Fútbol y política, ¿asuntos separados?

Por Leonardo Agustín Motteta

Tal vez algo que está implícito en todos los manuales de comunicación política, es la idea de que existen ciertos nervios culturales tan sensibles, que es prudente no tocarlos. Las percepciones políticas están determinadas en gran medida por las emociones, las cuales son profundas en algunos temas que los pueblos consideran cercanos al corazón.

Ante estos asuntos, la primera recomendación, casi instintiva de los que analizamos la política, es no meterse, o, si tenemos que meternos, hacerlo con el mayor cuidado y cautela. En comunicación casi siempre “menos es más”, y a veces por querer hacer mucho, terminamos cometiendo errores de los que se hace difícil volver.

El fútbol es, para gran parte de Latinoamérica, un componente esencial de la vida de las personas. Pero si tomamos Argentina, estamos hablando quizá, del fenómeno de masas más importante de todos. El fútbol está en la mesa familiar, en la calle, en el trabajo. Cuando hablamos decimos que “hay que ponerse la camiseta” o “hay que parar la pelota”. Si una tarea es fácil la hacemos “de taquito”, y si nos sale algo muy bien, es un “golazo”. El fútbol está más que arraigado a la cultura popular argentina: constituye su ADN.

Es por eso que generalmente, la política ha mantenido una relación muy cautelosa con el fútbol. Siempre de apoyo, intentando no quedar pegada a una posible percepción de “apropiación”, algo que a los hinchas no les suele caer en gracia. El político está ahí para sacarse una foto, tirar el puntapié inicial en alguna inauguración, hacer un chiste sobre su club, y retirarse. Lo mínimo y suficiente.

Cuando hablo de la relación entre la política y el fútbol, creo necesario aclarar que estoy refiriéndome específicamente a los fenómenos de opinión pública. No estoy negando de ninguna manera los lazos de poder que atraviesan a los clubes. La política está claramente en el fútbol, pero prefiere por las razones expresadas más arriba, operar silenciosamente.

Ahora bien, a pesar de todos los problemas que puede acarrear un conflicto en donde se mezcle fútbol y política, el presidente del país ha decidido encarar una cruzada hacia la institución madre del fútbol local. Una pelea que surgió apenas Milei se sentó en el sillón de Rivadavia y que sigue sumando capítulos cargados de polémica.

En este artículo, haremos un repaso por los acontecimientos que forman parte del conflicto e intentaremos responder algunas preguntas. Me interesa principalmente dilucidar las estrategias comunicacionales que utiliza cada bando para enmarcar la situación como le conviene, intentando granjearse el apoyo de una opinión pública que prefiere hablar más de goles y campeonatos, y no le interesa demasiado los juegos de poder. Los hinchas se ven expuestos como pocas veces en la historia a discusiones que exceden lo que pasa en el campo de juego, por lo que es una gran oportunidad para observar cómo operan los discursos en este contexto.

El conflicto

El detonante técnico de la confrontación se halla en el Decreto de Necesidad y Urgencia 70/2023, titulado “Bases para la Reconstrucción de la Economía Argentina”. Este instrumento legal incluyó en sus artículos 335 y 345 la modificación de la Ley del Deporte (Ley 20.655) para obligar a las entidades deportivas a aceptar la figura de las Sociedades Anónimas Deportivas (SAD) como una opción de estructura jurídica. La narrativa gubernamental, apoyada por el presidente Milei y su ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, sostenía que el modelo de Asociaciones Civiles sin Fines de Lucro es una expresión de “socialismo pobrista” que asfixia el crecimiento económico de los clubes e impide la llegada de capitales extranjeros que podrían elevar el nivel competitivo de la liga.

¿Por qué el gobierno decidió incluir estos artículos y por qué consideraban tan importante desregular el fútbol argentino? Claramente hay más de una respuesta a esta pregunta, pero me interesa profundizar sobre una en particular: la batalla cultural.

Durante la campaña y con Milei ya elegido, existían dudas sobre la radicalidad que alcanzaría el experimento libertario. El actual presidente, tuvo una campaña de idas y vueltas si tenemos en cuenta las formas y el contenido de su mensaje. Que se dolarizaba, que en realidad solo se salía del cepo; que todo debía privatizarse, que solo algunas empresas estratégicas. Se pasó de insultar a Patricia Bullrich a elogiarla, casi sin escalas. A veces lo ideológico era innegociable, en otras, sacar al kirchnerismo era lo único que importaba.

