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Hebe y las palabras cargadas

Por Daniel Rosso

Las Madres de Plaza de Mayo trasladaron la afectividad hacia los hijos al espacio público y la orientaron hacia la totalidad de los jóvenes. En ese desplazamiento de los sentimientos privados al espacio público, cargaron de emoción a la palabra política. La respuesta fue una permanente hiperbolización: buscaban capturar todo lo que afirmaban para agrandarlo y situarlo en el lugar de la locura.

El discurso de las emociones

“Nosotros hemos ido de la cocina a la plaza”, ha dicho Hebe de Bonafini. Antes, Perón había afirmado: “de casa al trabajo y del trabajo a casa”. Y Charly García había manifestado: “de la cama al living”. La vida transcurre entre movimientos. El desplazamiento de las Madres ha sido el de una politización repentina: en el vacío que dejaron sus hijos e hijas se movieron desde el ámbito privado al público construyendo un discurso político disruptivo.

Desde los inicios de la modernidad, las mujeres –y las madres en particular–, han sido “especializadas” en organizar el mundo de las emociones privadas mientras los hombres fueron llamados a intervenir en el espacio público. Pero, en el acontecimiento dislocador de la desaparición de personas, las Madres de Plaza de Mayo rompieron nítidamente con esa separación: la afectividad hacia los hijos fue trasladada al espacio público y orientada hacia la totalidad de los jóvenes. En ese desplazamiento de los sentimientos privados al espacio público, cargaron de emoción a la palabra política. Por eso, el discurso de Hebe es un discurso lleno de vibraciones internas. Hay un amor a sus hijos que se transforma en amor a todos los hijos y en una tensión emocional contra los enemigos. Son las Madres afectivizando la política. Desde el comienzo de la nueva etapa democrática iniciada en 1983, el legado de los desaparecidos y de los desaparecedores continuó enfrentándose en ese espacio público afectivizado.

Exageración y locura

Hebe sabía que siempre intentaban hiperbolizarla: que buscaban capturar todo lo que ella afirmaba para agrandarlo y situarlo en el lugar de la locura. “No hay que tener miedo (cuando dicen) que las madres son un poco exageradas, son muy fuertes, la Hebe es muy loca, putea como loca, pero yo creo que no hay otra manera de calificar a este grupo (por el macrismo) de asaltantes que quieren venir a llevarse la patria”, dice Hebe. El campo profesionalizado de la política define el tamaño de los discursos y, a partir de allí, determina los discursos exagerados. Por ello, la hiperbolización es una práctica permanente, utilizada para descalificar discursos y dejarlos fuera de los límites de la corrección política. La definición de lo excesivo es una práctica ideológica continua.

A pesar de ello, Hebe no deja de utilizar las malas palabras como un procedimiento para delimitar con nitidez los campos amigo – enemigo: los integrantes de la Corte Suprema de Justicia “son una manga de hijos de remil putas”, los macristas son “un grupo de asaltantes”, Alberto Fernández es “un descarado”. Putear es un modo de intensificar su discurso de Madre de la Plaza. No se puede hacer la revolución sin palabras extremas. No hay práctica revolucionaria sin emociones intensas.

Mientras las corporaciones informáticas planetarias vienen intentando encerrar las emociones en cápsulas gráficas llamadas emoticones, la fuerza política afectiva de Hebe las diseminó en todo el espacio público. Por ello, entre otras cosas, se las llamó locas: porque siempre optaron por un campo discursivo basado en las emociones y en las convicciones que estuvo más allá de lo decible o autorizado en sus distintas épocas. Su práctica consiste en indisciplinar las emociones. Expresaron y expresan una enunciación situada más allá del cálculo político. Están por fuera de la hegemonía de las matemáticas.

