Por Marcel Lhermitte
En una época marcada por la personalización de la política y la fragmentación de los sistemas partidarios, las campañas electorales siguen dependiendo de algo esencial: el trabajo colectivo.
El maestro Óscar Washington Tabárez, director técnico de la selección uruguaya de fútbol durante más de quince años, en su libro Las puertas de la memoria recuerda una anécdota que le atribuye a Juan López, quien dirigiera también al combinado celeste en el histórico Mundial de 1950, en la que afirmaba que ningún jugador es mejor que todos juntos. Esta sentencia también se le atribuye al futbolista hispano-argentino Alfredo Di Stéfano, pero más allá de las autorías, lo que importa en este caso es el concepto.
A lo que hace referencia Tabárez en su libro es a la importancia del equipo, del colectivo por encima de las individualidades, sin desconocer la importancia de estas. Esta enseñanza, válida en un deporte como el fútbol, también es fundamental en la política y debe aplicarse cabalmente en los procesos de campañas electorales.
Vivimos tiempos de crisis en lo que tiene que ver con la credibilidad de las instituciones y, entre ellas, los partidos políticos, que cada vez gozan de menor reputación. Algunos que marcaron la historia de nuestros países latinoamericanos, que en ocasiones llegaron a ser hegemónicos, hoy no cuentan con el peso de antaño. Ejemplos hay de sobra: el PRI en México y el Partido Colorado de Uruguay, durante décadas imbatibles, hoy ni siquiera son favoritos para acceder a la presidencia de sus países. Si vamos a los últimos procesos electorales veremos que el Partido Liberal y el Conservador colombianos ya no son los de antes; en Chile la Concertación y Chile Vamos ya no disputan los balotajes desde hace una década; el APRA no parece tener chances en Perú; en Costa Rica un nuevo partido que responde al presidente Rodrigo Chaves emergió para ganar las elecciones, dejando de lado a los históricos Partido de la Liberación Nacional (PLN) y Partido Unidad Social Cristiana (PUSC), entre otros. Y así podríamos seguir dando ejemplos.
La crisis de los partidos políticos llevó a que las campañas electorales y la política en general centraran sus relatos en las personas, ya sean gobernantes o candidatos. La personalización de la política se ha ido fortaleciendo con el paso de los años, al punto de que hoy es más relevante que un candidato genere confianza en el electorado y despierte emociones que un programa con propuestas de gobierno.
El storytelling apunta más a mostrar al candidato o candidata en sus facetas más humanas: conocer su entorno, su familia, su pasado, incluso sus mascotas, sus hobbies y sus habilidades blandas. Si es buen bailarín o amante de la música, si la simpatía es una de sus virtudes y si la templanza de su carácter es sólida, entre otros atributos del individuo.
A pesar de esta personalización de la política, el colectivo no pierde vigencia. Nadie, absolutamente nadie, puede ganar solo o sola una campaña electoral. Ni siquiera el candidato es más importante que todo el equipo junto.
Primera fase
Me gusta pensar las campañas electorales como si fueran círculos concéntricos. En donde la primera fase, o el primer círculo, es el de los votantes fieles, el núcleo duro y los que son “seguros”; luego vendrá otro círculo más amplio donde estarán los votantes adquiridos, un grupo de electores afín a nuestro candidato o partido; posteriormente otro círculo con los votantes potenciales, ciudadanos que —como dice la palabra— potencialmente podrían votarnos; luego un círculo de votantes frágiles, que ya son bastante lejanos a nuestra propuesta; y finalmente los votantes lejanos, que seguramente nunca nos votarán, por lo que generalmente no vale la pena gastar energías en ir a buscar su apoyo.
La campaña, entonces, tomando en cuenta a estos votantes que se encuentran dentro de los círculos concéntricos, comenzará con los fieles, nuestro núcleo duro, muchos de los cuales serán los militantes que tendremos en el territorio y asumiendo funciones dentro de la campaña electoral.
Estos militantes, más allá de las funciones orgánicas que asumirán en la campaña electoral, también estarán encargados de sumar “sus votos”. Es que nadie gana solo. El candidato llega a muchos segmentos de la sociedad, pero hay muchas adhesiones que nos llegarán únicamente gracias a los esfuerzos, la credibilidad y el poder de persuasión de estos militantes.
Alianzas
En los últimos procesos electorales que se dieron en Costa Rica en febrero de 2026, el que se viene en Perú (abril de 2026) y el poco probable de Haití, previsto para agosto de este año, se observa una cantidad poco habitual de candidatos y partidos inscriptos para participar en los comicios.
En 2022 Costa Rica tuvo 25 candidatos a presidente. En 2026 esa cifra bajó a 20, pero históricamente (elecciones de 2010, 2014 y 2018) eran trece los candidatos que competían por la presidencia tica.
En Perú actualmente hay 36 candidatos a presidente, de los cuales la gran mayoría son completamente desconocidos para el electorado —en 2021 hubo 18 candidatos, mientras que en 2011 fueron once—.
Haití, a pesar de que tiene previsto celebrar elecciones en agosto, es muy difícil que pueda hacerlo, debido a que no existe control territorial, la autoridad y las instituciones no cuentan con la fortaleza mínima para garantizar los comicios, un gran porcentaje de la población se encuentra desplazada y la crisis humanitaria no da tregua. Más allá de la coyuntura política y social, se han inscripto hasta el momento la disparatada suma de 320 partidos políticos para participar de las votaciones del país caribeño[1].