Esta discusión comenzó a zanjarse cuando Milei y su equipo avanzaron con el plan “Bases”, primero en forma de decreto y más tarde como ley. Ya el nombre era muy sugerente: refería al libro “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina”, escrito por Juan Bautista Alberdi, el escrito que dio el puntapié para la república de corte liberal que imaginaban los referentes de la llamada “Generación del 37”. La Libertad Avanza dejaba claro que no venía solamente a reformar. Su intención era refundacional, recuperar esa república liberal que alguna vez fue, y que se perdió en algún lugar del camino. El pasado ya no servía, había que volver a empezar.

En este contexto de efervescencia ideológica y política es donde aparece la idea de la necesidad de las SAD en el fútbol argentino. La estrategia del gobierno era la de convencer a la población de que no alcanzaba con reformas económicas: había que cambiar la forma de pensar, destruir todo lo que estaba y reconstruir desde las cenizas. La motosierra, a fondo. Era una batalla cultural, y como tal, debía llegar a todos los recovecos de la nación. Incluida su fibra más sensible.

Gramsci más que usar el popularizado concepto de “batalla cultural”, hablaba de “hegemonía cultural”. Esta es una distinción importante, porque la disputa en el plano cultural no se da de forma autónoma, sino que existe en cuanto hay un intento de conseguir la dirección económica de la sociedad. La “revolución libertaria” necesitaba de su hito ideológico, que le dé sentido al nuevo régimen económico. Y en Argentina, qué mejor símbolo de la victoria en la disputa cultural, que el fútbol.

La acción del gobierno tuvo respuesta desde la Asociación del Fútbol Argentino (AFA): la judicialización. El 30 de enero de 2024, un fallo de la Justicia Federal de San Martín suspendió los artículos referidos a las SAD, argumentando que no existía la “necesidad ni urgencia” para modificar la estructura societaria de los clubes por decreto, eludiendo el debate en el Congreso de la Nación. Esta medida cautelar fue ratificada en agosto de 2024, estableciendo un primer muro de contención legal que ha impedido, hasta la fecha, que los clubes se conviertan en sociedades anónimas.

Club vs SAD

En la comunicación, los nombres importan y mucho. En el conflicto del gobierno con la AFA, hay dos framings enfrentados, que se representan en dos nominaciones opuestas. Por un lado, los clubes; asociaciones que tienen un rol importante en la formación de jóvenes y cumplen un papel fundamental en el entramado social. Por el otro, las Sociedades Anónimas Deportivas; empresas privadas que tienen el objetivo de obtener ganancias y se rigen por las leyes del mercado.

Siguiendo con la idea de hegemonía, lo que tenemos no es solamente una discusión en torno a la cultura, sino un intento de dominar la palabra en la opinión pública para imponer un conjunto de prácticas que transformen la estructura social y económica del país.

En el tablero de ajedrez político, la figura de Juan Sebastián Verón, presidente de Estudiantes de La Plata, ha emergido como el aliado conceptual más relevante para las pretensiones del gobierno, aunque desde una postura matizada. Verón ha evitado hablar de una conversión total a SAD, proponiendo en su lugar un “modelo mixto” o de “asociaciones estratégicas” que permita el ingreso de capitales privados para infraestructura y fútbol profesional sin que el club deje de pertenecer a sus socios.

Verón no fue el primero en poner en discusión el tema de la privatización de los clubes. El primer “abanderado” de Milei fue el presidente de Talleres, Andrés Fassi. Conocido por sus críticas a la gestión del Chiqui Tapia, el dirigente cordobés planteó que su estilo de gobierno es muy similar al de las SAD, y que Talleres funcionaba, en la práctica, como una sociedad anónima.

Sin embargo, el primer soldado de la cruzada libertaria, terminó cayendo. Un año después de estas declaraciones, con Talleres cerca de la zona de descenso, Fassi, salió a pedir disculpas. En el medio, se conjugaron distintos factores que pusieron en jaque la narrativa oficial.

