Por Diego Mota Orlob
“La inteligencia artificial es política”. Esta es una afirmación que creo y sostengo pero que hoy cobra una dimensión histórica sin precedentes. El pasado 25 de mayo de 2026, el mundo fue testigo de un hito fundamental en la gobernanza tecnológica global: la publicación de Magnifica Humanitas, la primera encíclica del Papa León XIV.
En un contexto marcado por la aceleración de la cuarta revolución industrial, impulsada por la inteligencia artificial, el Sumo Pontífice ha lanzado un mensaje urgente sobre la necesidad de proteger la dignidad de la persona humana frente a los algoritmos. Este documento no es solo una guía pastoral; es un profundo tratado ético y, sobre todo, una declaración política y comunicacional de primer nivel que nos interpela a todos los que trabajamos en la intersección entre tecnología, sociedad y poder.
Analizar Magnifica Humanitas exclusivamente desde la teología sería un error de miopía analítica; estamos ante un magistral acto de comunicación política. Todo gran discurso o posicionamiento público, para ser efectivo, debe contar una historia memorable, y el storytelling de esta encíclica está diseñado con una precisión asombrosa.
En primer lugar, el timing es un elemento estratégico. La firma del documento conmemora el 135 aniversario de Rerum Novarum del Papa León XIII, la encíclica que fundó la doctrina social de la Iglesia frente a los abusos de la revolución industrial. Al establecer este paralelismo histórico, León XIV utiliza la intertextualidad para encuadrar la inteligencia artificial no como un simple avance técnico, sino como un cambio de época que amenaza con replicar la explotación laboral y la desigualdad sistémica del siglo XIX, pero ahora a escala algorítmica.
En segundo lugar, el documento rompe la barrera del nicho religioso al dirigirse a “todas las personas de buena voluntad”. Esta es una estrategia de comunicación inclusiva que busca posicionar al Vaticano como un actor geopolítico y una autoridad moral global en el debate tecnológico. El Papa emplea recursos narrativos sumamente eficaces: contrapone la construcción de una “nueva Torre de Babel” tecnológica frente a la necesidad de ver en el otro “un rostro y no una función”. Además, acuña un concepto que dominará la agenda pública: “desarmar la inteligencia artificial”. Este framing o encuadre es muy efectivo, ya que no rechaza la tecnología por ser antagónica a la humanidad, sino que exige liberarla de las lógicas monopolísticas y de la carrera armamentista que actualmente la gobiernan.
León XIV aborda temáticas que venimos advirtiendo con urgencia desde la comunicación y la ciencia de datos: el impacto destructivo en el mundo laboral, la extrema automatización que expone a muchos a una inactividad forzada, las implicancias psicológicas en los más jóvenes debido a las redes sociales, y la inadmisible delegación de decisiones letales a sistemas de armamento autónomo.
En el núcleo de todas estas advertencias yace una cuestión ética fundamental que destruye el mito de Silicon Valley: la tecnología no es neutral, los algoritmos son articulados bajo las lógicas sociales y económicas en las que nacen, y de eso es muy difícil escapar. El Papa reafirma esta postura al advertir que la IA siempre adopta las características, sesgos y propósitos de quienes la conciben, la financian y la regulan.
El sesgo algorítmico es, esencialmente, una desviación de los resultados que perpetúa prejuicios históricos. Si dejamos que la tecnología sea guiada exclusivamente por la maximización de beneficios económicos, corremos el riesgo de automatizar la discriminación y generar un abismo de desigualdad inmanejable. El Pontífice es claro: invocar la ética en abstracto ya no es suficiente. Se requiere una regulación estricta, transparencia y una voluntad política contundente que subordine el orden económico a la dignidad humana. Ningún algoritmo, por más sofisticado que sea, puede tener el poder de hacer moralmente aceptable una guerra o decidir el valor de una vida humana.
El impacto de la encíclica se entiende mejor si se considera el lenguaje cuasi-religioso de parte de la industria de IA, conceptos como: “singularidad” como apocalipsis tecnológico, “alineación” como relación creador-criatura, AGI como promesa mesiánica de abundancia, “riesgo existencial” como juicio final. Investigadores han descrito estas corrientes (agrupadas en el acrónimo TESCREAL) como estructuralmente religiosas pese a presentarse como racionales: hay caída, redención, iniciados, profetas y una urgencia inminente que justifica decisiones drásticas. Magnifica Humanitas puede leerse como una “recuperación de jurisdicción simbólica”: la institución que durante siglos formuló las preguntas últimas sobre el sentido humano reclama ese lugar frente a narrativas de salvación y catástrofe tecnológica.
La inteligencia artificial forma ya parte del repertorio cotidiano de la comunicación de gobierno y de las campañas electorales: generación de discursos, segmentación de mensajes, bots conversacionales y contenido sintético que puede producir narrativas parcial o completamente falsas, creídas y difundidas como si fueran verdaderas. Pero el salto más drástico ocurrió en el plano militar. Según análisis publicados tras la Operación Resolución Absoluta —que en enero de 2026 culminó con la captura de Nicolás Maduro y su traslado al USS Iwo Jima— y tras el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel que, el 28 de febrero de 2026, mató al líder supremo iraní Alí Jameneí, ambas operaciones se enmarcaron en una doctrina “IA-first” que integra fusión de inteligencia, simulación y selección de objetivos mediante sistemas algorítmicos que priorizan la letalidad y la velocidad por encima de variables políticas y sociales.
Ese mismo 28 de febrero, un ataque aéreo alcanzó la escuela primaria femenina Shajare Tayebé, en Minab (sur de Irán). Las cifras varían según la fuente, por lo que conviene precisarlas: UNICEF habló de al menos 168 fallecidos, la mayoría niñas de entre siete y doce años. Investigaciones de The New York Times, BBC Verify y The Washington Post concluyeron que el ataque fue perpetrado por fuerzas estadounidenses, se trató de un fallo de los sistemas de selección de objetivos basados en IA. Es exactamente el escenario que Magnifica Humanitas anticipa al advertir que ningún algoritmo puede hacer que una guerra sea moral y que la IA puede volver los conflictos más rápidos, impersonales y peligrosos.
La encíclica funciona en doble registro: como contenido sustantivo (vida, no discriminación, prohibición de instrumentalizar personas mediante sistemas automatizados, rechazo a la concentración de poder) y como lenguaje franco que permite que el mensaje circule más allá del catolicismo, citado en debates regulatorios seculares. Esto explica por qué un documento firmado por el obispo de Roma puede convertirse en referencia para discusiones en Bruselas o en argumento de políticos europeos preocupados por la soberanía tecnológica: apela a un marco —la dignidad humana— que, a diferencia de la “seguridad nacional” o la “responsabilidad corporativa”, no aparece capturado por un interés particular identificable. Pero esa autoridad moral es, también, una forma de poder: opera por persuasión y por la capacidad de fijar el marco interpretativo del debate, no por coerción directa.
Diego Mota Orlob (Uruguay) es consultor en comunicación política. Ha trabajado en campañas electorales y comunicación de gobierno en Latinoamérica y Europa. Es máster en comunicación política por la Universidad de Blanquerna, Barcelona, realizó su trabajo final de tesis sobre inteligencia artificial en las políticas públicas. X: @DiegoMotauy