La nueva era de Alberto Fernández frente al fracaso de la conducción bicéfala

Por Joaquín Múgica

El gobierno argentino empezó una “nueva era” después de las elecciones legislativas del domingo 14 de noviembre. Al menos, así lo creen en la Casa Rosada y en el círculo más chico que rodea al presidente Alberto Fernández, cuya gestión fue plebiscitada en las elecciones legislativas y recibió un fuerte rechazo en las urnas. Sin embargo, el peronismo, en una extraña interpretación, se mostró como ganador en la derrota.

En este tiempo las expectativas del mundo político y económico de la Argentina están centradas en saber si el jefe de Estado es capaz de ponerle su sello a los dos años que le quedan de gestión o sucumbir, como lo hizo en la primera etapa, frente a las presiones de su compañera de fórmula: Cristina Kirchner. Tener poder y saberlo manejar. De eso se trata. 

El Frente de Todos, como se llama la coalición peronista, perdió por ocho puntos los comicios en todo el país y por un punto la provincia de Buenos Aires, donde vive la mayor parte de los argentinos y en donde se lleva a cabo la batalla electoral más trascendente. Fue una caída dura pero manejada, desde la comunicación, con cierta picardía. 

En la noche electoral el gobierno festejó alocadamente la derrota e instaló un clima positivo que no existía en el momento en que se cerraron las urnas. Ese movimiento inesperado tuvo repercusiones en el búnker de campaña de Juntos por el Cambio, el frente político más importante de la oposición. 

Allí el festejo fue medido. Demasiado moderado para ganar en la mayor parte del país. Quedaron descolocados y perdieron el tiempo reprochándose entre los diferentes componentes de la coalición los porqués de un triunfo más ajustado del que esperaban. Pecaron en la abundancia. Incluso sin tomar demasiada dimensión que, en parte, el triunfo de ellos fue como consecuencia del rechazo al gobierno y no el resultado de un acompañamiento genuino. 

La jornada de elecciones expuso un cambio de roles, según el resultado, que abrió una semana clave para el gobierno con bajos niveles de tensión. El peronismo perdió las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) el 12 de septiembre y tres días después estalló una crisis política interna en la coalición que gestiona los destinos del país. 

Los ministros que responden a la vicepresidenta Cristina Kirchner, principal accionista de la alianza que el peronismo formó para impedir que el expresidente Mauricio Macri siga en el poder por cuatro años más, presentaron su renuncia sin avisarle al Presidente y luego de que este dejara saber que no pensaba hacer cambios en el gabinete pese a la derrota. 

Esa jugada de ajedrez que llevó adelante la exmandataria, con el objetivo de presionar al Presidente a remover a parte de su gabinete, obligó a Fernández a encerrarse en el primer piso de la Casa Rosada y analizar cómo iba a poder seguir gestionando después de ver carcomida su autoridad. 

Esa tarde hubo ministros y gobernadores que le propusieron al jefe de Estado romper el acuerdo electoral que tiene con Cristina y empezar una nueva etapa. Patear la mesa de una vez y enfrentar a la exmandataria. Nadie lo hizo hasta ahora con éxito. Fernández ni lo intentó. Desestimó la opción. Lo hizo porque no tiene una vocación rupturista y porque asume, con cierta razón, que su mandato no tiene futuro ni estabilidad posible si la vicepresidenta se convierte en una opositora. O, en el mejor de los casos, en una figura ausente pero influyente dentro del partido de gobierno, capaz de poner en jaque el destino del peronismo. 

Por esas condiciones del pasado reciente la semana postelecciones era clave. En la Casa Rosada esperaban no tener que soportar otro conflicto interno que desgastara la imagen presidencial y le diera espacio a la oposición para ocupar la agenda política, desmenuzando en los medios de comunicación los pormenores de los conflictos peronistas. 

Finalmente, ese temor se diluyó y, en gran medida, fue gracias a una movilización multitudinaria organizada por la Confederación General del Trabajo (CGT), que después de cuatro años, volvió a tener a la mayoría de los gremios bajo el mismo techo y es comandada por una conducción unificada. 

La central obrera se movió por adelantado y anticipó que el miércoles posterior a las elecciones, en la fecha que se conmemoraba el Día de la Militancia, iba a movilizar a miles de afiliados por las calles de la Ciudad de Buenos Aires para mostrar un fuerte respaldo al gobierno de Alberto Fernández. Vieron un presidente débil y lo quisieron empoderar. 