El caso Foster Gillett y el colapso de la narrativa de la eficacia económica

Es interesante analizar la causa de la derrota inicial del gobierno. Sin la pretensión de dar una respuesta final, aventuro una hipótesis: El primer framing, que entendía la dicotomía eficiencia – ineficiencia como el centro de la discusión, era débil y vulnerable a las vicisitudes de la coyuntura. Esto llevó a que los acontecimientos, lo tiraran abajo.

Este framing que intentó imponer La Libertad Avanza apelaba a un sentimiento creciente en los hinchas, que era el de una supuesta pérdida de la competitividad de los clubes argentinos, basada en los problemas económicos que varios equipos enfrentaban. En resumen, el gobierno señalaba que el quid de la cuestión estaba en los clubes, que estaban infectados de corrupción e ineficiencia porque no eran manejados como empresas, y podían endeudarse sin riesgo a la quiebra. El primer intento de framing del gobierno entonces, no hacía otra cosa que adaptar la dicotomía público/privado de la política al fútbol. Todo lo privado es eficiente, todo lo público, es gasto sin control.

El argumento de las SAD sufrió un revés fáctico con el desenlace de la relación entre Estudiantes de La Plata y el empresario estadounidense Foster Gillett. A finales de 2024, se anunció con gran pompa una inversión proyectada de hasta 150 millones de dólares para remodelar el estadio Jorge Luis Hirschi y potenciar el plantel profesional. Sin embargo, para marzo de 2026, lo que era una promesa de prosperidad se convirtió en una demanda judicial por 9,7 millones de dólares presentada por Gillett contra el club platense.

El conflicto legal se originó por un préstamo que Gillett otorgó en el inicio de 2025 para financiar el mercado de pases, una operación que la dirigencia de Verón presentó como el primer paso de una sociedad estratégica. No obstante, el acuerdo marco nunca fue ratificado por la asamblea de socios ni formalizado legalmente bajo las restricciones vigentes en Argentina. El detonante final fue la transferencia de Cristian Medina al Botafogo, en la cual Gillett alega que Estudiantes manejó la operación de forma deficiente, percibiendo solo una fracción del valor real del jugador, lo que imposibilita el recupero de su inversión inicial.

Con Talleres pasó algo distinto, pero que también pone en jaque la narrativa del gobierno. El club, con buenos rendimientos, compras exitosas y competitivo, pasó a estar cerca del descenso, con un plantel que no descollaba. El ejemplo de un club del interior que obtenía grandes resultados deportivos, quedó en la nada.

Teniendo en cuenta lo acaecido, podemos concluir que el relato cayó por su propio peso, cuando los preceptos básicos de enmarque no pudieron sostenerse en la realidad. El principal error de este framing es que apela a lo racional, algo que no tiene fuerza ni en el fútbol, ni en la opinión pública. La coyuntura adversa dejó en offside a Milei y sus aliados, llevándolos al repliegue táctico.

Ventana de oportunidad: escándalo del pasillo

A pesar de que el tema pasó a segundo plano por un tiempo, un gran error de la AFA otorgó una ventana de oportunidad, que el gobierno no desaprovechó para volver a la carga. Aprendiendo de los errores del pasado, le dio un giro a su discurso, logrando un mayor éxito en la opinión pública

En el marco del conflicto latente pero apagado en torno a las SAD, se dio un acontecimiento que puso otra vez al gobierno en juego: el pasillo de Estudiantes a Rosario Central.

El desencadenante inmediato fue la resolución de la AFA, comunicada apenas tres días antes del encuentro en cuestión, de otorgar a Rosario Central el título oficial de “Campeón de Liga 2025”. Esta distinción se fundamentó en que el equipo rosarino había finalizado en la primera posición de la tabla anual acumulada, sumando los puntos de la fase regular del Torneo Apertura y el Torneo Clausura.

La polémica se encendió cuando la AFA, a través de su tesorero y mano derecha de Tapia, Pablo Toviggino, afirmó que esta decisión había sido “aprobada por unanimidad” en el Comité Ejecutivo. Esta afirmación fue desmentida categóricamente por la dirigencia de Estudiantes, quienes sostuvieron que, si bien la propuesta se había mencionado, nunca se había sometido a una votación formal ni figuraba en el orden del día previo a la reunión. Para el club platense, se trataba de un “título de escritorio” inventado de forma retroactiva para beneficiar a un club afín a la gestión de turno y, de paso, forzar un reconocimiento que validara la autoridad discrecional de la AFA.