La existencia de una oferta electoral tan grande lleva a que el voto se disperse mucho y que los candidatos lleguen a instancias como el balotaje y accedan posteriormente a la Presidencia de la República —como fue el caso de las pasadas elecciones peruanas y seguramente se repita en las actuales— con muy bajo apoyo electoral.
¿Tanto varían las propuestas entre los candidatos cuando hay decenas de aspirantes al sillón presidencial? Por lo general no tanto. Es posible apelar a alianzas, pero ello implica que todos deben negociar y seguramente ceder.
Las alianzas electorales traen aparejadas una serie de beneficios que nos harán más competitivos en los procesos electorales. Por un lado, aumentará el caudal electoral, se evitará la dispersión del voto y se fortalecerán también las estructuras políticas de la campaña. Contaremos con más militantes que pondrán su músculo al servicio del colectivo político y, por lo tanto, ampliaremos la base territorial. Seguramente tendremos más asesores calificados, mayor cantidad de voceros, poseeremos más infraestructura y también mayores finanzas. La campaña digital también contará con el beneficio de tener mayor cantidad de activistas digitales y la posibilidad de coordinar estrategias más amplias y consistentes.
El sistema democrático también se verá fortalecido, ya que los partidos políticos tendrán mayores posibilidades —de acuerdo con las leyes electorales de cada país— de alcanzar los umbrales que les permitan sobrevivir hasta la próxima contienda electoral.
Hacia el exterior se emitirá una imagen de capacidad de diálogo y de negociación entre colectivos o líderes que tienen matices ideológicos entre sí, lo que favorece la percepción ciudadana de que existe una mayor capacidad para gobernar.
Tipos de alianzas
Existen al menos tres tipos de alianzas electorales: las ideológicas, las pragmáticas y las mixtas.
Las ideológicas incluyen a aquellos colectivos que se juntan por afinidad programática o por coincidencias en su visión de país o región. Entre ellas se destaca el Frente Amplio de Uruguay, una coalición de partidos de izquierda y centroizquierda que compite como partido desde 1971; o Juntos Haremos Historia (2018) / Sigamos Haciendo Historia (2024) en México, que reunió a Morena, el Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista de México, llevando a la presidencia primero a Andrés Manuel López Obrador y posteriormente a Claudia Sheinbaum.
Las alianzas pragmáticas son aquellas que se congregan contra un adversario común, por lo general para vencer a un candidato en particular. Volviendo al caso uruguayo, la Coalición Multicolor unió al Partido Nacional, el Partido Colorado, Cabildo Abierto y el Partido Independiente, entre otros, liderados por el expresidente Luis Lacalle Pou, con el objetivo de derrotar al Frente Amplio. También puede mencionarse la alianza de La Libertad Avanza y Juntos por el Cambio, liderada por el actual presidente argentino Javier Milei, para derrotar al kirchnerismo en el balotaje de 2023.
Por último, las alianzas mixtas son programáticas y estratégicas en forma simultánea. Demuestran que es posible combinar convicciones compartidas con pragmatismo electoral sin traicionar identidades ni diluir mensajes. Como ejemplo se puede citar a La Nueva Mayoría en Chile, en 2013, liderada por la expresidenta Michelle Bachelet, que combinó una plataforma programática progresista con reformas estructurales y un componente estratégico para incorporar al Partido Comunista y capturar el voto joven de las protestas de 2011. También puede mencionarse la Gran Alianza Nacional por la Unidad (GANA) en El Salvador, en 2009, encabezada por Mauricio Funes del FMLN, que unió programáticamente una agenda de inclusión social, seguridad y combate a la pobreza con un pacto estratégico que incorporó al centro y sectores moderados descontentos con ARENA, sumando votos dispersos para romper veinte años de gobiernos de derecha y ganar la presidencia en primera vuelta.
Hay que tener claro también que las alianzas no son la receta automática del éxito. Cuando en su génesis existe desconfianza entre los integrantes del colectivo, cuando las diferencias ideológicas son grandes, cuando el programa de gobierno no es compartido, cuando se diluye la identidad partidaria o cuando no existe una planificación estratégica que armonice, pueden darse campañas caóticas, relatos contradictorios o incluso gobiernos inestables en el futuro. Las estrategias de comunicación política no solucionan los problemas que son netamente políticos.
Nadie gana solo. El colectivo sigue siendo una de las principales herramientas para conseguir los objetivos políticos en campañas electorales. En una América Latina y el Caribe con polarización creciente, fragmentación, pérdida de credibilidad en las instituciones, personalización de la política y voto pragmático, las alianzas se tornan fundamentales. Porque, al final, nadie gana solo: el éxito electoral —y democrático— se construye en colectivo.
Marcel Lhermitte (Uruguay). Periodista, licenciado en Ciencias de la Comunicación y magíster en Comunicación Política y Gestión de Campañas Electorales. Ha sido consultor en campañas electorales en América Latina, el Caribe y Europa. Asesor de legisladores y gobiernos locales en Iberoamérica. Director del colectivo latinoamericano de comunicación política Relato. Coordinador del Diploma de Comunicación Política de la Universidad Claeh. Autor de los libros La Reestructura. La comunicación de gobierno en la primera presidencia de Tabaré Vázquez; La campaña del plebiscito de 1980. La victoria contra el miedo y Los ecos del No. Las elecciones internas de 1982. X: @MLhermitte / Instagram: @marcel_lhermitte
[1] El 26 de marzo la autoridad electoral cerró la inscripción de partidos en Haití. Se espera que posteriormente no todos los inscriptos sean habilitados.