En oposición a ellas, la mayoría de las culturas políticas han transformado en sinónimos racionalidad y cálculo. Por ello, la palabra locura nombra lo opuesto a la racionalidad, pero también lo contrario al cálculo. De allí, la inadecuación del discurso de las Madres con la lógica electoral inaugurada en 1983: desde entonces, mientras las Madres continuaron optando por una fuerte ética de las convicciones y de los sentimientos, una parte del sistema político comenzó a privilegiar la cultura emergente del cálculo profesionalizado. Por eso, con el regreso de la vida constitucional se consolidaba un campo profesional de la política y sus burocracias partidarias, por un lado; y por otro, se afianzaba una cultura de las puras convicciones y emociones que operaba desde dentro de la democracia manteniendo activas lógicas históricas de luchas.

Néstor Kirchner primero, y Cristina Fernández de Kirchner después, combinaron ambas culturas emergentes de la reapertura democrática: fueron “la audacia y el cálculo”, como tituló uno de sus libros la ensayista Beatriz Sarlo. Por ello, pudieron expresar a las Madres al mismo tiempo que tensionaban el sistema político emergente de la crisis del 2001 desde adentro y lo reformulaban. El discurso de las Madres fue clave para que el kirchnerismo pudiera realizar ese movimiento crítico en el interior de ese sistema político en crisis. Los líderes kirchneristas se presentaron como integrantes de una legión de luchadores que venían a transformar el sistema político, económico y social, porque se definían como hijos de las Madres de la Plaza de Mayo.

Cuerpos desaparecidos y cuerpos dislocados

En el discurso de las Madres hay cuerpos que luchan y que se van suplantando unos a otros a lo largo de la historia. Incluso hay partes de esos cuerpos que pueblan los discursos de Hebe: piernas, cabezas, culos, bolas, corazones que hay que poner en movimiento para que la historia también se mueva. De allí la potencia de los cuerpos y de allí sus desapariciones en manos del enemigo. “Pongan el cuerpo, pongan el culo, pongan las bolas”, arengaba Hebe a la militancia.

Lo que caracteriza a un desparecido es su presencia. “Los desaparecidos no nos van a perdonar si dejamos que nos saquen de las manos lo que nos dieron Cristina y Néstor, que siempre nos dijeron que eran compañeros de nuestros hijos y nosotros éramos sus madres”, dice Hebe. No solo están presentes: señalan el ideal del discurso y de las prácticas políticas. Su condición de desaparecidos es su permanente aparición: despliegan una pedagogía de la revolución. Son un sujeto activo que mantiene en movimiento un paradigma. Por eso Hebe sostiene que “nuestros hijos nos enseñaron a amar al otro más que a uno mismo. Ellos amaban la libertad por eso lucharon para que nosotros hoy podamos habitar esta plaza” (…) “el amor a la revolución que tenemos las Madres, está intacto”.

Espacio público e indisciplina

Hebe traslada la indisciplina de sus hijos a todos los hijos. “Luchen, peleen por lo que quieren, no se callen, no negocien, no bajen la cabeza”, les pide a los jóvenes. El lugar de la indisciplina es el espacio público. Es la Plaza de Mayo. Y todo el resto de las plazas. El espacio público transforma a los ciudadanos: los hace iguales. “Los pueblos se liberan en las Plazas llenas”, dice Hebe. “Los pueblos nunca se liberan en un escritorio, los pueblos nunca se liberan cuando negocian”.

Las madres marchan, van de la cocina a las Plazas, están en un movimiento infinito, buscan la verdad, no se detienen y, en ese acontecimiento, inventaron un discurso político cargado de afectos y de convicciones profundas.

Daniel Rosso (Argentina) es sociólogo y periodista. Exsecretario de Comunicación de la Ciudad de Buenos Aires. Exsubsecretario de Medios de la Nación. Actual Director de la Radio 530, la Radio de las Madres de Plaza de Mayo. Director de la Maestría de Periodismo y Medios de Comunicación de la Facultad de Periodismo de La Plata. Dicta seminarios y cursos sobre comunicación política en varias universidades del país.

Facebook: Daniel Raúl Rosso

Instagram: @daniel.r.rosso

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