El día del partido, al momento del ingreso de los equipos, los jugadores de Estudiantes cumplieron con la formación física del pasillo, flanqueando la salida del túnel local junto a niños escolta, tal como exigía la circular de la AFA. Sin embargo, en el instante exacto en que Ángel Di María se asomó, los once titulares de Estudiantes, giraron 180 grados sobre su propio eje.

La imagen dio la vuelta al mundo de forma instantánea: Rosario Central caminando entre dos hileras de futbolistas que miraban hacia las tribunas laterales, evitando cualquier contacto visual o físico con sus colegas. Este acto simbólico, marcaba una posición de repudio total hacia las autoridades de la AFA.

Básicamente, Estudiantes tuvo un gesto de desprecio institucional hacia el reconocimiento que la AFA le otorgó al club canalla como “Campeón de Liga” basándose en la tabla anual. Esto se leyó en los hinchas como un acto de rebeldía y resistencia al poder, ante una decisión arbitraria de la AFA.

Tal como la palabra es importante en comunicación, también lo es la imagen. Giovanni Sartori desarrolló en los 90 el concepto del “homo videns”, observando cómo la televisión impacta en la forma de ver el mundo de los ciudadanos. El hombre pasa a ser alguien que interpreta el mundo a través de las imágenes, y que estas pueden manipular la realidad a su antojo. El pasillo de Estudiantes consiguió algo muy valioso para la comunicación: la imagen. Esa foto impactante de jugadores profesionales dando la espalda a sus colegas, al trofeo y a la AFA, en defensa del fútbol. Irónicamente, el intento de Tapia de obligar a Estudiantes a realizar el pasillo, pasó a convertirse en el arma más peligrosa contra la AFA.

Nuevo framing: Entrada de la emoción

Pero lo que terminó de generar una grieta polarizante en el conflicto, fue la posterior decisión de la organización madre del fútbol argentino. El Tribunal de Disciplina impuso una suspensión de seis meses a Verón para ejercer su cargo, acusándolo de ser el responsable intelectual de la falta de respeto a un par institucional. Para los futbolistas, el castigo fue igualmente inédito. Los once titulares mencionados en el informe arbitral recibieron dos fechas de suspensión. Además, al capitán Santiago Núñez se le prohibió portar la cinta de capitán por un período de tres meses.

Por su parte, Verón denunció una persecución sistemática y advirtió que el “sistema de miedo” que impera en la AFA busca asfixiar a cualquier club que intente un camino de modernización fuera del control centralizado de Tapia.

La decisión de avanzar con una estrategia de ataque se le terminó volviendo en contra a la AFA, pero principalmente, ayudó sin intención a definir la situación de la manera que le conviene al contrincante. Un error gravísimo en la disputa de sentido.

La AFA vulneró valores, y eso es imperdonable. El primer valor que se puso en discusión es el del mérito, la discusión sobre los títulos obtenidos “por escritorio”. Sin embargo, creo que este no fue el principal problema para la AFA, porque el título obtenido por Central tenía cierta legitimidad, apoyada en la obtención de puntos durante todo el año. El segundo valor fue el que terminó de poner a Tapia en una situación compleja: el de la libertad.

Se terminó convirtiendo un escándalo manejable, en uno mucho más complejo. Ya la discusión no era en torno a la eficiencia o no de los clubes. Lo que estaba en disputa era la libertad misma, puesta en peligro por un régimen que utilizaba el miedo para acallar a los opositores. Que podía cambiar reglamentos y castigar arbitrariamente en pos de sus intereses corporativos. La peor forma de autoritarismo, destruyendo al fútbol argentino desde adentro.

Qué mejor palabra que “libertad” para que el gobierno retome la embestida contra el fútbol. Ya no era la política metiéndose en algo que no le compete: era el salvataje necesario del deporte más querido por los argentinos. Era la esperanza para terminar con un mal que había intentado de forma brutal, silenciar a los opositores. Milei aparecía ya no como un defensor de la propiedad privada en el fútbol, sino como el garante de la libertad y el antídoto contra la prepotencia del poder encarnado en Claudio Tapia.

