lavalas cambió para siempre la política haitiana. La frase “Lavalas pa mouri” (Lavalas no muere) sigue viva en la memoria colectiva, recordándonos que, por un momento, la esperanza inundó todo un país.


[1] Los Tonton Macoutes (o simplemente Macoutes) fueron una fuerza paramilitar y de policía secreta que operó en Haití durante décadas, convirtiéndose en uno de los símbolos más temidos de represión y terror en la historia del país.

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