En verdad, el acto fue planteado con anticipación con la voluntad de blindar al gobierno frente a una posible embestida de Cristina Kirchner. ¿Pero no es la vicepresidenta parte de la misma gestión? Sí, claro. Pero en este tiempo reina la desconfianza entre los diferentes sectores del peronismo. Sobre todo, entre el entorno del Presidente y el de su compañera de fórmula, que negocian acuerdos como si fueran parte de dos gobiernos distintos. 

Ese acto se terminó haciendo el miércoles 17 de noviembre y movilizó a más de 100.000 personas. Las fotos del día fueron las de la multitud ganando las calles. A la organización del evento se sumaron en el inicio de esa semana distintos sectores del Frente de Todos. Fue una forma de mostrar alineamiento con la gestión y disimular las grietas internas. Al menos por un tiempo. 

Cuando el sol ya había dejado de impactar con fuerza en la tarde porteña, Alberto Fernández salió al escenario y tuvo, como lo definió un ministro muy cercano a él, su “primera Plaza de Mayo”. ¿Qué significa? Qué por primera vez desde que asumió la Presidencia en diciembre del 2019, logró tener centralidad absoluta frente a la militancia peronista. 

Esa definición no solo expone el paso positivo que pudo dar Fernández dentro del mapamundi de los admiradores de Juan Perón, sino que también deja a la luz su debilidad frente a la todopoderosa Cristina Kirchner, quien lo eligió candidato y, como sostienen en el kirchnerismo duro, le prestó la estructura política y electoral para que pueda llegar a la Presidencia. 

El gran problema de conducción que tiene la gestión de Fernández-Kirchner es que ambos quieren mandar. Es un caso atípico. Argentina es un país presidencialista. También lo es el peronismo como movimiento político. No hay dos capitanes arriba de un barco. Es lo lógico.

Este experimento político rompió los caminos más tradicionales y llegó hasta acá tropezando con frecuencia con sus propias debilidades. Por eso el acto del 17 de noviembre es entendido dentro del gobierno nacional como la fecha en la que empezó el gobierno de Alberto Fernández que, según esa mirada simpática, tendrá un mandato de dos años. 

¿Qué anhela Fernández para el 2022? Ser el presidente de un país que empiece a transitar una etapa de reactivación económica, lo que implica un descenso paulatino de la inflación, un aumento en la generación de puestos de trabajo y, como resultado, una reducción en el enorme porcentaje de pobres que tiene el país. Al día del hoy el 40% de los argentinos es pobre. 

También proyecta ser un presidente más fuerte. Para eso es determinante que su gobierno pueda llegar a un acuerdo sostenible con el FMI, sin que el kirchnerismo le declare la guerra al organismo internacional en los meses que le quedan al año y que son importantes para avanzar en un pacto que pueda cerrarse en el verano próximo. 

Por último, aspira a mantener la coalición unificada y ganar volumen político para influir en la discusión que se aproxima y que tiene que ver con las candidaturas presidenciales para los comicios del 2023. En el acto de Plaza de Mayo ya dio una señal contundente. Pidió que el Frente de Todos tenga elecciones primarias. Internas.

Fue un mensaje hacia adentro de la alianza política. Dirigido especialmente a Cristina Kirchner. En definitiva, lo que le pidió es que no vuelva a ponerse por encima del movimiento, tal como lo hizo en el 2019 cuando lo designó como candidato a él, y abra el juego para una discusión más amplia. 

Ese movimiento implicaría una reducción en el poder de fuego de la vicepresidenta, que hace dos meses que no se expresa en público. El silencio es parte de la cultura personalista que construyó el kirchnerismo a su alrededor. Exactamente lo contrario al camino elegido por Fernández desde que es presidente. 

Funcionarios y dirigentes cercanos al jefe de Estado comenzaron a instalar la idea de que Fernández puede pelear por la reelección. Así de cambiante es la dinámica dentro de esta gestión peronista. Diferencias sobran, lo que faltan son coincidencias y una decisión puntual. Quién asume el control del timón. La conducción bicéfala fracasó. Hay que probar otra receta para que el barco no termine a la deriva. 

Joaquín Múgica Díaz (Argentina) es licenciado en Periodismo recibido en la Universidad de Belgrano. Actualmente se desempeña como acreditado de Infobae en la Casa Rosada, donde funciona el Poder Ejecutivo argentino. Lleva diez años trabajando en el medio online de habla hispana más leído del mundo. Es columnista en Radio Eco, AM 1220. Publicó el libro Palabras cruzadas. La mirada de los diarios Página 12 y La Nación sobre el conflicto campo-Gobierno (2011), Editorial Académica Española.
Twitter: @JoaquinMugica
Instagram: @joaquinmugicadiaz

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