Este framing fue efectivo, porque conjuga lo que debe tener un enmarque que coincida con la mente de –en este caso– los hinchas: valores y emociones. “Propiedad privada” y “eficiencia” contra “miedo” y “libertad”, ese cambio fue el que puso en juego otra vez al gobierno. Llamativamente, no tanto por aciertos propios, sino por errores ajenos. Errores que se aprovecharon a la perfección.

Consecuencias y Perspectivas

Aprovechando la debilidad institucional de la AFA, el gobierno de Milei abrió un nuevo frente de batalla: el económico. A través de la Agencia de Recaudación y Control Aduanero (ARCA, ex AFIP), el Estado denunció a la AFA por una presunta retención indebida de aportes previsionales por un monto superior a los 19.300 millones de pesos. La acusación sostiene que la AFA actuó como agente de retención, descontando tributos a sus empleados y a los clubes asociados, pero utilizó esos fondos como financiamiento propio en lugar de ingresarlos al fisco en los plazos legales. Como consecuencia, el juez Diego Amarante citó a declaración indagatoria a Claudio Tapia y a Pablo Toviggino para marzo de 2026, imponiéndoles además la prohibición de salir del país.

La respuesta de la AFA fue el llamado a un paro total de actividades en todas las categorías del fútbol argentino para la fecha 9 del Torneo Apertura 2026. Esta medida de fuerza, fue presentada como un “repudio a la persecución política”.

El paro expuso la fractura en el mapa de lealtades. Veintiséis de los treinta clubes de Primera asistieron a la reunión de respaldo a Tapia, Estudiantes de La Plata fue el único que no asistió ni fijó posición pública, mientras que River y Boca mantuvieron una presencia mínima o delegada, evitando quedar pegados a la medida.

Todo marca que la AFA sigue sosteniendo la misma estrategia. Un “paro” de los clubes es inédito en el fútbol argentino, y en este caso estamos hablando de una medida de fuerza destinada a protestas contra una medida decidida por la justicia como dirigentes individuales. Esto se percibe como la misma historia de vuelta: una dirigencia que utiliza recursos individuales para el beneficio propio, a costas de los clubes del fútbol argentino

Y de la misma manera que se le volvió en contra las sanciones contra Estudiantes, esta decisión tuvo sus consecuencias. En los últimos días se sumó otro capítulo a esta historia. River, históricamente un aliado pragmático de la conducción de la AFA, anunció su retiro del Comité Ejecutivo de la entidad mediante un comunicado que cuestionó la transparencia y la calidad institucional de la gestión de Claudio Tapia. El club denunció que las reuniones del Comité Ejecutivo se han convertido en meros actos protocolares donde no existe un orden del día previo, no hay debates reales y se comunican decisiones como “unánimes” cuando en la práctica no hay votaciones legítimas.

Claramente, junto a la pérdida de legitimidad, hay una caída del poder político de la dirigencia de la AFA. El desprestigio de la gestión Tapia lo expone a que cada vez más clubes lo ataquen, y le allana el camino para el aprovechamiento político por parte del gobierno de esta situación. Si se hace siempre lo mismo, se suelen obtener los mismos resultados. Tapia decide no cambiar de estrategia y, para seguir con las metáforas futboleras, manda a todos arriba. Tiene que tener cuidado atrás, porque queda desprotegido para el contraataque.

Mientras continúe esta situación, el proyecto libertario podrá seguir surcando con cautela, por la tempestad de emociones que mueve al fútbol en Argentina. Atento a las vicisitudes de la coyuntura y haciendo pie, teniendo mucho cuidado de no caerse. Porque del barro es difícil levantarse y la pelota, como dijo alguna vez un gran jugador, no se mancha.

Leonardo Agustín Motteta (Argentina) es licenciado en Ciencia Política por la Universidad Nacional de Rosario. Se desempeña como consultor, analista político y redactor. Es investigador en el Centro de Estudios de Política Internacional de la Universidad Nacional de Buenos Aires. X: @Leomotteta / LinkedIn – Leonardo Agustín Motteta

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